VISCERATUM (1 D.D.)

Si hablamos de matar,

mis palabras matan.

Flavio Cianciarulo en “Matador”

Estas palabras las trazo a pesar de los comentarios a regañadientes de mi hermana, señorita muy popof ella, crítica de literatura que sólo sabe preocuparse por la torre de marfil de palabras en la que se halla enjaulada... mientras yo vivo, al menos, lo intento de manera visceral porque no puedo hacer más. Es imposible que le pueda resumir en breves palabras esta situación ya que esto tiene cola, cola y tanta cola, que creo, casi con certeza, que llega hasta mis vidas pasadas. Porque es la única manera que tengo para explicar lo que, quizás, mi inconsciente no pueda comunicar (o no quiera). Por eso pienso que no es tanto la efectividad de método alguno para tratar de solucionar el dilema angustioso de SER –sí, así, en mayúsculas- en una sociedad “normal” en la que se privilegia el tener sobre el SER, con la consecuente crisis existencial que eso puede representar hacia seres como yo... que no necesariamente andamos en ese curso de la corriente. Por eso, hablar de la génesis de mi angustia podría ser un esfuerzo semejante a tener una de esas rectas numéricas que se extienden infinitamente al este, pero también de manera interminable hacia la dirección contraria. O sea, que me planteo entonces si es posible encontrar esa génesis de la angustia, detalle que destaca mi Psicoanalista, para poder ver alguna solución a lo que más bien parece un hilo de chiringa enredado en los cables del tendido eléctrico con lo que eso pueda acarrear hacia el usuario, el cual supongo que soy yo. ¿O seré la chiringa? Entonces estaría a merced del viento y no sería quien controle mi destino, sino que mi rol correspondería al de un monigote sin voluntad ninguna. Nada, desde alguna parte tengo que comenzar mi narración aunque eso no corresponda con el inicio de la historia -por favor, si no entiendes remítete a la “Teoría de la Narrativa” de Mieke Bal que te dará una pista de lo que quiero explicar- (como detalle te digo que ese es uno de los textos que he sustraído de Leonor, mi hermana, la intelectualoide).

Daría inicio con el bla, bla, bla, de siempre; la mierda del recoge esto, has esto, no hagas esto, por Dios tú no sabes lo que dices, lo que piensas, y, lo que haces, todo, todo, pero todo, está mal, ¡ni tan siquiera sabes respirar!; esas eran las frases, la letanía consecuente del rosario continuo que se desplegó durante mi infancia. Y que escucho porque aún no rompo con ese cordón umbilical... Sigo. Continúo, a veces me pienso momia petrificada allí. No quiero pensar que padezco del síndrome de la mujer maltratada, pero, bueno... tengo que reconocer que mi aguante, quizás, es único. Por eso le digo a mi Psicoanalista que no entiendo ese coraje hacia mí, porque, que yo sepa, no inicié esto; que yo sepa…

