Recordando a Antulio Parrilla

altComo hay coincidencias, entre la ponencia del distinguido amigo que me precedió, acabo de borrar lo que pensaba decir y voy a empezar a re conceptualizar lo que pensaba decir. Lo primero que tengo que decir es que, estudiando y leyendo sobre la vida de monseñor Antulio Parrilla, pensaba en el momento en que se hace la consagración de la eucaristía en la misa que se dice: “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero una sola palabra tuya bastará para ser sano y salvo”.

Y lo traigo porque yo no soy digno para hablar de monseñor Antulio Parrilla, pero me lo pidieron y estoy tratando de honrar su vida y su obra hablando con ustedes sobre él. Se trata de un puertorriqueño de avanzada, de un profeta y, como casi todos los profetas, no quería ser profeta. Como dice el reverendo Luis M. Rivera Pagán: “Yo no quiero ser profeta, pero la huella de la noche me lo impone”. Y esa vida que empezó a principios del siglo pasado en una familia muy pobre, de 15 hijos, que tenían influencias espiritistas, es algo de lo que probablemente marca su capacidad secular y ecuménica. Es decir, a pesar de ser una persona profundamente mística y de tener una fe católica sembrada, tenía la facilidad para interactuar con personas de cualquier clase social y de cualquier ideología.

Vivir en unos cuartos, en una casa sobrepoblada, obliga, por necesidad, a aprender a compartir en la escasez de lo que se tiene y yo creo que por ahí podemos un poco pensar que se ve algo de la predestinación que tenía ese joven que se crió en una familia de 15 hermanos pobres. Los vuelcos que da la vida uno no los entiende. Él empezó a estudiar administración comercial, pero ya se estaba radicalizando porque conoció la prédica de don Pedro Albizu Campos en la década del 30. Yo he dicho en otros sitios que en Puerto Rico hubo unas décadas emblemáticas, la del 30 fue una, la del 50 fue otra, la del 70 fue otra, la del 2000 fue otra; probablemente estamos escribiendo una nueva, ahora… que ya veremos en qué para. Vamos a ubicar al obispo en los inicios de la década del 30. Él nació en el 1919. Don Pedro regresó a Puerto Rico en el 22, ingresó en el Partido Unión y luego se sale del Partido Unión y entra en el Partido Nacionalista y, como era mulato y era muy radical, y porque ya estaba planteando que había que cambiar el discurso independentista en Puerto Rico, porque era uno muy complaciente, los que dirigían el Partido Nacionalista en ese tiempo decidieron salir de él momentáneamente y lo mandan a una gira por Latinoamérica. Don Pedro tenía una pequeña oficina en Ponce que había sido de Matienzo Cintrón y tenía perfecta salud porque hacía ejercicio, como lo hacían los vascos, levantaba piedras en el río y llevaba pesadas cargas de ropa de su tía hasta los ricachos del pueblo para ganarse el sustento en la casa. Entonces, cuando don Pedro estaba en Ponce -ya hablando en las tribunas y en las plazas- andaba con un bastón y la gente le preguntaba: ¿Por qué tú andas con un bastón si tú no eres cojo? “Eso es por esnobismo; es decir, para parecer un caballero bostoniano, a lo Harvard”.

Y don Pedro (por eso es que le decían El maestro), decía: “No, no, yo ando con el bastón para que tú me preguntes de quién es. Porque este era el bastón de Matienzo Cintrón y yo te tengo que enseñar a tú lo que significó Matienzo Cintrón para la historia de Puerto Rico”. Don Pedro empezó a influir en monseñor Antulio Parrilla cuando no era monseñor. Él empieza como dominico –es la información que hay– pero se hace jesuita. Y ¿por qué se hace jesuita? Porque le dijo a don Pedro que quería empezar a estudiar el sacerdocio. Ya era un hombre adulto. Para esa época, usualmente los curas empezaban bien jóvenes, bien niños; muchos entraban al seminario a los diez años, a los doce años. Ya él era un hombre adulto y don Pedro le dijo: “Entra en los jesuitas para que aprendas la disciplina, la fortaleza espiritual que tienen los jesuitas”. Y él siguió el consejo, se hizo jesuita; de hecho, estudió parte de su carrera teológica en Cuba y era, si no la persona mayor de los seminaristas, uno de los mayores. Los seminaristas allí, en Cuba, estaban muy impresionados por la disciplina, por el orden, por la organización y por el humor de Antulio Parrilla en ese entonces. Pero como empezó a radicalizarse por esa influencia del nacionalismo, cuando estaba estudiando administración comercial, uno se pone a pensar: “Oye, los brincos que dan los seres humanos en la vida, de estudiar administración comercial a hacerse teólogo y humanista”. Es como un salto raro, ¿verdad? Probablemente se lo debamos al FBI. El FBI que ha hecho tantas cosas malas en este país y en Latinoamérica. Hizo sin proponérselo, una buena acción ahí, que fue sacar de administración comercial al obispo Parrilla. Porque se lo llevaron para el ejército. No hay mucho escrito sobre esa época. Es como una incógnita, puede que haya un misterio, como fue la vida en el ejército, de Parrilla.

