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Reseña del poemario “Casi cuatro lunas” de Luis Enrique Romero

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La poesía es el lenguaje con que el ser humano define su razón de ser. Con la poesía describimos el alma y su indiscutible efecto en el verbo. La poesía es: esa energía que cataliza los latidos y posibilita que nuestros cuerpos nos transporten desde aquel vientre tibio y hendido por un amanecer que por siempre será nuestro principio, hasta la sepultura oscura y ajena, cósmica, intrascendente, de barro y piedra; esos treces gramos de consciencia o inconsciente búsqueda en un espejo que nos revele quiénes somos más allá de meros testigos de la luz y de las sombras; ese catalejo que nos permite escrutar el horizonte intentando descubrir los confines del lugar que habitamos o al que añoramos partir para no volver; esa taquicardia que nos asalta cuando un gran peligro o una desconcertante mirada amenaza, sin palabras, la realidad que nos circunda, lo que nos significa estar vivos.

Entender la poesía es, simultáneamente, un ejercicio intuitivo y racional. Sospechamos lo que la o el poeta siente cuando escoge las palabras. Confirmamos lo que sospechamos cuando los significados de las palabras seleccionadas coinciden con nuestros propios raciocinios y certezas, lo que hemos concluido que le da sentido al todo, o lo que deja entrever lo que no somos capaces de definir con las exiguas herramientas de la experiencia y la variable abundancia del lenguaje. La adoptamos como nuestra, cuando refleja nuestros más estremecedores sentimientos o nuestras desequilibradas incertidumbres.

Y cuando nos enfrentamos a un texto nuevo, activamos nuestros archivos revestidos de membranas y aguijoneados por la chispa eléctrica que anunció que naceríamos de un vientre de mujer. Repasamos todo lo aprendido y concebido como poesía: esa canción sin acordes pero con tempo, sin pentagramas pero con métricas, con ritmos aunque sin otro instrumento que la voz que la percusiona y la matiza, la alegra y la pizzicata, la arpegia y la libera tersa, susurrada, agitada, embestida, catártica.

La puesta en escena del poemario Casi cuatro lunas, del actor, director, músico, cantante y, sin lugar a dudas, poeta, Luis Enrique Romero es una experiencia que nos hace recorrer los laberintos de las todas emociones que nos llevan a hacer nuestro lo que leemos en voz de otro. Posiblemente, el mayor halago que un escritor puede hacerle a otro escritor es confesarle que hubiese querido ser autor de lo que ha escrito. El lector, al releerlo se saborea esa agridulce incertidumbre de desear recitarle al objeto de su amor lo que otro escribió y correrse el riesgo de que se enamore del autor del poema en vez de quien torpemente intenta seducir con lo que el poeta ha creado. Cualquier parecido entre esta pesadilla y Cyrano de Bergerac carece de coincidencia.

Escuché a Luis Enrique Romero leer sus poemas por primera vez en el micrófono abierto de un restaurante de la capital. La primera vez no, pero la segunda un tanto y la tercera, definitivamente, me percaté del silencio que se instalaba en aquel recinto tan pronto él comenzaba. No era para menos. Hay una estructura, tanto en la composición de las imágenes, como en el ritmo de sus versos, y sus muchos años (ni tantos ni demasiados) como actor, que le confieren a su poesía una sutileza alternada con una fuerza, unos matices de ternura insertados en unas construcciones de virilidad atemperada a la intimidad, que provocaban no pocos suspiros.

La incitación de sus poemas de seducción cumple con las reglas y las directrices no escritas de la cruzada que parte de la premisa de que debajo de la piel de toda fiera hay una criatura vulnerable y sensible; que detrás de cada mujer que se entrega hay un ser humano de merecido respeto e innegable fuerza y valor. Como contrapartida al canto del amante deslumbrado, el examante derrotado lame sus heridas sin rencor, sin las pócimas de la venganza, ni las fechas envenenadas del despecho.