Es que desde niño siempre ha sido lo mismo. Un amigo mío plantea, aunque, realmente, no estoy seguro de que si fue él que planteó, o si fui yo que le dije y ahora, ante mi inseguridad, le adjudico tal reveladora sentencia, artilugio metafórico de las desventuras de este quien les cuenta (o narra… no… se escucha mejor “cuenta” por las palabras subsecuentes) esta narración. La invención es la siguiente: imagínatelo en película: yo estoy llegando a mi casa, tengo casi treinta años y agarro mis libros con la mano izquierda; entonces abro el portón para ingresar a la casa, y, ¡zap!, paso de mi technicolor world al black & white de siempre, el mismo recurso cinematográfico utilizado en el “Mago de Oz” cuando Dorothy pasa de su mundo monocromático como hillbilly en Arkansas al mundo colorido de Oz en busca del perro sato llamado Toto (porque, que yo sepa, en ningún momento se mencionó que era de raza ¿o sí?); a los que entiendan más de literatura esto sería casi una sentencia del realismo mágico Garcíamarquiano. Lo cierto es que ni Stephen Hawkins, al que llaman sucesor de Albert Eistein [que por cierto –y estoy hablando ahora de Eistein y no del astrónomo inglés- me enteré que comenzó a hablar a los cinco años, y que también tenía el cerebro más grande que el resto que los homosapiens de su época –lo que me hace preguntar si esto le daría la cualidad de tener más células en su cerebro o quizás mayor cantidad de materia gris- y, para colmo, este gran genio, escogido por la revista Times, junto a Ghandi y Roosevelt como una de las tres personalidades más importante del siglo XX, ( siglo ese muy honroso, que entre las marcas establecidas destaca la de haber dejado 119 millones de personas muertas en conflictos bélicos) se colgó no sé cuántas veces (estoy hablando de Eistein), lo que si sé fue que eso le ocurrió en más de una ocasión –pero ¿para qué viene la aclaración, si ya había escrito las palabras “cuantas” y “veces” lo que implica más de una vez- en la escuela] revela en su libro “Brevísima historia del tiempo”, texto que leí aunque me resultó muy complejo, pero no me sentí tan mal cuando un amigo brillante y esquizofrénico me dijo que lo había leído en 7 ocasiones y que continuaba igual de bruto. Bueno, como seguía diciendo, la cuarta maravilla del mundo de la ciencia se quedó corto en relación al descubrimiento, que por vivirlo en carne propia, se me mostró a mis ojos, como un habeas corpus, por inmolarme entre tantos dimes y diretes estúpidos hacia mi persona. La máxima la recojo en esta sentencia: en ese lugar, mi casa o llámela como usted quiera; cueva moderna del hombre primitivo de hoy... De hecho, Horacio Quiroga tiene un excelente cuento –como la mayoría de los que hizo, por hacerle honor a la verdad y a quién los estudiosos del cuento mundial lo han relegado y no lo han estudiado como se merece- que ilustra cómo el hombre salvaje conquistó el sueño gracias a la posibilidad que tuvo de reposar tranquilo, ya que por primera vez estuvo bajo un techo, protegido de las salvajes criaturas, aunque como nota al calce apunto que, para los posmodernos de nuestros tiempos, de seguro que este ser humano sería calificado como bestia, pero ¿quién le mete diente al tripeo mental que ellos tienen y que sólo entre ellos pueden desarticular? Y, ¿quién comprende lo que quieren comunicar?; aunque hay a veces que sospecho que es pura comemierdería lo que se da en estos círculos intelectualoides que frecuenta mi hermana, lo que se da allí es una infame y vil competencia de egos a flor de piel; sólo importa elaborar una creación sobre la creación ya hecha. Así que, mucha suerte tuvo Quiroga de que su personaje no haya caído en manos de estos intelectuales, sin embargo, quién sabe si ese estado primigenio es una evidencia de lo que, aún hoy, no podemos ocultar: no nos diferenciamos en prácticamente nada a los mamíferos, y ni tan siquiera a los insectos. ¡Ja, ja! Si no me crees, busca en el internet las investigaciones que se han realizado sobre el genoma humano y tragarás gordo –lo mismo que le debió haber sucedido a Hitler desde su tumba, o a los que han asesinado personas por su color de piel o por pertenecer a otras etnias –en el sur de Estados Unidos, en algunos países del continente africano (y óyelo bien CON-TI-NEN-TE, porque mira que me jode que hablen del África como si fuera un solo país). Los ápices de diferencias son pocos, incluso el genoma del ratón es 99% igual al nuestro, por eso me