Yo busqué biografías y biografías y ensayos… el de Santana Santiago, el de Luis N. Rivera Pagán, la tesis de maestría de José Enrique Laboy. No hay información, pero yo creo que Parrilla adquirió dos cosas buenas en el ejército. A veces, cuando uno cae en una situación mala, de la situación mala saca cosas buenas, una, probablemente es esa inmensa capacidad de organización, de disciplina, de trabajo, de puntualidad, de rigor que él tenía como se aprende en el ejercito. Los buenos militantes y las buenas militantes en el fondo tienen un estilo como militar. Y la segunda cosa buena, para mí, mejor, fue su antimilitarismo. Nada mejor para uno despreciar cualquier teoría de imposición sobre los seres humanos que conocer las entrañas del monstruo que es el Ejército de los Estados Unidos. Parece que el dijo: “Ni yo quiero volver nunca al ejército ni quiero que nadie de mi nación vaya nunca al ejército, jamás”. Esa es una buena lección aprendida allí. Y lo devolvieron mejor de lo que fue.

Aunque lo devolvieron con esa disciplina militar que les dije, cuando viene acá (es época ya del 50), ya don Pedro había sido condenado por conspiración sediciosa, en el 36; ya había ocurrido la masacre de Ponce en el 37, ya se lo habían llevado para Atlanta, ya don Pedro había cumplido su sentencia de 10 años, de los cuales pasó 3 en el hospital Columbus y no porque estuviera enfermo. Mucha gente cree que don Pedro estuvo esos 3 años en el hospital Columbus porque estaba enfermo. No. Según narra un libro que se llama El preso numero tal, en Atlanta, de Carmelo Rosario Natal, don Pedro, efectivamente, estuvo enfermo en Atlanta, de tuberculosis, porque le pusieron en su celda a un preso con tuberculosis para que lo infectara. Y el mismo preso se lo dijo: “Yo no sé porqué me ponen con usted si ellos saben que yo tengo una enfermedad infecciosa”. Pero él sobrevivió a esa enfermedad y se curó. Lo que pasa es que como había tenido perfecta conducta en la cárcel, desde el punto de vista de lo que los carceleros llaman “perfecta conducta”, porque él daba clases en la cárcel y ayudaba a los demás presos y no creó ningún problema que no fuera el de seguir pensando y conspirar de cómo iba a ser la independencia de Puerto Rico cuando llegara al país, él decide internarse en el hospital para que lo que le quedaba de libertad bajo palabra lo cumpliera allí, en el hospital, y se le hiciera difícil a los gringos y al FBI fabricarle un caso diciendo que había violado la Libertad Bajo Palabra y meterlo preso de nuevo. Esa fue la razón por la cual don Pedro estuvo en el hospital ese tiempo. Regresa en el 47. Parrilla ya está aquí, en Puerto Rico, y esa es una de las grandes influencias políticas en el accionar y en el pensamiento de monseñor Antulio Parrilla.

