Un negro llamado Carmelo Rodríguez Torres o La feroz incandescencia del más regio diamante azul

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a Kianí y Yamil; a Ana Lydia Vega

0.0: Desde pequeño me ha gustado oficiar de arúspice y desarmar las muñecas y demás juguetes de mis hermanas y hermanos para descubrir las maravillas que guardan en su interior. Soy del campo, pero me recorto en la ciudad. Y por supuesto que hablo solo. (A veces necesito la opinión de un experto.) Así que, no es tarea fácil echarme alcoholado en los ojos. Es decir, que me metan las cabras en el corral o que me vendan gato por conejo. Por tanto, dejemos los cuentos de camino a un lado y agarremos al toro por la cornamenta. Desprovistos de adolescente ingenuidad, examinemos otra instancia de nuestra desventura cotidiana: un día más sobre la porquería.

1.0: Pasó una monja. Pasó el perro de mi altura royendo el hueso ilíaco de otro perro que dejó de ser su padre. Pasó el hombre que, envuelto en papel de periódico, duerme en un callejón. Pasó un miedo ciempiés a los relojes. Pasó un desdichado que, hijo de su mala fortuna y con tal de no ver el terrible mal que les había causado a los suyos, se arrancó los ojos y, desde entonces, iba y venía por el mundo con sus miserias a flor de piel. Pasaron una, dos, tres páginas. Pasó uno condenado a llevar por dentro el recuerdo de una ballena y la nauseabunda hospitalidad de ésta. Pasó la indiscreta Historia con su carro repartiendo medallas y mortajas. Pasó una liebre. Pasó un muchacho vestido de novia. Carne de escándalo hecho para la burla, pasó. Pasó, gimiendo como un pájaro con el sexo atravesado por una aguja. Pasó un barco. Pasó un hombre en veloz carrera que, emocionado y completamente desnudo, no paraba de gritar “¡Eureka, eureka!” Pasó una pata seguida por varios patitos amarillos. Pasó Francis Drake. Pasaron los espumosos belfos de Babieca. Pasó un obrero fabulosamente vidriado de sudor. Pasó su mujer, la Juana Vázquez. Pasó una semana. Pasó el conde de Cumberland. Pasó, cabizbajo y bordado de sospechas, un cogito, ergo sum. Pasó uno que, con su verde melena, pretendía asustar a las burguesitas que en el mundo han sido. Pasó una tortuga. Pasó un museo sin techo a sol y agua. Pasó el Sr. Newton, a quien le hacía muy feliz que las sabrosas galletitas de higo le siguieran cayendo en la memoria. Pasó una pareja de palomas sabaneras huyendo asustadas por la cercana presencia del guaraguao. Pasó una estrella fugaz. Pasó un 23 de septiembre. Pasaron dos autobuses. Pasó un colibrí chupamúsica. Pasó el río de Corozal, el de la leyenda dorada. Pasó un anciano de barbas venerables que leía y leía, como quien toca el piano hasta que los dedos comienzan a sangrarle. Pasó la tía solterona que prepara muñecas rellenas de miel. Pasó Monchín del Alma paseando su insondable misterio sobre un escuálido caballo, tocando el cuatro y cantando sones alegres, con el rostro cubierto por el consabido velo y el sombrero de paja que dejaba coquetamente al descubierto su larga, negra y ondulada cabellera. Pasaron las orejas Nieves-Mieles. Pasó el machete del mayoral y la libreta de jornada. Pasó un paraguas con señora. Pasaron las babas del diablo. Pasó El Niño Bonito de la Salsa cantando “La cama vacía”. Pasó un borracho. Pasó una hilera de hormigas con un exquisito cadáver lleno de mundo a cuestas. Pasó un Domingo de Pascuas. Pasó la corriente ensangrentada. Pasó uno que, viviendo siempre de espaldas a la vida, se construyó un refugio de sueños y olvido. Pasó la primera plana de un periódico de ayer. Pasaron dos mendigos peleándose por una moneda. Pasó Adán hablando en voz alta