Mié11212018

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Candelabros

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Candelabros, tazas para leer el café, juegos de mesa..

Encantos sutiles en noches perversas, fuegos candentes en días de tormentas, días eternos aquellos..

Aquellos que sin fin alguno guardan su esencia, esa era la historia de Ashima.

¿Cómo me veo? ¿Quién soy? ¿Cómo llegue? Eran preguntas sin respuesta que navegaban sin capitán en un mar abierto, esto era parecido a su razonamiento.

Ahora el trance eran nubes, relámpagos e historias griegas. Los titanes en revolución, lluvias de estrellas, alineaciones contradictorias, dioses y planetas. En las profundidades de la sobriedad hasta se extrañan los momentos donde los excesos reinaron y la paz era un sueño. Días aquellos que ya no eran tan grises como recuerda ella.

Es confuso para Ashima , ella no logró encontrar letras mágicas ni versos profundos en las nuevas cartas, no encontraba la pasión de la nueva ella. La profundidad del respeto tan profundo como la de la decepción y la tragedia. (Habla otro tono de voz) Todo reinaba en los versos, tengo miedo de ella, tengo miedo de él, Zeus y sus relámpagos le temen al fuego por eso evaden la ira y quizás por eso evado yo la pasión de mis deseos. ¿Quién es yo?

¿Seré destructiva en mi gran pasión? Se reprochaba Ashima recordando la historia de una tal Antigona, que mujer puede perderlo todo por un ideal por no resignarse, acaso la resignación debería ser rey y dejarnos errar como reos sin rehabilitación, acaso la vida se debe encargar de nuestra historia y no luchar nunca con nuestras debilidades de carácter, pues no lo creo decía Ashima con un fuerte ímpetu.

Donde todo era un vaivén de recuerdos la muchacha de mirada penetrante, sintió deseos, que la hacían pensar en candelabros. Aquellos que estaban estáticos sintiendo cera derretida por fuego, aquellos que no tenían otra función que ser un adorno que con fuego juega. Candelabros tétricos y hermosos en una cena cualquiera, la cual se vuelve romántica por la tenue luz de las velas, se vuelve pasional por el sudor de la cera, se vuelve única por cuánto tiempo duran encendidas y que tan bien queman. Que candelabros se decía.. Que candelabros aquellos que no podía olvidar, oxidados de recuerdos por el viento de los años y por la falta de cuidado, que estáticos se habían vuelto tan vivos recuerdos, tan encendidos los sentimientos que causaba el fuego al tomar su tiempo.. Un tiempo era aquello.

Reflexión de alma y cuerpo, aquel trance del candelabro plasmo al fin un dulce aroma a ceniza en un ambiente callado como el mudo recuerdo. Esa era la nueva ella, podía simplificar todo en una tierna recreación de todo aquello, acaso eso no es hermoso, ¿Acaso de eso no se trata la vida?

Ashima se preguntaba algunas veces ¿Por qué él? ¿Por qué yo? Vivir el momento, respetar el espacio, dejar atrás el pasado, vivir de nuevo. ¿Piensas? No pienso y vino ... ¿Un vino? Si por favor pidió ella al mesero, necesitaba tragar algo mas tibio que aquel recuerdo donde pudo renacer una idea de cuentos perfectos. Ya su piel cansada de jugar a esconder sus secretos, gritaba el nuevo comienzo, pero quien será capaz de entender? Ashima deseaba encender una llama apagada dentro de ella que se llamaba de alguna forma extrañamente impenetrable… y si volvemos a las velas? Y si nos enfocamos en su estética y en que la componen, y si pensamos en el creador de aquellos candelabros perfectos que parecían ser tétricos, que proyectaba aquella escena escéptica.

Esos candelabros… porque captaban su atención, porque se desviaba por ellos, porque en su interior cada uno tenía su esplendor y en su cuadro encajaban perfectos. Sonaba como si aquella muchacha fuera tan rara que con sus ideas pudiera lograr confundir a ingenuos, pero nunca fue su intención ella solo veía por un lente distinto al de ellos, ella solo veía con profundidad aquello que no parecía perfecto, buscaba explicaciones donde otros veían errores, ella era distinta y con su magia hechizaba inventos, convertía objetos sin valor en dulces tesoros, convertía a los piratas en excelentes caballeros, a los vampiros en personas amantes de la pasión sin sangre, a los lobos los volvía ignorantes de la luna devolviéndoles la capacidad de caminar en la tierra como humanos, a los candelabros en piezas ingeniosas dignas de estar en una mesa de cualquier comedor pulcro. Q distinta a todas era esta niña. Que era lo que tenia era la intriga, que era lo que la encendía era el misterio. Y aquí que piensa que termino todo comenzó la historia.

Ese día de fuegos apagados, apareció un hombre cualquiera, con un nombre cualquiera, con una vida cualquiera, con un destino cualquiera, con una luz que intentaba descifrar, ese hombre podría ser lo más cercano a un príncipe azul pero la melancolía lo acompañaba y era ciego de corazón aunque aun así tenía un gran razonamiento que lo hacía mirar desde el alma, podría descifrar casi cualquier codificación, era casi un genio en lo que se trataba de amor.

Entonces fue el momento indicado para volver a encender aquellos mohosos candelabros, que bajo la resignación de los días habían quedado olvidados. Donde los sueños quedaron en pausa, donde la magia no existía si eras visionario, en aquella turbia nube de recuerdos donde se recordaba solo lo necesario. La joven muchacha necesitaba ayuda, buscaba y no la encontraba, olvidaba actuar esperando a que llegara su director y su puerta nunca se abrió. Decidió seguir otro camino, con rumbos distantes y acompañados de mil caras y sus disfraces, de fiestas sin lunas menguantes, de acción aunque fuera por un instante. Era solo ella y los amuletos conocidos, eran las luces de lo desconocido. Viene de un mundo que muy pocos distinguen ya no era preciso tocar su puerta y entrar sin permiso, ya no era feliz con tan solo un suspiro… Ahora el llavero cargado de hierros sin función no sabía cómo abrir su destino. Era como tener mil copias de cerraduras y no tener certeza de que se desea abrir.

Era el amor anhelado en una caja de mármol muy fino, eran las tonalidades de un arcoíris distinto. ¿Dónde estarán escondidas mis respuestas?