Una segunda influencia política importante era la de don Gilberto Concepción de Gracia. Don Gilberto ya había fundado el PIP y estaba en lo que llamaban entonces, “La lucha civil”. Toda la teoría hostosiana, bajo la teoría martiana, incluso, de que aunque uno reconozca en unas circunstancias especiales de la historia de un pueblo que la violencia pudiera ser necesaria, siempre hay que tentar una solución pacífica aun cuando uno tuviera ya el pie en el estribo del barco para ir a la guerra, si en ese momento te tientan para una solución pacífica, hay que bajarse del barco e intentarla, como decía Martí. Y Parrilla tenía esa influencia también de don Gilberto. Siempre se balanceó entre teorías que parecían contrarias y no se puede entender su vida ni sus escritos ni su accionar si uno no entiende ese poder de síntesis que tenia él de su ideario y su praxis, de análisis, de procesos dialécticos encontrados entre sí. Entonces, él empieza a estudiar sobre marxismo, sobre socialismo, sobre capitalismo, porque una de las lecciones más importantes que monseñor Antulio Parrilla nos dejó es que no se puede ser neutral. Condenando a lo que él llamaba gatopardismo, que la gente quisiera estar siempre en el mismo sitio, sin que cambiara nada. Y para esa época de la Guerra Fría, los estoy ubicando a ustedes en el 50, cuando Estados Unidos tira bombas atómicas, en el 46, en Hiroshima y Nagasaki y no pasa nada. Ninguna nación ejerce represalia contra ellos, pues la gente pensaba que había que decidir entre el socialismo marxista y el capitalismo. Ustedes saben que hay diferentes teorías del socialismo. Yo no lo voy a pensar como eso, ¿verdad? pero la teorías de Owens y Saint Simons, sobre el socialismo positivo, que le llaman, y de realismo, y la teoría marxista, que es muy distinta. Por eso, los que son socialistas marxistas dicen: La diferencia entre los socialistas positivistas y nosotros es que nosotros sí somos socialistas. Igualito que Dalí, que decía, con su ego espectacular: “La diferencia entre los surrealistas y yo es que yo sí soy surrealista”.

Entonces, Parrilla estaba estudiando eso: ¿Qué era el comunismo? El comunismo era una evolución de la sociedad que de una etapa socialista donde se distribuía la producción y se conseguía empleo para todo el mundo y ese empleo producía riqueza suficiente para adquirir los bienes que hay que adquirir para garantizar la dignidad del ser humano como la educación, la vivienda, la seguridad, el empleo y la cultura en una etapa de superproducción. Ya no hay que trabajar las 8 horas al día. Ya sobra tiempo para hacer arte, para hacer creación, para escribir, para pintar, para pensar y por eso ya el Estado no hace falta. No hace falta un ente que esté por encima de los seres humanos que obligue a los seres humanos a obedecer unas leyes. Y eso es el comunismo. Por eso, cuando hablamos, por ejemplo, de países comunistas, hay un montón de gente que no saben ni lo que están diciendo realmente porque no ha habido un solo país comunista. Ninguno llegó a esa etapa; solamente algunas personas a nivel individual han llegado a esa etapa. Porque yo conozco gente que no da un tajo, que lo que hacen es escribir, pensar, oír música y nadar y no trabajan. Pues esos son comunistas, porque alguien ya les está supliendo lo que necesitaban para sus asuntos fundamentales.

Parrilla, dice: “Yo no voy a caer en esa trampa de escoger entre el socialismo comunista y el capitalismo crudo”. ¿Por qué? Porque ya estaban influidos por las teorías de los grandes papas. Especialmente de Juan 23, el papa bueno, hace sus encíclicas “Pacem in terris”, “Rerum Novarum”, papa León Mlle. Ustedes las conocen, supongo. Pues de todas esas encíclicas, Parrilla empieza a desarrollar sus teorías y su filosofía cooperativista y empieza a organizar cooperativas por todos los pueblos y los barrios de Puerto Rico y se iba para la montaña, para allá, para Maricao, para Lares, para Utuado, para Adjuntas, porque él veía en el cooperativismo una salida a ese encuentro de unas teorías filosóficas de organización social que negaba la existencia de Dios y una teoría que diciendo que defendían a Dios como es el capitalismo, lo que hacían es explotar a los pobres y negar la posibilidad de que hubiesen condiciones que garantizaran un nivel mínimo de dignidad del ser humano. Por eso la salida fue el cooperativismo, pero era un cooperativismo radical. Porque Parrilla decía: “No existe la neutralidad política”. El ser humano, los hombres y las mujeres, viven en sociedad. Como decía el viejo Aristóteles: Todo el mundo es un animal político. Todo el mundo vive en relación a otros seres humanos y tiene que estar regidos por normas y por un orden social.