con su recuperada costilla y sus píldoras de opio. Pasó una noche de bohemia con Mauricio y Robertín proclamando que una rosa en tu pelo parece una estrella en el cielo y, en el viento, parece un acento tu voz musical. Pasaron las primeras lluvias de mayo. Pasó otro muchacho que, desde el supermercado del semáforo y bajo un sol que derrite las piedras, no paraba de anunciarles a los apresurados automovilistas su marchita pero variada mercancía. Pasó un hombre, animal de 3 tristes comidas diarias, mordiendo dulcemente los barrotes de su celda. Pasaron rosas, claveles, dondiegos y amapolas. Pasó un aprendiz de brujo canturreando “Cuando llega el mes de octubre, corro al huerto de mi casa y busco con alegría 3 ó 4 calabazas...” Pasó Babuya. Pasó la familia de acróbatas con una nube azul en las pupilas. Pasó el Poeta de la Salsa recordándole a Paula C que sin su cariño son de cartón todas las estrellas. Pasó un 30 de octubre. Pasó un collar de camándulas y peronías. Pasó un ruiseñor haciendo gárgaras de cristal. Pasó el monstruo con miles de ojos que, con tal de saciar su sofocada líbido, se estacionaba frente a las vidrieras de Kress y Rave. Pasó una Nochevieja. Volvió a pasar el mismo perro, esta vez ladrándole a su propia sombra. Pasó un vagabundo en harapos que decía llamarse Rip Van Winkle (aunque más bien parecía el Judío Errante). Pasó un primero de marzo. Pasó el pitirre desplumando a picotazos al guaraguao. Pasó uno cuya frente era ya una arteria de vivaces colores y que, con voluntad de la más dura piedra, sembró la zapata para hacer realidad el hermoso sueño de la patria libre. Pasó otra monja vestida de blanco y negro que, subiendo unas escaleras a toda prisa, en sus brazos, con actitud sobreprotectora, carga un corderito. Pasó un ebrio y trasnochado centauro apulpándose a una princesa de la noche. Pasó la primavera con la cabeza llena de pájaros. Pasó Rocío Dúrcal voceando por las 4 esquinas del viento que sería la gata bajo la lluvia y maullaría por ti. Pasó el infierno que cayó del cielo sobre la Ciudad Nueva. Pasó un abogado tuberculoso que escribe con obstinación cartas de amor a novias imposibles. Pasó un tipo con cabeza de toro que, frente a las ruinas de Los Hijos de Borinquén, le sacaba una foto a una pareja de gringos rubitos en shorts y chancletas colocados a ambos lados de la imagen que perciben como la más legendaria estrella del cine mudo. Pasó la lluvia otra vez. Pasó la quejumbrosa voz del divo de Juárez desnudando con las más sencillas palabras el más profundo canto de amor por la madre. Pasaron dos cuerpos por una misma miel derrotados. Pasó el bolero de la yedra y la pared. Pasó la hamaca de un amable y dulce recuerdo. Pasó un enjambre de luciérnagas. Pasó una semana más. Pasó una página. Pasó un año y 19 más.

2.0: Lina Prokófiev (de soltera, Carolina Codina; más tarde, como artista, Lina Lluvera) nació en Madrid. Hija de cantantes, a su vez, fue cantante. Para más señas, soprano. Su educación privilegiada la convirtió en cosmopolita y viajera, independiente y políglota. Conoció a Serguéi Prokófiev en uno de los conciertos que dio el maestro en el Carnegie Hall a su llegada a Nueva York en 1918. Tras casarse en 1923 con el pianista y compositor ucraniano, tuvieron dos hijos. En 1936 el nostálgico maestro decide regresar a Rusia. Allá, Stalin había instaurado el reino del terror. El maestro piensa que su prestigio les salvaguardará. Pero el régimen totalitario politiza la vida cultural y artística. Los rigores limitan las posibilidades creativas del compositor. Moscú ve en Lina a una "burguesa extranjera". La pasan más mal que bien, pero sobreviven.