resultaría gracioso que los posmos –que se la pasan vapuleando todo lo que tenga que ver con la tradición o lo previo a ellos- alguna vez intenten analizar a este personaje de Quiroga. Si no me equivoco ese cuento fue titulado “El salvaje” y sospecho que es el texto que le da título a la colección (creo que Quiroga lo publicó o en el 1921 o en el 24)- ya que de emprender esa tarea tan necesaria para la supervivencia de la humanidad lo harían analizando todo por encima del hombro, es decir, que todo lo que no huela a Londres, París o Nueva York es fo, fo, y fo. Sin embargo, hasta el mismo Borges escribió un cuento que arroja por el suelo la supuesta superioridad que le pudieran atribuir (en este punto no podría utilizar lo que propone Santo Tomás de Aquino, en la Suma Teológica. éste cita, en el artículo número ocho de la Cuestión 1 del Tratado de la Bienaventuranza  –El fin último del hombre-,  a San Agustín diciendo que los que carecen de razón no pueden ser bienaventurados) al hombre de hoy ante el personaje que representa QUIROGA, HAY dej166, ¡carajo! ¿que esta pasando?, primero apreto la tecla de mayuscula y se la dejo pega y ahora no me salen los acentos –¡que jodienda!- aunque reconozco que la dueña de la computadora me hablo de una manera menos compleja para sacar la tilde que estos codigos numericos que hay que oprimir (palabra que me toca de cerca) para sacar las cinco vocales con acentos: para la  “a” hay que apretar la tecla de ALT (¡¡y vuelvo a dejar la mayúscula pegada!!) y los números 162; la letra “b” (la de ¡los Beatles!), ¡ay, que diga, mira y que la letra “b”! LA LETRA “E” ( y esta vez sí dejé la tecla de las mayúsculas puesta porque, de alguna manera, quisiera representar por el cristo, ¡por Dios, si me coge mi Psicoanalista! POR ES-CRI-TO la entonación que le hubiera impuesto a esto si en lugar de estar escrito, lo estuviera interpretando a través de una ponencia performánctica, -¡ja, qué chévere, me inventé una palabra!- ante un público. Volvemos, estaba hablando sobre un cuento que Borges escribió que de, alguna manera, salva al personaje del cuento llamado “El salvaje” del atropello crítico que pudieran hacer sobre el mismo. Este cuento, joya de la literatura Borgiana, se titula “El inmortal”; en él aparece Platón (¿o es Homero?) transformado en una especie de animal o bestia peluda, lo que de alguna manera apunta a que tal hecho no es resultado de una involución, por llamarlo de alguna forma, sino, que ese acercamiento a una existencia marcada por vivir a base de lo la esencia primigenia instintual -¿esa palabra existe?- bueno, por siaca -cercana al “instinto”- es más bien la verdadera y única dirección de la evolución, o sea que en vez de la rata, o el virus, o lo que sea, ser lo más bajo de la escala, es el hombre, que vive y no vive, que está más allá que acá, perdiendo su presente mientras se lamenta por lo que ocurrió, o el mismo ser que reflexiona y reflexiona acerca de lo que quiere realizar, pero –ojo-- que no lo puede ejecutar porque está reflexionando sobre lo que va a hacer. Y por ahí va mi descubrimiento. Cest’ finí (¡que lindo me quedó!). En resumidas cuentas, ese salvaje de Quiroga (me refiero al personaje) muy bien pudiera ser para Borges, la prueba irrefutable de lo cerca que estuvimos, alguna vez, de continuar un proceso de evolución; el cual, poco a poco, a través de la historia, cambió su curso hasta llegar a nuestros supuestos días posmodernos (que ya no son tan posmos, ahora anda en boga otras teorías –sólo estos brillantes e insulares críticos de nuestro País, sí, País y con mayúscula, se han colocado como camisa de fuerza un marco teórico intelectual que si bien democratizó el mundo académico, aquí se ha reducido a una especie de pseudo-religión de fanáticos cínicos que sólo privilegian lo burdo y superfluo). Irremediablemente como especie –vuelvo a “El inmortal”- nos fuimos alejando. A menos… que lo que deseara Borges plantear fuera… que la reencarnación… nos va… llevando… ¡a ese punto de la evolución! ¿Será lo más cerca que podamos estar de Dios? ¡Hum! Interesante. Bueno, y si es así, espero que en algunas de mis próximas existencias no reencarne en una infame, asquerosa, aterradora, cucaracha (los budistas también creen en que podemos reencarnar en animales). Sí, sería muy triste, no es que quiera defraudar a Kafka (para que me entienda remítase a leer el relato “La metamorfosis”) pero sería terrible que mi alma encarnara en una cucaracha.