En esa etapa, entra ahí una tercera influencia política en la vida de Parrilla, que es la de Juan Mari Brás. A Juan Mari Brás lo acusaban aquí de marxista y de ateo. En realidad, es que lo que hacían bajo la época de la Guerra Fría para desacreditarlo. Juan creía en Dios y venía de una familia católica y en sus inicios iba a misa. Se hizo íntimo amigo de monseñor Parrilla porque los dos compartían una filosofía política que era una conjunción de lo que enseñó De Diego que es luchar contra el régimen dentro del régimen y lo que enseñó Albizu, de nuevo, que es: En la lucha por la independencia hay que tratarlo todo: la lucha internacional, la lucha en el parlamento, la lucha en las comunidades, la resistencia civil, la desobediencia, la no cooperación con el régimen. Todos esos principios se hicieron parte de las teorías políticas de Parrilla, a la misma vez que había teólogos importantes ya influyéndolo. Porque esa década del 60, que es la época de Puebla, de Medellín, del Vaticano II y todos estos que decían: “No se puede ser cristiano si a la misma vez uno no combate las desigualdades sociales, la pobreza, el racismo, el discrimen y los privilegios de los ricos ni apoyar organizaciones sociales donde unos pocos tengan la mayor parte de la riqueza y unos muchos sean los que compartan, solo el hambre y la insuficiencia”. Eso es pecado. Por eso, Parrilla decía: “El coloniaje es pecado. Y el que defiende el coloniaje, está viviendo en pecado. Y el que diga que no se puede ser independentista, ni predicar contra el ejército, ni predicar contra el capitalismo, ni predicar contra el coloniaje, no es neutral porque está tomando posición a favor de esas cosas contra las cuales prohíbe predicar”.

Yo no quiero entrar en personalismos aquí, pero la historia es la historia. Ustedes saben que había un cardenal puertorriqueño que reprochaba y censuraba a Parrilla por su accionar político. Monseñor Parrilla (que yo he dicho que si tuviéramos que buscar un ejemplo de un puertorriqueño o una puertorriqueña que fuera de los primeros en descolonizarse, política, mentalmente, psicológicamente, emocionalmente), tendríamos que decir que él es el modelo mejor del puertorriqueño descolonizado.

Ustedes saben que a los puertorriqueños nos piden, nos exigen, que seamos humildes, que hablemos bajito, que no digamos de qué somos capaces, qué cualidades tenemos, ni qué temas dominamos, porque, entonces, eres pedante, eres echón o echona, eres arrogante, eres soberbio. Todos esos males que a los puertorriqueños lo condicionan para que no se los permita a sí mismos, se los permiten al colonizador, al invasor a los que se lucran y se benefician del coloniaje. Esos sí pueden echársela, esos sí pueden decir: “Nosotros somos superiores”. Esos sí pueden decir: “Los puertorriqueños no se merecen mandarse a sí mismos”.

Monseñor Parrilla fue de los primeros que combatió eso y más. Lo que está moderno ahora es que usted sea internacionalista, que usted esté en las redes sociales paseando por el mundo encontrándose con todas las creencias y armonizándolas todas como si todas fueran posibles. Y una de las cosas más importantes que legó como lección política y teológica, las dos cosas, al pueblo de Puerto Rico, monseñor Parrilla, fue establecer la diferenciación en la teoría del nacionalismo imperialista versus el nacionalismo liberacionista. Ustedes dirán, ¿Qué es esto? Porque nos enseñan que es cosa de mentes estrechas eso del ser nacionalista; hay que ser internacionalista. Pues, miren, los imperialistas, los que establecen un régimen colonial, los que van e imponen sus ideas con la fuerza militar y económica por el control de los medios de comunicación y de educación, son “nacionalistas imperialistas” porque tienen en su cabeza la idea de que, como nación, están predestinados por Dios para mandar en el mundo. Miren qué cosa más absurda, cuando lo que Dios quiere es que todos los seres humanos sean iguales y se respeten y se den las mismas oportunidades para desarrollar un nivel mínimo de dignidad humana que solo se logra si hay educación accesible para todo el mundo, vivienda para todo el mundo, empleo para todo el mundo, la capacidad de valerse a sí mismo y una cultura propia y el derecho a una identidad nacional.