2.1: En 1939 Serguéi conoce a Mira Mendelson, de 24 años, justo la mitad del afamado pianista. El cisma matrimonial trae el divorcio. Luego de 18 años de casados, Lina y sus hijos quedan desamparados. En enero de 1948 Prokófiev y Mira se casan. En febrero, Lina Lluvera es arrestada por sospechas de espionaje y sentenciada a 20 años de trabajos forzados cerca de Vorkuta, en el círculo polar ártico. Prokofiev no tiene éxito en su intento por impedir el atropello. Esto, junto con el remordimiento y la prohibición de su música, acabaría con él. Se da cuenta muy tarde del engaño y la manipulación de la que había sido objeto. Su familia quedó rota y sus hijos prácticamente apartados del contacto con él.

La vida de Prokófiev no habría de alcanzar la primavera de 1953. El 5 de marzo, se apagarían sus luces. La noticia de su muerte fue totalmente opacada por otra ocurrida precisamente ese mismo día: la de Josef Stalin. La muerte del mandamás ruso acaparó titulares en casi todos los diarios del mundo. Y en alguna otra página del interior, por ahí, en letras chiquitas se informaba del fallecimiento del gran músico Serguéi Prokófiev.

2.2: En 1956 Lina fue redimida por las amnistías pos estalinistas. Exactamente 5 años después del fallecimiento de Serguéi, Lina lo soñó en el gulag. Había venido a visitarla para despedirse. Estaba vestido de blanco.

2.3: Catorce años después de salir del gulag, Carolina Lluvera Prokófieva llegó a Londres. Allí murió el 3 de enero de 1989 a los 91 años. Nunca se volvió a casar. Sobrevivió por 36 años a su esposo y por 21 a Mira Mendelson, la segunda esposa del compositor. No empece a las estrecheces y al infortunio, su admirable vitalidad la conservaría chispeante, ágil, hermosa, elegante y decidida.

3.0: De otra parte y un poco antes, el 22 de noviembre de 1963, en California, Laura Huxley busca a un médico o una enfermera que inyecte a su marido. Todos están muy entretenidos viendo la televisión. Regresa a casa muy disgustada por lo que interpretó como irresponsabilidad colectiva. No le va quedando otra opción. Se dispone a inyectarlo ella misma.

3.1: En 1960, Aldous Huxley había sido diagnosticado con cáncer en la lengua. En su lecho de muerte, le pide a su esposa que le suministre LSD para tener una "muerte lúcida". Él fue un asiduo consumidor de esta droga. Primero, se ofreció como sujeto de estudio; luego, continuó consumiéndola de manera regular.

3.2: Huxley tenía decidido que su alma inmortal entraría a la eternidad con la conciencia expandida por el LSD. Laura prepara, según instrucciones precisas de Aldous, una inyección intramuscular de 100 microgramos del potente sicotrópico. Según su propio deseo, mientras cruzaba las lindes de este mundo, le fue leído al oído El libro tibetano de los muertos.

3.3: Ya después se sabría. Lo que el personal del hospital estaba viendo en la tele no eran las caricaturas, sino la noticia del asesinato de John F. Kennedy, en Dallas. Otra vez, en letras enormes y en primera plana, la impactante muerte del Presidente de la nación más poderosa del mundo, y, muchas páginas más allá, en letras chiquitas, la noticia que daba cuenta del suicidio del escritor Aldous Huxley.

3.4: Su novela Un mundo feliz, junto con 1984 de George Orwell y Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, constituyen las 3 principales distopías de nuestra era. (Claro, en el cine, esa amante de la literatura, mis favoritas siguen siendo Soylent Green, Blade Runner y Minority Report.)

