¿Hacia un nuevo Estado en Europa?: La vía catalana hacia la secesión

La puta y la Ramoneta.

"Se ha acabado hacer la puta y la Ramoneta", fueron las palabras que pronunció hace pocos días Jordi Pujol, presidente del gobierno autónomo de Catalunya por más de veinte años y presidente del mayor partido catalán, actualmente en el poder, Convergència Democràtica de Catalunya. La frase se resiste a traducirse, pero en la línea de "estar con Dios y con el diablo", "en misa y repicando" o, en términos políticos, dejar de decir una cosa y hacer otra, dejar de decir algo en Barcelona que no es lo mismo que en Madrid. Lo curioso es que ya se habla de cómo sería una Catalunya independiente, si tendría ejército, si sería una república, si podría usar el euro, si debería pedir el acceso a la Unión Europea, se cuestiona dónde jugaría, en qué liga, el Futbol Club Barcelona. Proyectos de futuro, ilusiones, propuestas claras de referéndums de autodeterminación o "elecciones plebiscitarias" (en las cuales los partidos se posicionarían claramente acerca de la posibilidad de alcanzar la independencia y los electores votarían en consecuencia), que no han surgido del gobierno, ni exactamente de los principales partidos, sino de organizaciones de base, empezando por la muy reciente y queridamente apartidaria Assemblea Nacional Catalana, por un lado, y del mundo municipal, l'Associació de Municipis per la Independència, por el otro.

La paradoja es que se está empujando desde abajo un proceso que se basa en un proyecto aparentemente ilusionante y explícito que, paradójicamente, en buena medida se ha sustentado en la acumulación de sucesivas decepciones de muchos y en la indiferencia o pasividad de una parte importante. En efecto, por primera vez en la Historia de eso que denominamos España, un movimiento popular masivo y organizado desde la base entrega a las máximas autoridades catalanas y discute con ellas una propuesta clara y explícita de secesión. El gobierno y el parlamento catalán reciben a los organizadores de la movilización, no se oponen sino que dicen comprender o compartir sus objetivos, conscientes además que, si los independentistas no son todavía la mitad de los catalanes, parecen ser la minoría mayoritaria y, sobre todo, que los opositores acérrimos son muchos menos, quedando un amplio grupo de indiferentes, indecisos o "no sabe/no contesta", que pueden decantares ante las urnas en uno u otro sentido, pero que, en cualquier caso, no parecen frontalmente opuestos a la secesión.

El día 14 de septiembre, en una entrevista a una radio española, Artur Mas, actual presidente del gobierno catalán y máximo dirigente del partido del expresident Pujol, pronunció finalmente la palabra "independencia", en lugar de las más vagas "transición nacional" o "estado propio". La masiva manifestación del 11 de septiembre, claramente independentista, organizada al margen de los partidos y que se olvidó del nuevo arreglo fiscal con España que defendía originalmente Mas (el famoso y algo impreciso "pacto fiscal en la vía del concierto a la vasca") parece que ha dejado sin margen a los políticos. Los argumentos de los partidarios de la continuidad en España carecen de toda credibilidad y se basan, desde Catalunya, en defender a los que se sienten (solo o más) españoles (que catalanes), en el miedo a lo desconocido o en proponer nuevos acomodos, incluyendo una estructura federal en la que casi nadie cree en Madrid, que han sido irrealizables hasta ahora y que nadie razonablemente puede esperar para un futuro cercano. El gobierno de Madrid prefiere no escuchar, no darse por enterado, si acaso apela a que ahora se necesita unidad para salir de la crisis y, en el peor de los casos, afirma que "responderá con las leyes y la constitución" para evitar que los catalanes y catalanas decidan su futuro: leyes, policías y tribunales contra política, negociación y democracia.

Presiones de todo tipo y campañas de miedo son de esperar por parte de Madrid y, quizás, sólo quizás, provenientes también de ciertos intereses empresariales que últimamente han estado sospechosamente silenciosos. Sin embargo, parece hoy día inconcebible que, en pleno siglo XXI, una España miembro de la Unión Europea utilice los medios que tiene a su alcance para evitar la secesión. Efectivamente, la constitución vigente establece que el ejército es garante de la unidad territorial y el mismo texto faculta al gobierno para suspender los gobiernos autonómicos, pero no sólo ahora parecen medidas de otros tiempos, sino que la reacción que podrían provocar por parte de los catalanes no haría más que complicar el proceso, no detenerlo, y puede que hasta acelerarlo.