Hay estudios del profesor Dr. Samuel Silva Gotay sobre este tema y hay tesis de maestría sobre las dos religiones que están en Puerto Rico masivamene representándonos: el cristianismo (los católicos) y los protestantes. Hay estudios que ustedes conocerán respecto al pentecostalismo en Puerto Rico. ¿Ustedes saben lo que hicieron las Iglesias protestantes cuando la invasión yanqui aquí, en el 98? Vinieron de 4 grandes denominaciones, aquí, y se dividieron la isla en 4 partes como si fuera una finca; una cuarta parte para cada una de ellas. Y la iglesia católica, que había predominado a 4 siglos de coloniaje español en Puerto Rico porque había una conjunción simbiótica entre el Estado y la iglesia, echó esa doctrina para el lado y empezó a mandar religiosos, sacerdotes norteamericanos a Puerto Rico y las dos fueron cómplices del proceso de asimilación cultural y transculturación que hubo en Puerto Rico en ese siglo 20 para que desapareciera de la faz de la tierra la personalidad puertorriqueña, nuestro idioma, nuestras costumbres, nuestra manera de ser antropológicamente hablando. A eso hay que oponerle el “nacionalismo liberacionista” porque es un imperativo de Dios que en todas las naciones del mundo se respete el derecho al ser de la nacionalidad propia, porque la nacionalidad es como un regalo que Dios le hace a los que viven en ese territorio para que se identifiquen con una personalidad distintiva. Eso era un pensamiento de avanzada. Y no eran aguajes de Parrilla unir sus palabras a su acción. El decía: “Tenemos la obligación de poner la acción donde ponemos la palabra”.

Hay un ejemplo que a mí me conmueve mucho porque él trabajó en el Hospital Psiquiátrico, entre otras muchas cosas que hizo, además de dar clases en la Universidad de Puerto Rico sobre cooperativismo, sobre historia, también escribir cerca de 15 artículos semanales en El Piloto, en El visitante, en Claridad, él trabajó en el Hospital Psiquiátrico. ¿Saben qué le pasó un día que iba con uno de los que estaban atendiendo allí a los pacientes? Un paciente le escupió el rostro cuando Parrilla iba pasando y le cayó en el cachete. Siguió andando, Parrilla. No se detuvo ni a hablar con el paciente que hizo eso. El que iba al lado le dijo: ¿Por qué tú no te limpias ni el rostro? Y Parrilla respondió: “Es que quiero sentir lo que sintió Cristo cuando estaba en su pasión voluntariamente aceptada y lo llevaban al Calvario. Quiero sentirme un poco como él”. Miren lo que es un espíritu de ternura y sensibilidad superior. Y por eso, aquí, cuando el distinguido compatriota hablaba de cómo fue su entrada a Vieques en el 69 y su arresto y lo llevaron ante el juez Pérez Jiménez… ¿Ustedes saben quién fue el abogado de Parrilla? ¿Qué litigó un tiempo muy corto en el tribunal federal? ¿Que después se salió de eso? Aceptando defender a Parrilla como un privilegio personal. Fue Juan Mari Brás. Cuando yo revalidé, yo podía jurar en el tribunal federal para postular sin tomar reválida y me negué a hacerlo por lo que le habían hecho a don Pedro Albizu Campos en el 1935 (Cecil B. Snyder y Riggs). El gobierno escogió un jurado amañado para encontrarlo culpable. Yo dije: “En un lugar de tanta indecencia… yo no me quiero parar allí a nada”. Y no juré en el Federal por eso.

¿ustedes saben quién fue el abogado de Parrilla? Fue Juan Mari Brás. Y con todo lo político que era Juan y la conciencia que tenia de lo que significa la desobediencia civil, Juan empezó a pensar en defensas para Parrilla. Pensó, primero, como abogado. Miren que malas mañas tenemos los abogados, si en la escuela de derecho nos enseñan a pensar jurídicamente. Juan dijo: “Yo corrí a verlo y a aconsejarle que no hablara nada para que no se autoincriminara. Y Parrilla me dijo: ¿Que no hable de qué, yo? ¿Que no puedo decir qué? Le dijo Juan:”que no hables nada para que no te incrimines”. Y le dijo Monseñor Parrilla a Juan: “si eso es lo que es la desobediencia civil. Es violar una ley injusta para que no se pueda sostener porque es totalmente inmoral” ¿Cómo le voy a esconder eso al juez? Eso es lo primero que le tengo que decir yo al juez. Mire juez, es verdad que yo entre allí, a los terrenos restringidos y es verdad que violé la ley federal. Usted, écheme la pena que quiera. Porque la desobediencia civil es crear un clima de tensión entre el Estado y los ciudadanos que reconocen que la ley natural es más importante que la ley positiva”.

