LA FRONTERA

Hace unos años, mientras visitaba a la ciudad de Juárez en México, un colega me llevó a ver la “frontera” con El Paso, en los EE.UU. es decir, a ver el Río Grande, desde México, o el Río Bravo desde los EE.UU. La impresión, que llevo aún grabada en mi memoria es que el espacio visual que entrecruzaban ambos países en ese momento era difícil de describir. Es, realmente hablando, una frontera - un espacio incierto, donde lo que sucede no está definido por la lógica clara de un estado, o de una clase dominante o de una cultura y sus derivados según se reflejan ante el espejo. Por el contrario, en dicha frontera, las urgencias humanas, las debilidades humanas son las que reinan y definen la vida cotidiana. La frontera, dirán los escritores Negri y Hardt, no existe. Por lo pronto, no existe la idea de frontera imperial que se conoce desde 1493 y la posterior expansión de los imperios europeos, a través del colonialismo. La frontera que yo digo, tampoco existe, pues se trata de un espacio visual mental, que se refleja únicamente a través de nuestra concepción de estar aquí y no allá; de estar en la franja entre el ser y el no ser; entre el estar y el no estar. Esta franja, para bien o para mal, se fundó dentro de la concepción imperial clásica por vía del colonialismo, la trata de esclavos y el control de tierras a nivel global.

Pero la frontera que yo conocí, ésa que vi en Juárez, no tenía nada que ver con el imperialismo decimonónico expansionista. Por el contrario, tenía que ver, más que nada, con ese tiempo en el cual muchos de nosotros hemos pasado al momento de intentar cruzar una línea divisoria entre un antes y un después; entre un momento particular de la vida y enfrentarnos a otro momento distinto. En ese momento, muchos de nosotros, desde nuestras contradicciones y repercusiones, intentamos trascender a otra posición, a otro lugar. Y, cuando intentamos hacer esto, como los espaldas mojadas de México, hacemos cualquier cosa por transformarnos.

En esta medida, la imagen brutal de la “frontera”, como el espacio mental entre los EE.UU. y México, no radica única y exclusivamente en ese río, por ambos reclamados. No radica en los corre corre de los espaldas mojados que intentan cruzar antes que la “migra” retorne en su incesante patrullar. Por el contrario, éstas y otras formas de brutalidad quedan inmersas y, a su vez, sujetas a otras rutinas de la inclusión y exclusión, que normalizamos en nuestro vivir cotidiano. Es, por tanto, que en la impresión que dejó en mi Juárez/El Paso, las espaldas mojadas eran tan sólo un ejemplo de la diferencia en el mundo. No obstante, la rutina de la diferencia radica con mayor peso “legal” en la frontera literal - en el cruce de humanos a través de los puestos de control de la imponente inmigración de los EE.UU.

Esa frontera, la tradicional y legítima entre ambos países, ésa que en el film de Tarrantino/Rodríguez, From Dusk Till Dawn (Abierto hasta el amanecer) es la que se escenifica en al cruce violento de George Clooney, quien secuestra al legendario actor de culto, Harvey Keitel. Esa frontera, como muy bien nos recuerda Benicio del Toro en Traffic, tiene una mirada hacia el otro a partir de su miseria. Es decir, en Juárez/El Paso, la gente cruza a pie no sólo el Río Grande/Bravo, sino, literalmente, hablando la frontera legal en kilométricas e interminables filas indias humanas que reflejan tan sólo lo peor de la desesperación humana ante la necesidad de intentar buscar un mejor destino en suelo de los EE.UU.

Por tanto, para el inmigrante legal o ilegal, independientemente de los discursos de los políticos, la imposibilidad de una vida plena en su lugar de origen, lo llevan a cruzar una frontera mental, a la que asocia su memoria individual y colectiva, así como sus alegrías y miserias. Aunque el mismo calvario por el que transita lo lleve a enfrentarse a pie a riesgos inesperados, representa, a la vez, un cambio fundamental en sus posibilidades de vida. Ése es el cambio al que la frontera nos invita a transitar. Un cambio para poder entender que al cruzar la línea, jamás volveremos a estar en el mismo lugar.

 

[Ensayos para la terraza, Daniel Nina, San Juan, Isla Negra Editores, 2008/2010]