Sus poemas de filial y fraternal afecto, así como el homenaje a Julia de Burgos, denotan la sensibilidad que, a diferencia de las armas, revelan la verdadera valentía, la indiscutible entereza que supera todas las adversidades, la auténtica naturaleza que nos distingue de las bestias, a hombre y a mujeres por igual. El hecho de que podamos ver y escuchar ese justo balance en un mismo ser humano y que, ante la tara de la violencia de género que no logramos erradicar, nos llegue de la voz de un hombre, nos llena de optimismo y nos mueve a cultivar la solidaridad más allá de las barreras artificiales que la lucha por el poder nos impone.

Uno de los grandes retos que confronté al intentar reseñar este poemario fue el de seleccionar unos versos que resultasen ilustrativos, paradigmáticos, categóricamente Luisenriquenses, sin pretender agotar su pertinaz cantera de metáforas, y sin prescindir de alguna que provocase el arrepentimiento de la exclusión caprichosa o impensada.

Como suelo hacer, copié los versos, a mi parecer, más hermosos, más estremecedores, más ingeniosos, más provocadores de esa alegría que se siente cuando ese ser que uno valora y quiere demuestra haber sido capaz de crear semejante belleza. Busqué y encontré las recurrentes referencias a la naturaleza y dentro de esta las nubes, la brisa, la luna, los silencios, los caminos; las sutiles y no tan sutiles evocaciones de los sudores, los cauces, los mástiles, y el “velo pícaro de [la] aparente inocencia”; los silencios, las tristezas, los enojos, los olvidos.

Pero para ni poblar tanto este comentario con versos que los lectores podrán disfrutar sin la interferencia de mis impresiones, ni dejar fuera aquellos que aspiro a utilizar como epígrafes o mociones de intertextualidad, recurro a los que a este lector le parece son las cremas del pastel como en esos bizcochos austriacos de múltiples pisos e inolvidables orgías de sabores.

Con la venia del poeta, intentaré hilar algunos para provocar el apetito por la entrega.

El poeta…

[atravesando] las costuras silenciosas de la bruma

[va] arañando las nubes con [su] mástil gastado de estrellas

a recorrer los espejos de la luna…


[cuando] el viento silba su despojo sobre [su] tristeza desnuda…

el sol se pone varias veces en espera de la luna…

y la noche desdobla su silencio…

[él es] la duda, que se cuece sobre los temores de ausencias


[él es] la burla, desprendida del cinismo


[de] la brisa [que le] anuncia con sus dardos venenosos

el furtivo hedor de los rencores


[La] carga de [sus] pasos la [lleva] sobre los hombros

como cántaro infinito desbordado de senderos


mientras sudas la vida te va habitando

[le] ves pasar entre los muertos que deambulan por tus enojos…
 

[se] desmayan [tus] dudas en [su] voz no germinada

[delatan] el espejismo que te oculta…

el sacrílego acto de nombrarte…

esta palabra que no escuchas

tiene fuerza de mar embravecido…


No tengo más

que estas hoscas manos

lamiendo el reclamo de tenerte

y descubrir el pétalo de tu piel

cada vez que te alcanzan.


No, no tengo mucho que ofrecer,

quizás la igualdad de mirarte igual,

en el espejo de tus ojos
y esta sed añeja que no sacian los ríos
solo el caudal que de tu alma nace
y me sojuzga a tu cauce.

Haré naufragar tus penas
en la hondura del olvido
y anclaré estrellas en tus ojos,
para iluminar tus noches.


Finalmente el poeta le canta a Julia:
madrúgame el rocío de tu ruta temprana,
colíndame la fuerza de tu nervio guerrero
para postrar la muerte que enlutó tus hontanares
y sembrar quimeras sobre la brasa inquieta de tu verbo.


el mar es una gota en tu voz…
para mirarte poeta
desde las ruinas amanecidas de tu ausencia…
desnutro al olvido su vocación de atropello
para anunciarte viva.

En tu poesía viva
y en la brisa que te evoca
con voceríos de mares y de ríos
Arpegios de algas besan tu frente
eternamente coronadas de liras.


Leer a Luis Enrique Romero es viajar hacia una intimidad que uno no se sospecha que era capaz de reconocer en otro y, a la vez, una resolución de afanarse porque la poesía retenga su sitial entre las más sublimes creaciones del ser humano, desde siempre y para siempre.

Crédito foto: gualtiero, www.flickr.com, bajo licencia de Creative Commons (https://creativecommons.org/licenses/by-sa/2.0/)