 

Y ahora que hablo de cucaracha, en estos dos días he tenido una especie de batalla campal con una serie de intrusas que han invadido mi cuarto; bueno, el cuarto de la casa que habito porque, en palabras textuales, me han dicho que ese lugar no me pertenece; allí sólo soy un agregado, es por eso que no puedo pegar los carteles de la cinematografía  de Chaplin o de los Beatles; si quiero permanecer tengo que conformarme con la vaciedad (o… ¿vacuidad?) de las blancas paredes. Pues, volvamos a lo que deseaba (¿qué me pasa? si todavía lo deseo) contar, en estos días tuve que encarar a esas enemigas de mi tranquilidad, ya que, de tan sólo verlas me pongo tenso, crispy, y aunque desconozco porque reacciono de esa forma, siempre ha sido así. Yo no sé, si la fobia que les tengo tiene que ver con haber estado expuesto, desde pequeño, a la repulsión que le causaba a mi madre, las asquerosas, horribles y feas cucarachas, especialmente las voladoras; creo que por eso las odio. ¡Imagínate!, un niño viendo a su madre gritar por tal insecto; el trauma no será fácil de solucionar. Y pensar que esa fobia me impide a ser sobreviviente de un cataclismo nuclear, ya que se han hecho estudios que han llegado a concluir que son estos espantosos seres los únicos que podrían soportar ese apocalipsis sobre la faz de la tierra. Así que por ese temor, que sé que para varias féminas rayaría en lo absurdo –ya que a ellas, como fruto de nuestra sociedad machista, les resultaría raro ver a un tipo como yo corriendo porque vio a una cucaracha volando  (y ahora que lo menciono eso salió a flote en una de las sesiones con mi Psicoanalista; curioso por demás, ya que le estaba hablando acerca de mis fobias y por ahí salió el tema de las cucarachas, y de que además… conocía… que al área genital de la mujer, o sea la vagina o “chocha” –como se le denomina en los círculos pueblerinos- también se le dice “cucaracha”. Bueno, resulta ser que yo pasé, y no me pregunten como, de un siglo a otro, incólume, sin mancha –como dirían los fanáticos católicos del Opus Dei-, “eso” no hubiera sido raro si yo hubiera nacido durante esta década, pero no, yo nací un poco después que los Beatles se separaron. El caso es que ya salía de los veinte, y estamos hablando de la época del amor en los tiempos del sida, aunque esta abstinencia en nada tuvo que ver con el miedo de contagio a alguna enfermedad de transmisión sexual, más bien, respondió... a no sé… quizás algún tipo de actitud neoplatónica inherente a mi naturaleza. Verdaderamente, no sé… eso lo estoy trabajando con mi Psicoanalista. Todo simplemente pasó, o más bien no pasó, por eso, cuando por vez primera estuve con una mujer (media tecnológica ella), y comencé a frecuentarla; visitas en las que, poco a poco, ella se animó a que yo subiera a su habitación y… cortada en frío le dije que todavía NO era el momento; pero después… la cosa comenzó a subir de temperatura, hasta que, por fin, me encontré experimentando con su cuerpo, pero renuente a utilizar –vamos a articularlo de una manera en la que no me censuren el texto, o ¿seré yo el censurador?- mi miembro en su vagina; utilizaba los dedos –“mis dedos”- mientras le mordía suavemente las orejitas; escuchaba sus sonidos de satisfacción y hasta la sentía mojada,  sin embargo, ella quería más y más, pero yo aún no quería penetrarla. Por mi parte, disfrutaba de su juego ¿vocal o bucal? Debe ser la última, la palabra correcta para denominar lo que deseo comunicar (aunque leí en uno de estos libros sobre sexualidad que a ese acto se le llamaba “fellatio”- ¡ja!, eso suena a latín), supongo, pues, como decía, creo que continuar con mi recurso de utilizar mis dedos a su máxima expresión y solicitarle sus encantos lingüísticos, hizo o provocó un arrebato de desesperación (intuyo esto porque lo que hablaba lo hacía con lágrimas rodándoles por sus mejillas). Y así, en ese llantén silencioso, me dijo que esa sería la última vez que lo íbamos a hacer, porque ella, entre sollozos me intentaba decir… y que yo…  para satisfacerme…  y apenas entendía… yo a ella y ella a mí… la miraba como cuando se mira algo pequeño y los ojos se achican… y entre los retazos de sus frases pude entender que su razón para querer terminar en nada tenía que ver con los argumentos que esgrimen las mujeres para estar solas, como, por ejemplo, los utilizados por la pastora Marcela. Así que cuando ya comenzaba a comprender el grito fue inmediato: “¡¿Qué?! ¡¡What’s fucking idea!!”. No esperé un segundo más, entonces, para meter a pepito en la cueva (esto me retrae al mito de Platón y también a la ocurrido en la cueva Montesinos, ¡qué curioso! ¿no?).  Entonces cual si fuera guitarra comencé a tocar, nuevamente, aquella sensitiva melodía corporal que había ensayado en los encuentros anteriores, pero esta vez añadí, con mis labios, un toque continuo de piccicato en aquello pequeño y paradito que asoma en su fruta… y sin previo aviso, los movimientos fueron rápidos, la penetré, la penetré con todas mis fuerzas y ella decía que era lo más rico que le había sucedido… que si estoy exhausta… que si no puedo más…y jadeaba, abría la boca buscando aire y yo le plantaba el beso mientras escuchaba los ¡mmmjum! ¡oh! ¡ahhh! Hasta que ella se derritió, parecía como si le hubiera inyectado electricidad que parecía salir por las puntitas de las redondas y paraditas tetas. Quedó monga, y su cabello como si un ventarrón le hubiera pasado. Y yo en mi peak y ella susurrando “ya no más” “ya no más” cada vez más bajito hasta que el silencio habló. Esa noche mi damita estuvo profundamente inconsciente, no necesitó píldoras para dormir, lo hizo feliz como una lombriz pues todavía se le veía una sonrisa en sus labios, mientras yo la contemplaba en su desnudez con mi permanente erección. Me sentía orgulloso de haber elaborado una especie de nueva creación en una ya hecha, es decir, aquella mujer era otra; nunca había vivido una experiencia como esa (así me lo confesó cuando despertó). Y le conté todo eso a mi Psicoanalista en la sesión, aunque no sé a que vino el que lo trajera a colación. Quizás sería por mi interpretación de que fue ella quien había violentado un proceso, “mi proceso”. Vamos,  no sé porqué conmigo las cosas son así, pero lo que sí sé es que sus palabras hicieron que mi pene entrara como proyectil de reacción inmediata -como Juan por su casa- en la cucaracha, “cucar-acha”, “cucar”, “acha”, así me puse a balbucear al final de la sesión, palabras que imagino que mi Psicoanalista interpretaría como un símbolo presumible de un acto castración: “acha”, me cucó la acha. De alguna manera, ¿me lo cortó? Eso lo dejamos para el Psicoanálisis. Lo que sí es concluyente es que ¡jamás! yo me pondría un traje hecho de cucarachas, o por lo menos, fabricado con sus alas: sin lugar a dudas no sería sobreviviente del Star Wars que estas naciones progresistas del mundo (creo que ya todos sabemos quienes son) desearán, en su momento, jugar.