4.0: El tiempo, sin embargo, va enmendando lentamente los errores propiciados por la prisa y el estrabismo histórico. Poco ha quedado de Stalin y Kennedy. Del primero, todas las estatuas monumentales fueron fundidas. Sólo queda el recuerdo de aquel sanguinario narcisista que supo aprovechar el momento oportuno. Del segundo, apenas quedan intriga, turbidez, especulaciones y la trayectoria de una bala mágica. Pero, con el paso de los días, la luminosa alegría del arte y el legado de Prokófiev y Huxley se agigantan cada vez más.

4.1: Como dice un colega caribeño: “La historia es lo que pasa y el arte, lo que permanece”.

La experiencia y el paso de los años nos llevan a recordar con harta frecuencia otra sentencia que parece salida de labios de un profeta de la antigüedad: “Un pueblo que no conoce su Historia está condenado a repetir sus errores”.

5.0: En la temprana tarde del pasado miércoles 21 de septiembre de 2016 ocurrió un terrible accidente en la Central Aguirre y el sistema eléctrico de todo el país colapsó. De inmediato, el pánico y la histeria hundieron sus garras en el entendimiento de la ciudadanía. La debacle provocada por el sopetazo que duró 3 días más largos que el más crudo invierno, propició, por carambola, que los boricuas abarrotaran supermercados, farmacias y gasolineras en busca de lo que entendían necesario para recibir el apocalíptico fin de nuestros días.

Esa carrera desquiciada colocó una vez más sobre la sala de disecciones el peso de nuestra vulnerabilidad.

5.1: La vorágine de la desgracia trajo al pensamiento de un puñado el nombre de José Luis González. (El mismo que fuera punta de lanza de la modernidad literaria puertorriqueña.) Particularmente por su conmovedor relato “La noche que volvimos a ser gente”. Esa obra maestra relata las peripecias de una apretada colmena de inmigrantes durante el apagón histórico de la ciudad de Nueva York a mediados de julio de 1977. El foco de acción lo ocupa primordialmente una azotea del barrio hispano y sus habitantes regularmente marcados por el anonimato en la gran ciudad capitalista. En medio de las tinieblas y del vendaval de incertidumbre, cobra magnitud la irreductible certeza de nuestra fragilidad. Allí la necesidad destruye el cerco erizado de espinas que cotidianamente nos aparta de nuestros semejantes. Allí, la celebración del nacimiento de un niño corre paralela no sólo a la reafirmación del sentido de comunidad, sino al renacimiento de la parte más hermosa y tierna de nuestra naturaleza humana. (Otro texto que suelo hermanar a éste es esa otra cima del cuento moderno, “La autopista del sur”, salida de las neuronas de Julio Cortázar.)

5.2: Ojalá el torbellino de vivencias al borde del abismo haya servido para humanizarnos y así aquilatar la “bendición” de países etiquetados como tercermundistas en los cuales no se disfruta de las tecnologías electrónicas de la posmodernidad. Allí, en la total oscuridad de la noche, lejos de la estridente bullanguería de las grandes ciudades y sus luces de artificio, aún es una “bendición” salir al traspatio a escuchar sin sordina alguna la belleza del canto de la fauna noctámbula, levantar la cabeza y contemplar el milagroso firmamento estrellado que nos hemos desacostumbrado a disfrutar desde que advino la gloriosa tecnología mediática.

6.0: La madrugada de ese aciago miércoles 21 de septiembre (sí, a dos días de la conmemoración de la revolución lareña de 1868), partiría en viaje celeste el alma del gran amigo, ex profesor universitario y también escritor de alto calibre, Carmelo Rodríguez Torres.

En una muestra suprema de pudor, el propio Carmelo declinó que, aquellos que nos enriquecimos con el oro su amistad, le visitáramos mientras convalecía. Prefirió ser recordado tal y como en vida fue: un negro fibroso, de gallarda apariencia y ancho bigote, vivaracho y elocuente. Ya no pudimos decirle hasta luego.