Y ustedes dirán: ¿Cuál es la ley natural? ¿Cómo se sabe cuál es? Pues es la que está escrita en la conciencia. Hasta el más pequeño de los seres humanos y el menos instruido sabe lo que es bueno y lo que es malo, casi por intuición. Sabe que la vida es sagrada, que no está bien que se la arrebate él a otra persona, o ella a otra persona. Sabe que no se debe de tomar lo ajeno. Sabe que no se debe herir con palabras a nadie ni de ofender la dignidad de nadie ni insultarlo. Dios es tan sabio que inscribe esa ley natural en la conciencia de todas las personas. De los que son religiosos y de los que no son religiosos. Los ateos, muchas veces son gente de más principio, de más vergüenza y de más dignidad que los llamados religiosos que infringen la ley de Dios, conociéndola.

Parrilla le dijo a Juan: “Ahora yo voy a decir lo que hice”. Y se lo dijo. Entonces, pues, uno de esos jueces es ultra católico y quería juzgar a Parrilla, aparte, para que no le diera el ejemplo a las demás personas. Por eso él entró más de una vez y violó la ley más de una vez. Y Parrilla siguió siendo profeta. ¿Ustedes saben una de las frases que dijo al pueblo de Vieques? En ese entonces, el 79, cuando entró al área restringida, dijo: “Todas las veces que me necesiten, me llaman, me vienen a buscar que yo vengo aquí a pararme en el campo de tiro”. Dijo: “Ahora estamos entrando 80 o 100 solamente. El día que en este pueblo entren 800 o 1,000 personas a desafiar a la marina de guerra, la marina se va a tener que ir de allí porque a los imperialistas cuando ven gente con vergüenza y fuerza moral, reculan, porque sus armas son más débiles que la dignidad de un pueblo que se le enfrente”. Miren a ver si fue profeta, que 20 años más tarde, en el 99 al 2000, entraron las 800 o las 1,000 personas y se tuvo que ir la marina de Vieques. ¿por qué yo le doy estos ejemplos? Porque todos los que predican la defensa de la cultura, la defensa del idioma, la defensa de la ciudadanía puertorriqueña, la defensa del imperio de una ley que trate a todo el mundo por igual y no a base de la riqueza o de la pobreza; el derecho a la presunción de inocencia, el derecho a un juicio justo e imparcial, el derecho a que la democracia sea de verdad y no de embuste, la gente los acusa de ilusos y de y de idealistas. Claro, porque no saben lo que es ser idealista. Si supieran, todo el mundo quisiera ser idealista.

Porque, ¿qué es lo que es un idealista? Alguien que logre imaginarse en su inteligencia, en su sensibilidad y en su espíritu lo que es correcto. Eso es lo que se llamaba la Teoría de la reminiscencia, de Platón, que uno imaginaba primero las cosas perfectamente, como debían ser y luego, cuando las trataba de poner en práctica, cometía errores implementándolas. Por eso decía que la mesa o la silla es un reflejo de la realidad de la mesa perfecta. Y por eso era que, por ejemplo, Leonardo Da Vinci nunca terminaba un cuadro. Le preguntaban: ¿Por qué usted no terminó ese cuadro? Él siempre decía: “Bueno, porque sería una petulancia mía terminar un cuadro; sería como decir: Yo me pude acercar tanto a la idea que la reproduje absolutamente", y la dejaba un poco incompleta por eso.

Monseñor Parrilla, sí, fue idealista. Parrilla, a pesar de que hablaba de la desobediencia civil y de la resistencia pasiva, influido por Gandhi, por Martin Luther King, por Thomas Merton tenía su propia teoría de desobediencia civil. Les hablé de las influencias políticas de él, ¿verdad? de las influencias de su niñez y de su vida en el ejército. Pues esta gente influyó en sus teorías de esa resistencia pacífica.