 

Lo práctico de todo estos garabatos mentales, escritos de manera simultánea a como se me ocurren, sin censura, sería reformularlos nuevamente, pero de manera decente, arreglar algo aquí o algo allá –además, esta letra seleccionada en la compu, cual jeroglífico, parece un poco arábiga-, para hacerlos llegar a mi Psicoanalista, y, también, ¿por qué no÷÷? ¡Tuve que tocar como tres teclas para encontrar el símbolo para cerrar la pregunta! Continúo. Y para también publicarlo. Sí, aunque no puede ser en una publicación de estas que dirigen los secuaces de mi hermana (a propósito de Leonor, tan reciente como ayer me dijo que andaba también haciendo cuentos, y me dijo más, me dijo que me utilizó como personaje en un cuento en el que los sucesos, fragmentados y estrepitosos, se intercalaban con reflexiones sobre la niñez y el psicoanálisis. Después, como si fuera gran cosa, añadió que todo aquel texto era uno posmoderno. Me pregunto que diría Derrida si tiene oportunidad de leer su diatriba. Por otro lado, eso de saberme personaje,  no sé, no me cae del todo bien. Tendría que ver qué palabras se atrevió a ponerme en la boca, y conociéndola como la conozco, para nada me extrañaría que atiborrara mi voz con una cantidad indeterminada de reflexiones; situación esa que me podría incomodar porque es mi costumbre desconfiar de aquellos personajes que inundan sus discursos con detalles). Bueno, regreso a lo de publicar estos garabatos en una revista. Supongo que la que se arriesgue debe ser una que tenga un criterio… digamos vanguardista, para que lo acepten. Y, al fin y al cabo, yo he visto a par de escritores por ahí, que conocen tanto el cuento y sus alrededores, que se dedican precisamente a transgredirlo como género continuamente, produciendo textos que escandalizarían a los puristas. He leído a estos escritores con sumo interés; Fred Alvira se llama uno, López Chávez el otro, los menciono por sus apellidos, porque sería una ligereza de mi parte, vamos, una especie de falta de respeto, si les llamo Juan Ca o Rodri –como sé que les llaman. Pero no. Pues, como señalaba, los textos de estos escritores… Espera… creo que es mejor que no reduzca la función de estos dos individuos al acto de producir, solamente, con la palabra como herramienta; el primero, Juan Ca, es profesor y artista gráfico también; el otro, Rodri, es cineasta y coordinador editorial, así, que estos dos se circunscriben a lo que los antiguos-siempre-actuales-y-muy-necesarios griegos, conceptualizaban como artista; un ser que se dedica a producir arte con lo que tenga disponible, en otras palabras, todo le puede resultar materia prima. Y como decía, los textos de estos dos chamacos son lo suficientemente de avanzada para que todos los que forman parte de la publicación “Del cuento y sus alrededores”, que reúne aproximaciones a una teor® -¡shit, me volví a equivocar de tecla!-  …a una teoría del cuento (gente como Cortázar, Quiroga, Chejov, Bosh y Poe, están ahí) saltarían horrorizados. Si estuviéramos en tiempos de Torquemada, los hubieran señalado a los dos de inmediato para que la Santa Inquisición los quemara. Aunque… ¿de qué estoy hablando? o escribiendo en este caso, si aquí, en pleno siglo XXI, en los inicios de este tercer milenio de la era cristiana, tenemos una serie de personajes en los entornos culturales que, de seguro, son reencarnaciones de nefastas figuras inquisitoriales que han ensombrecido la historia de la humanidad.  Lo cierto es que esta claque no ha quemado a uno, ni a dos escritores, ni siquiera a Juan Ca y a Rodri, sino que ellos mismos se han erigido en tribunal con todas sus ramificaciones posibles: fiscal, abogado defensor, jurado, juez y como si fuera poco, en la propia sentencia. Uno entonces los observa con la sonrisa en sus rostros mientras prenden la hoguera en donde estamos todos los que hemos intentado crear y no somos parte de su exclusivo club (que están ahí por los llamados accidentes y no por el valor de la obra)… Es en este punto cuando somos quemados de manera continua… así, los vemos en francas carcajadas cuando acaparan el espacio y quieren hacernos invisibles… pero el tiempo, muy sabio, se encarga de separar el grano de la paja. Me atreví a sentenciar que el trabajo que estamos haciendo sobrevivirá a nuestras cenizas. Por todo lo anterior, no me queda duda que esto lo publicaré en la misma revista que publican mis admirados Fred Alvira y López Chávez. La chavienda es que no conozco a nadie, personalmente, de esa publicación. O bueno, lo mejor sería enviarlo por correo a ver qué pasa. Digo, yo conozco, de vista, al tipo que la publica. En fin, que este texto, si me animo, se lo envío.