6.1: A través de toda la obra de Rodríguez Torres está presente la impronta de su preocupación por el discrimen racial que enfrenta el negro en su sociedad como consecuencia de una imposición de valores ajenos a nuestra esencia como pueblo. Su proyecto consiste en reafirmar la conciencia de la negritud enraizada en lo boricua más allá de huecas estampas folclóricas. Veinte siglos después del homicidio denuncia y condena la ocupación de su natal Vieques por la Marina de Guerra de Estados Unidos y el conflicto político-social generado por la ajena presencia. Las constantes rupturas espacio-temporales, la tacaña corporeidad en la caracterización de sus protagonistas (salvo Pedro y Realidad), la irreverencia soez y sicalíptica así como el fuerte componente lírico, dislocan el hilo de la narración hasta eclipsarla y convertirla en intrincado laberinto que entorpece el anclaje limpio y claro de la trama. La resistencia a narrar linealmente y la proclividad a fragmentar lo que se cuenta, dificultando con ello asir el hilo conductual de una anécdota central, matizan un enamorado regusto del autor por las palabras que lo hacen copartícipe de ese linaje barroco tan caro en colegas como Carpentier, Sarduy, Cabrera Infante y su compatriota Luis Rafael Sánchez. No obstante, la reciedumbre y belleza de la obra se imponen y ésta termina siendo un poema trágico de dimensiones épicas. Con esta novela, su autor incorpora nuestra narrativa a la corriente latinoamericana de más renombre universal en su momento.

(A mi entender también sus Cinco cuentos negros y la novela Este pueblo no es un manto de sonrisas resistirán el paso del padre tiempo.)

6.2: En un escrito publicado en este mismo foro, en marzo del año en curso, a raíz de la concesión del grado de Doctor Honoris Causa por parte de la Universidad del Estado al mofletudo chileno Antonio Skármeta, no sólo argumenté que, entre los del patio, Rodríguez Torres (en aquel momento batallaba contra una metástasis empeñada en dejarlo en puros huesos) contaba a su haber con un vasto expediente para merecer tal distinción, sino que subrayé nuestra mala costumbre de ocuparnos demasiado en llenarnos los ojos aquilatando lo foráneo antes que lo de aquí. Incluso, cuestioné si tal conducta obedece a los todavía cansinos rezagos de mentalidades colonizadas. El sinsabor de mi queja iba más allá de un mero desliz de bizquera nacionalista.

Mi encabritada rabia me llevó a lanzar este coctel molotov: “¿Acaso esperaremos a, cuando el puertorriqueño Carmelo Rodríguez Torres ya no camine más entre los vivos, sembrar una estatua y que sobre su magnífica cabeza se despiojen y defequen los pájaros, y con ello, cada vez que veamos la regia réplica coronada de laureles y azucenas, condenarnos a recordar nuestras pobre gratitud y desmemoria colectiva para honrar OPORTUNAMENTE a uno de nuestros mejores escritores?”

Ahora que Carmelo ha mudado su grande humanidad al menos acá, veamos qué desenlace traerá en sus alas nuestra desconcertante amnesia.

7.0: En estos tiempos de televisión satelital y otros dizque prodigios de la tecnología mediática que propician que el mundo ya no sea ni más ancho ni más ajeno, sino todo lo contrario, la sociedad ha entronizado nuestras más obscenas indiscreciones y exaltado el morbo y la banalidad a niveles estratosféricos.

7.1: Hace 5 días falleció el insigne autor natural de la Isla Nena, Carmelo Rodríguez Torres, y tal pareciera que a casi nadie le importara.