Como Gandhi (porque los dos compartían la teoría práctica de lo que se llama el “satyagraha” que es la resistencia pasiva, pero Gandhi va más lejos con la Teoría de la ahimsa, que es la ley del amor, que es: “nunca se justifica usar la violencia”. Parrilla decía, obedeciendo la teoría de algunos papas: Eso es casi cierto. Pero hay veces, en la vida de los pueblos, en que la tiranía es tal, la desigualdad es tal, la injusticia es tal, la opresión es tal, que como una especie de defensa propia, para sobrevivir, en ese pueblo se jusifica momentáneamente el uso de la violencia y así lo dijo en el entierro de don Gilberto Concepción de Gracia, en público. Él se atrevía decir las cosas en público y defendió a los sacerdotes de izquierda. Visitó muchas prisiones federales, no solo visitando prisioneros puertorriqueños, visitando desobedientes civiles “panteras negras”, gente que desafiaba el sistema en los Estados Unidos. Así era su constancia, porque su idea de lo que es correcto era para Puerto Rico, era para Latinoamérica, era para Estados Unidos; era para el mundo.

Cuando fue a visitar a la cárcel federal, con el compañero Nelson Canals, a Andrés Figueroa Cordero, ya enfermo de cáncer de colon. Andresito se estaba muriendo (que las autoridades carcelarias pensaban que se moría dentro de poco), fueron los carceleros a ver a Andrés. Tan sensible ellos, bendito, tan compasivos, le dijeron: “Mire, si usted firma un papel diciendo que usted se arrepiente de sus actos, nosotros lo liberamos hoy mismo”. Y Andresito, les dijo: “¿Ustedes son estúpidos? Yo he estado 25 años preso, resistiendo. ¿Me voy a rajar a última hora?” Y se negó a firmar. Entonces, siguió en agonía, por ese cáncer de colon tan severo. La semana entrante fue Parrilla con Nelson Canals y fueron a verlo y el carcelero dijo: “Mire, si fuera por mí, yo le entregaba ese hombre hoy mismo, pero es que él se niega a firmar un papelito ahí”. Parrilla le dijo una de esas oraciones que los santos profetas saben decir, tan hermosas, tan breves, con la precisión de la síntesis: “Oiga, ese hombre ha vivido en prisión, físicamente, y en su conciencia siendo libre. Lo único que ustedes pueden hacer es permitir que siga siendo libre fuera de la prisión. Y el carcelero dijo: “Déjeme ver qué hago”. Se fueron al hotel y reciben, a las 10 de la noche, Nelson Canals, una llamada diciendo: “Vengan a buscarlo, mañana”. Parrilla miró a Nelson y le dijo: “¿Qué es esa llamada? ¿Qué te están diciendo?” Y Nelson, que es tan emotivo, dijo: “Padre, lo soltaron; nos lo dieron. Que lo fuéramos a buscar mañana”. Al otro día fueron y ellos cuentan en ese carta que publica Nelson Canals, que cuando levantaron a Andresito para cambiarle la ropa y vestirlo para que saliera vestido con dignidad de la prisión, era como levantar una caja de dientes, aferrado a un cuerpo y nada más, de tan delgado y enfermo que estaba.

Pero Parrilla, como tantas otras veces, no flaqueó. Sabía que cuando uno tiene fe, que cuando uno tiene ideales sólidos, que cuando uno tiene principios, uno puede vencerlo todo: el coloniaje, la opresión, la injusticia y hasta la muerte. Esas lecciones nosotros las hemos aprendido y los que piensen que se pierde el tiempo hablando de principios, hablando de libertad y hablando de combatir el coloniaje, hemos tendido la lección más hermosa en este verano puertorriqueño del 2019, cuando mucho más de 600,000 personas se tiraron a la calle, no a lo incidental, que fue a sacar a un infeliz de la gobernación, fue a defender principios, de respeto a la dignidad del ser humano. Fue a demostrar que la mujer vale, que los opositores contrarios tienen derecho, que los homosexuales tienen derecho, que los pobres tienen derecho y los que creían que este pueblo estaba dormido, monseñor Parrilla y todos los mártires que han sido en esta larga lucha de liberación de nuestro pueblo demostraron que no tenían razón y aprendimos que hay esperanza. Eso es lo que les quería decir. Gracias.