 

Sólo me queda por declarar que los signos escritos después del título “(1.D.D)” son como una especie de ritual que quiero establecer. El mismo consistirá en llevar lo garabateado en la computadora a lo performativo, durante la tarde del 23 de junio a partir de este año. Y después de haber pasado 365 días, se cambiará el número que sigue al título –el uno-. Y luego se procederá a que quien lo lea en público pueda alimentarlo, tergiversarlo, transgredirlo, o podrá utilizar todo lo que quiera, lo que nos llevaría irremediablemente a sospechar incluso de la firma en este texto. La única lógica posible al final del camino será tener la certeza de que ha sido un sabio encantador el verdadero autor. Por lo anterior, es inexorable el destino que nos espera (en estas circunstancias no podemos tener a mano un hilo que nos guíe en este laberinto) porque ni siquiera tenemos claro de qué materia prima se alimenta esto. No será extraño, pues, sentirse como si pisáramos arena movediza durante todo el proceso de lectura. En fin, no se diga más, que establecido este ritual, convertiremos este texto en algo viviente como el musgo, o un virus, que crecerá y crecerá y crecerá hasta que se convierta en algo más… ¡Cualquiera que bien recuerde al hermano de Leonor E. Quirorges, el mismo que trabaja en una cafetería, y que ha sacado de su tiempo para garabatear algunos cuentos, anti-cuentos o textos anárquicos, puede ser parte de este ceremonial que acabo de establecer con la lectura de este texto! Puede ser enunciado en un lugar como este, o en cualquier otro sitio tachonado por luz crepuscular y matizado por olores a orín que han dejado los borrachos “simulacros de escritores” (por nombrarlos como la gestapo cultural) durante el último jangueo. ¡¡Qué hagan de estos jodios garabatos lo que les venga en gana!! Todos. Cada uno de ellos, serán bienvenidos.

 

Y, nada, al fin y al cabo, con tanta comemierdería en estos círculos, los mando a to´s pal carajo y cojo una guitarra y les vapuleo con canciones de rock sus encerillados oídos. Así les podré libremente cantar aquel tema de Aguirre, de Los Estrambóticos, que dice: “Toda tu vida me parece aburrida. Toda tu vida me parece aburrida”. ¡Ja, ja, ja! Porque mira que, a veces, cansa ir a combatir a los gigantes, cuando en realidad no tienen una pizca de sangre. Sólo son enormes muros y aspas que se mueven. Claro, que uno los observa así después de haber ignorado nuestra voz de Sancho y haberse estrellado contra la pared. Y eso… ¿para qué decirlo?  Nada, lo que importa aquí es que unos tomarán su vino, otros su cerveza, yo, mi botellita de agua. ¡Tomemos el trago! Y “más cerveza para la cabeza, más cerveza para la cabeza. Toda tu vida me parece aburrida. Toda tu vida me parece aburrida”…