No es que carezcamos de suficientes luces para entender la magnitud del más reciente golpe que se ha venido a sumar a la ya de por sí penosa situación doméstica del país. Sí, aludo al callejón salpicado de sangre, vergüenza y espanto (sin aparente salida) en el cual nos han metido los orondos ineptos de turno --también sus desmitificados antecesores (con o sin jugosas pensioncitas y escoltas)-- que rigen los destinos de nuestra nación. Pero, más allá de la humillante desvalorización de nuestras instituciones, de la conformación de la externa Junta de Control Fiscal (también conocida con el sutilmente irónico mote de Promesa), de los codiciosos buitres dibujando círculos sobre el cadáver de nuestra economía, de la purruchá de billetes que se ha embolsicado (en pleno apogeo de su divinidad) Lisa Donahue, y el estallido de la Central Aguirre, resulta oprobioso que ningún medio de comunicación --radial, televisivo o escrito-- haya reseñado aún la partida de este insigne puertorriqueño. Las autoridades concernidas no han decretado duelo nacional. (Me visita un recuerdo: tras el fallecimiento de otro querendón de nuestras letras, Abelardo Díaz Alfaro, el Gobierno de turno así lo hizo.) Tampoco se han visto monoestrelladas a medio ondear en ninguna agencia.

Preguntémonos: ¿acaso la indolencia, ese virus de alto riesgo se ha instalado en el archipiélago boricua para diseminar su perniciosa prole en nuestra sonámbula conciencia colectiva?

7.2: No es nada nuevo que se le dediquen cientos de líneas a fofas liviandades (es un negocio rentable) y que muchas noticias de indudable valía queden sepultadas en el más vil olvido. Lo que hace todavía más agria la fruta es el silencio del Estado, del brazo cultural de éste, de los representantes de la ciudad letrada y de la Academia a la cual sirvió durante 34 años como profesor universitario.

7.3: No empece a la sal en la herida en carne viva y el nido de navajas en la garganta, el deber convocaba, y este pasado 24 de septiembre de 2016, en la capilla Porta Coeli de la Funeraria Mayagüez Memorial, entre 1 y 2 de la tarde, un apretado grupo de familiares, discípulos y amigos nos reunimos a celebrar la vida de nuestro insigne difunto de turno.

8.0: Queda el consuelo de imaginar que, lejos de la notoriedad instantánea que ha cobrado el jubiloso caos, del vértigo de hacer vigente nuestro manisuelto e irracional gusto de comprar por comprar y de la sordera oficial, el apagón fue la última travesura de Fuencarral. Sí, en un rapto de colérica indignación ante el estercolero de indiferencia del sistema, Fuencarral se llevó la luz el mismo día que el tambor de la sangre se apagara en el cuerpo de su creador y que, liviano cual grano de polen, éste cruzara los umbrales del más allá. Fuencarral, que desde niño cargaba una costra de silencio amarrada a las cuerdas vocales, se quitó al fin la soga del cuello y, sonriendo con ojos de lechuza acorralada, echó a andar calle arriba. Sí, de seguro esa fue la más redentora justicia poética para Carmelo Rodríguez Torres.

8.1: Queda el consuelo de saber que, a los 22 soles de celebrar su septuagésimo quinto onomástico, este diamante azul --no de los extraídos a unos 40 kilómetros al noreste de Pretoria, sino de Monte Santo, Vieques--, tuvo muy claro el haberle cumplido a cabalidad a la historia literaria del país.

9.0: Como bien dijera su fraterno José Luis González en el antes mencionado relato: “la mente es como una pizarra y el tiempo como un borrador que le pasa por encima cada vez que se nos llena”.

9.1: Más allá de toda esa gente que compra sopas de pollo para esto o para aquello (y de monjes que venden sus Ferrari) para rellenar los demasiados agujeros de ocio en sus vidas, ya va siendo tiempo de rectificar la afrenta del doloroso olvido. Mantengamos vivo a Carmelo leyendo su magnífica obra. Y comencemos a escribir en esa pizarra lo que sí es meritorio para la cohesión de la tribu, pues ese 21 de septiembre de 2016, apenas a 2 días de la alborada que conmemora nuestra revolución lareña, Puerto Rico sufrió la pérdida de una luz todavía más incandescente e importante.

Hasta luego, Maestro. Descansa en paz.