Cambio de Frecuencia

(El Caribe en el exilio. Ediciones Coa, Puerto Rico, 1990) A Patricia Díaz

Cuando él entró todos estábamos en el mismo canal: en el canal del cansancio después de una larga jornada de ocho horas, metidos todos en el mismo vagón del metro de las 5pm.

Yo había estado en otras estaciones: mi viaje había sido agotador y rutinario. No había espacio ni para estar de pie. Luego de un poco de forcejeo – codazos y culatazos – me ubiqué en medio del vagón, ante las puertas corredizas. Los asientos ocupados por seres que, entre paquetes, maletines, abrigos y más abrigos, revelaban su hastío por el día de trabajo y aún se resignaban a cambiar de canal. Tal vez ese cambio, articular el manipulador para transbordarse, lo dejarían para cuando llegaran a su destino final.

El hombre entró y su presencia se hizo ostensible. NO tuvo que forcejear para entrar, le abrieron el paso tal como si fuera un emisario divino. Llevaba en el dedo corazón de su mano izquierda un esparadrapo sucio, tan sucio que ya había dejado de cumplir – posiblemente hacía demasiado tiempo - su función higiénica. En su mano derecha llevaba una lata 12oz de cerveza Lager. Pero más que nada le abrieron brecha por su suciedad, su mal olor. SU cuerpo olía a frutas podridas.

Duró poco de pie en el vagón. En la próxima estación ya había logrado ubicarse en alguno de los asientos colectivos. A su mano derecha había una hermosa mujer joven, quien tal vez trabajaba de empleada para alguna compañía comercial.

Aún permanecía en el mismo ánimo. A su lado izquierdo había un hombre de 35 años, pelo rojizo y vestido con todo el toque ¨smart¨ del hombre de negocios inglés. Seguía en el mismo canal. En la hilera de asientos colectivos que le quedaban de frente había 2, 3, 4, 5 hombres ¨smarts¨ de maletines negros, zapatos negros, y abrigos grises, camisas blancas y corbatas azul marino. Eran fiel reflejo de gentleman británico.

No se intimidó ante estos vecinos. Al instante dejó sentir su presencia y , en segundos, sus vecinos, ante la incomodidad que causada, cambiaron de canal.

Muy adecuado a la situación, su primer gesto fue extender su mano, la del ¨corazón escondido¨, en una improvisada recolecta pro beneficio de su próxima cerveza. Nadie hizo caso, aunque empezaron las manifestaciones de desagrado: sus vecinos frontales iniciaron una conversación lucrativa sobre negocios.

Inició su segunda estrategia. Si la recolecta no sirvió para entusiasmar a sus vecinos, por qué, entonces no cantar. ¡Cantaría! Ciertamente la orquesta de fondo era necesaria, pero surgió un intento de ¨rap music¨. Nuevas incomodidades, más cambios de canal. Los vecinos frontales no pudieron continuar la ilustrada conversación; procederían entonces a la lectura educativa del Financial Times. Su vecina de la derecha hizo un cambio abrupto: sacó de una de sus dos carteras su cajita musical, sus audífonos, un cassette, se preparó y se desconectó en alma y sonido.

Manifestaciones irrespetuosas a su arte. Meditó, una vez más cambió de estrategia. Se trataba de todo un guerrillero en plena acción, era persistente. Concluyó que si a las 5 de la tarde la solicitud de ofrenda no dio resultado, así como sus cánticos de reavivamiento, por qué entonces no compartir su pan, perdón su cerveza. Regresó a su vecina del viaje al ponerle la cerveza en la cara: ella se levantó horrorizada.

Los vecinos ¨smarts¨, motivados a darse un traguito, lo miraron con cara de gran desprecio y decidieron terminar de una vez por todas con esta situación: guardaron los ¨FT¨ en sus briefcases, y recurrieron a su última arma: cerrar sus ojos y pretender dormir. Su vecino de la izquierda se mantuvo ajeno a la situación, aunque había permanecido en la misma sintonía. Pero una vez pusieron la cerveza en su mano, se sintió aterrorizado y decidió seguirle los pasos a los vecinos ¨smarts¨. También durmió. A través del cierre de unos párpados, pretendían negar su existencia.

Por mi posición de observador, en medio del vagón y un poco escondido entre la congestión humana, había logrado evadir su atención. No quería que dirigiera sus estrategias hacia mí. Más aún, porque en esos momentos recordaba las palabras ilustres de mi madre aprendidas en mi niñez: ¨no hables con extraños. ¡evita problemas! Aun cuando había cruzado varias miradas, el intercambio sólo había durado segundos. Pero al darme cuenta del ofrecimiento de cerveza a tan distinguidos vecinos, no pude más y reí. Valeroso tuve que rebelarme ante la regla de oro de ¨no hablar con extraños¨ y lo miré con agrado. Me ofreció, entonces de su cerveza, pero le expresé que no deseaba, y le di las gracias.

Era inevitable, a través de él sentía al espectro de una voz caribeña que exigía atención y respeto. ¿Qué es eso de hablar con borrachos y con desconocidos en la calle? Traté de olvidar, pero no pude. EN mi mente se libraba un combate cuerpo a cuerpo con los recuerdos del pasado, que revivían en el presente. Mis memoria lideraban una lucha de poder. Finalmente tuve que rebelarme ante ese recuerdo y sus pesadas influencias. Traté de ofrecerle con mi mirada aquello que nadie le había dado en los últimos minutos: tal vez, en los últimos años.

Con su gesto valeroso me había rebelado a la regla de oro y lo observaba con agrado. Por fin, había aceptado y decido compartir un mismo canal. Desafortunadamente, había llegado a mi estación y cambié de frecuencia.