***

Un verso de esa canción que hubiera sido importante incluir es la que dice: “Más cerveza para la cabeza y el dolor”. ¿Por qué? Sencillamente porque de alguna manera nos han quitado la noción, aunque sea a nivel publicitario o de los medios, que el dolor es parte inherente de nuestra existencia. Sé que los que son devotos a la llamada “nueva era” están poniendo el grito en el cielo, pero no me cabe duda que es así. Cómo explicar que un tipo te diga que en una ocasión tuvo que acudir al llamado de su madre que le pedía ayuda, y cuando llegó a su auxilio se topa con el perro maloliente que asusta a progenitora, consumido totalmente por la sarna (tanto que ni siquiera tenía pelo, sólo la cubierta rosada de su piel reseca). Parecía una de esas figuritas que utilizan en el juego de monopolio. ¿Qué raza de perro era esa? Vaya usted a saber. Lo interesante del incidente es que el tipo añadió a su anécdota que como si de una revelación se tratara reconoció a su otro yo en el perro. Yo me le quedé mirando, para verificar si había entendido bien. Y sí, no escuché mal. El individuo vio una especie de espejo en aquel perro, esquelético, que se fue a refugiar en el cuarto de sus padres. Lo más difícil para él fue tomar la escoba que le daba su mamá, y sacar él mismo a su otro yo. Por eso creo que hubiera sido conveniente incluir ese fragmento de la canción en su texto, pero no lo hizo. Esa referencia al dolor es reveladora en cuanto a la naturaleza de un texto hibrido y difuso como este (sólo alguien que haya vivido a flor de piel una profunda e intensa angustia, si se quiere visceral, puede compararse con un perro con sarna al que está sacando de su casa; y vivir así, visceralmente, se comprende, si no se pierde de vista toda la complejidad inherente al simple hecho de existir. Interpreto que aquí ocurrió una especia de transferencia).

Él me contó eso mientras descansaba de un ensayo. Yo me había acercado a ese establecimiento para darme una cervecita. Y cuando vi que había colocado la guitarra en su estuche, aproveché y le pregunté si era el hermano de Leonor (el parecido con ella es mucho). Me dijo que sí, y aunque estaba algo mustio (mi manera de decir parco, seco, tímido) poco a poco me fue ganando confianza, sobretodo cuando le dije que conocía a Fred Alvira y a López Chávez, dos de sus escritores favoritos. Se animó tanto que hasta del mismo estuche sacó unos papeles sucios y arrugados que resultaron que eran cuentos de su propia autoría. Así fue que, entre sorbo y sorbo de cerveza, leí algunos, y de inmediato me interesaron. Me entusiasmé tanto que le hablé de la posibilidad de publicarlos pero no acogió con gusto la idea. Me dijo que le había enseñado su mejor cuento a un escritor amigo suyo, algo reconocido en nuestro ambiente literario, para que le hiciera algunas correcciones o recomendaciones. Y lo que le llegó de vuelta fue el cuento sin ningún tipo de sugerencia, tachón o marca;  sólo incluía las siguientes sentencias en un pequeño papel: “Aún no has conseguido escribir literatura que, siendo del país, sea a la vez universal. Tenemos que aprender aún el arte de contar las cosas desde una óptica externa, ponernos en el lugar del lector extranjero. Escribes exclusivamente para nuestra mentalidad, como si el resto del mundo no existiese ni experimentase lo que nosotros vivimos”. Y claro, esto como que le acabó con el poco o mucho ánimo que tenía, con lo que llamó su “aire de crear”; la última gota de agua se escapó de la cantimplora y el desierto la evaporó. En fin, yo creo que la apreciación de su amigo fue injusta, ya que, como dice el doctor alemán Paul Matussek: “La valoración de la propia obra no depende tan sólo de si los demás ven este producto y cómo lo ven, lo juzgan y lo utilizan. La obra tiene ya la marca de algo creador por el simple hecho de que da forma en la vida del sujeto al sí mismo singular e intransferible.” En ese rato que estuvimos conversando me dio a leer ese cuento, el que le dio a su amigo, y me pareció verdaderamente bueno. Entonces le insistí que podíamos publicarlo en Taller Literario, y cuando dije Taller Literario puso una cara de sorpresa: me dijo que hacía tiempo que había querido publicar en Taller. Bueno, para ser sincero, haberle hecho la invitación fue una ligereza de mi parte sin, al menos, haberles consultado a los escritores implicados en la realización de la misma. El asunto es que él, al principio, no accedía. Esa actitud me hizo ver nuevamente su falta de seguridad (recuerden como asumió la opinión de su amigo, y sabrá Dios que otras apreciaciones habrá tomado en cuenta). Para mí, y estoy seguro que para otros pensadores y colegas con los que he discutido este caso, un ser como el hermano de Leonor, ha retornado, en cierta manera, al lugar en el que la especie humana se encontraba antes de haber comenzado la evolución. Como decía, le seguí exponiendo uno y mil argumentos razonables para que permitiera la publicación de alguno de sus textos; el que quisiera. Hasta que lo convencí. Me dio un floppy con un texto al que catalogó como uno a lo Fred Alvira o a lo Rodrigo López Chávez. Bueno, a pesar de que yo hubiera preferido algo de la treintena de cuentos que me había mostrado, me llevé el que me daba: “Visceratum”, así dijo que se titulaba.