 

Catalunya, nuevo Estado de Europa

La denominada izquierda independentista es crítica com Europa y propone modelos económicos y sociales diferentes a los vigentes, pero es minoritaria y extra parlamentaria. Ésta, la que siempre, desde la Transición, ha abogado por la independencia, y en el marco irrenunciable de los Països Catalans, ha ganado cierto protagonismo y ha crecido en militancia en los últimos años (notablemente, presencia y crecimiento en el mundo municipal, participación destacada de algunos de sus históricos en la Assemblea Nacional Catalana) no es la fuerza determinante en este momento. Todo lo contrario, el lema de la manifestación masiva del 2012 indica en otra dirección. En efecto, denota que el movimiento secesionista quiere ser pacífico, europeo, lejos de los programas revolucionarios, incluso se podría suponer que es un mensaje tranquilizador a los famosos "mercados". La lógica política también parece ser esa: frente a un gobierno español hostil, hoy como en el siglo XVIII, la única posibilidad de Catalunya es el apoyo europeo, o al menos que la Unión controle o limite las posibles reacciones españolas y que, finalmente, dé luz verde al proceso de separación cuando llegue el momento y advierta que, en la situación actual, no le conviene otro foco de incertidumbre.

"Catalunya necesita estructuras de Estado"

La situación actual, la nueva toma de posición de buena parte de los partidos políticos y de la ciudadanía, significa un cambio fundamental en lo que se ha denominado, desde el siglo XIX, el catalanismo. El denominado catalanismo en realidad es un conjunto de movimientos culturales y políticos que han defendido la lengua, la cultura y otras peculiaridades (por ejemplo jurídicas) identificadas con Catalunya y lo catalán. La corriente principal del catalanismo, con la que se han identificando históricamente la inmensa mayoría de los partidos actuales, ha sido de hecho autonomista y reformista: colaboración con España para contribuir a su gobierno, defender los intereses propios y modernizarla, cierto grado de autogobierno en Catalunya. El independentismo había sido muy minoritario, en ocasiones casi testimonial, a pesar de que Macià, el primer presidente del gobierno catalán durante la Segunda República (1931-1933), fue independentista. En realidad, en lo ideológico, la corriente principal del catalanismo ha sido federalista o confederalista, pero ese proyecto nunca se ha puesto en práctica y la política ha ido por las vías descritas: negociación, colaboración, autonomía.

Se podría decir que el cambio de postura de muchos catalanes y de algunos dirigentes políticos se ha dado por eliminación, por la frustración y el agotamiento de unas vías de colaboración y entendimiento que nunca han acabado de satisfacer a las dos partes. Para España, los catalanes no hacen más que pedir más, negociar, nunca están satisfechos; la mayor parte de la ciudadanía catalana entiende que no es tratada como se merece y que en Madrid no los quieren tal como son, y quieren ser. Lo resumía bien, entre otros, Artur Mas, el president, en Madrid: los catalanes henos querido colaborar, contribuir, modernizar el Estado, hacerlo nuestro también, y que aceptara nuestras peculiaridades, ahora las dos partes estamos cansadas y Catalunya necesita un Estado propio, o "estructuras de Estado" propias, pues el que se rige desde Madrid ni le es útil ni realmente le representa.

Como se dice ahora, el independentismo catalán ha pasado gradualmente de la marginalidad, a cierta presencia institucional a convertirse en "la centralidad" en términos políticos e ideológicos. Es decir, que buena parte de la opinión pública ya no lo considera una opción utópica, extremista, folklórica o freake, sino que se identifica con él como una posibilidad respetable, válida, creíble o, por lo menos, a la que no se opondría firmemente. Da la sensación que, percibiendo un relativamente rápido cambio en la ciudadanía, la mayoría de los partidos políticos han cambiado su discurso, se diría su ideología, para acomodarse a lo que perciben como el sentir de la mayoría de la sociedad. Es decir, los partidos políticos y el gobierno catalán aparentar seguir al pueblo, y no a la inversa, y lo hacen no tanto para subirse al carro ganador, que también, sino para no quedarse descolorados, marginados frente a lo que parece la tendencia dominante.

In-de-pen-den-cia

Finalmente, acabada la época de la negociación permanente y de la ambigüedad calculada, un presidente del gobierno autonómico de Catalunya ha dicho en Madrid la palabra. Se lo pedía días atrás un diputado de Esquerra Republicana de Catalunya, un partido antiguo e histórico que es el uno de los dos únicos partidos parlamentarios catalanes que abogan oficialmente por la independencia. Ahora ya se discute en los medios de comunicación catalanes, incluso los públicos, cómo sería la constitución catalana, si sería una república, si tendría ejército,... Hay incluso fecha para la proclamación de la independencia, el 11 de septiembre del 2014, trescientos años después de la pérdida de las instituciones propias frente a las tropas borbónicas castellanas y francesas. Se está pensando en una utopía, en un lugar o Estado que todavía no existe, pero todavía queda mucho camino por recorrer, pues nadie sabe si realmente el sí ganaría en un referéndum ni cómo sería la sociedad post secesión, en la que tendrían mucho que decir los movimientos sociales y políticos de izquierdas que hasta ahora han sido neutrales respecto a la secesión, pero también la izquierda independentista, con un modelo alternativo de sociedad y de estructuración territorial. Habrá que seguir pendientes de los cambios que se produzcan.