El problema que tuve en primer lugar fue localizar en una especie de junker tecnológico una especie de prótesis para mi computadora, de manera que pudiera leer el contenido del adefesio floppístico. Pese a que conseguí el artefacto para mi computadora aquel texto no subía. Le di a cuanto botón, código, o comando encontré: nada pude hacer. Cansado de intentarlo tuve que ir a un centro de computadoras, y allí la especialista trabajó, por espacio de par de horas, con el susodicho floppy, hasta que pudo subir el texto. Eso sí, al cabo de un rato la vi sacar unas cartas. Desde donde estaba sentado pude observar cómo buscaba algo en ellas, y luego miraba a la computadora. Supuse que lo que escudriñaba con tanta vehemencia y concentración eran anotaciones específicas que le permitirían solucionar con los detalles o remanentes del problema principal. Ya un poco cansado de esperar, me dio por salir del lugar a tomar un poco de aire fresco. Cuando regresé me encontré que la mujer hablaba con un señor canoso y encorbatado que tenía en sus manos una especie de libreta enorme. En esos instantes la curiosidad me picó y fijé mi atención a la palabra “Diario” que tenía la cubierta de aquella libreta. Unos minutos después ella me estaba haciendo una señal para que me acercara, mientras el hombre ya se despedía. Sólo escuché cuando le dijo: “No dejes de enviarme una copia”. No pasó un segundo cuando la especialista me relataba que había logrado rescatar el texto, y utilizó el término de “emigrar” el documento, también me habló de algo así como cambio de formato. Ya menos angustiado, tomé el sobre que me daba; me explicó además que había sacado dos impresos de “Visceratum”, uno para mí y otro para el Psicoanalista del autor. Extrañado por su ocurrencia le pregunté por qué rayos se le había ocurrido eso, si aquello que me había entregado el hermano de Leonor era, simplemente, un cuento. Ella me miró como quien observa a un pobre tonto, y me dijo: “A Quirorges lo conozco muy bien, él me visitaba frecuentemente. Te aseguro que la computadora que utilizó para redactar este texto fue la que yo misma le regalé. Y mira que si conozco bastante a Quirorge que hasta pude localizar el número celular de su Psicoanalista; sujeto que ni corto ni perezoso se tomó muy en serio lo que le comenté de aquel documento, tanto se interesó que tuvo el gesto de abandonar lo que estaba haciendo en aquel momento y venir hasta acá para leerlo detenidamente con sus propios ojos. ¿Qué te parece? Y tan interesado quedó que me ha pedido una copia.” Entonces comprendí que lo que había comenzado por un lado se complicaba e involucraba a terceros como aquel personaje que acababa de salir. Ella me sacó de mis cavilaciones y con una tajante sentencia concluyó: “ Visceratum revela que Quirorges no está bien”. Ante tales argumentos (que me parecían tan irracionales como lo que les adjudicaba al escritor) que más le podía reclamar, y de inmediato surgió una sensación rara en mi interior, una interrogante que saltaba y se incrustaba a modo de relieve en mi propia piel: “Después de todo… ¿Qué carajo era aquel texto que tenía en mis manos?”. Con eso en mente no me quedó otra que, algo titubeante, despedirme cuando a ella, casi como tiro de gracia, se le ocurrió añadir otro dato que llamó trivial por lo que casi se le olvidaba mencionarlo. Y cuando escuché lo que escuché quedé petrificado. Dijo que hubo partes del texto que no salieron en palabras, sino en una especie de cuadritos, algo así como si fueran caracteres arábigos, por lo que, ante la ausencia de “inteligibilidad” (esa palabra utilizó), ella sacó unas amorosas cartas que le había enviado Quirorges y utilizó algunos de esos fragmentos epistolares para darle coherencia a aquello; es decir, que cuando la vi sacar las cartas y mirarlas y remirarlas era porque se rompía la cabeza tratando de ver qué podía hacer sentido aquí o que podía hacer sentido allá, y rehízo los bolsillos inteligibles como pudo. Pero la gota que colmó la copa fue el “otro detalle sin importancia”: el Psicoanalista también había añadido lo suyo utilizando aquel diario que Quirorges, en su temprana juventud, había llenado de pensamientos, espirales y garabatos; diario de páginas amarillentas que el paciente le había dejado en sus propias manos en medio de una sesión.

Bueno, con esa sensación agridulce, salí del lugar. Acabo de leerlo nuevamente y sentí una especie de vértigo. Tan desagradable fue la lectura que tuve que echar mano de lo que recordaba de algunos de sus cuentos para ver si, al menos, acercaba “Visceratum” al verdadero estilo del autor. Pero ¡ya!  No me voy a fastidiar más la cabeza, a fin de cuentas es de ustedes, en la Junta de Taller y de Carlos Esteban, la decisión de publicar esto. Así que, a partir de este momento, yo me lavo las manos como Pilato y, por lo demás, a Dios que reparta suerte.