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Café de 1 Siglo

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alt… Juego con los resplandores del café. Sigo los garabatos de luz blanca sobre la superficie de fango licuado. Pesco esa luz huidiza con el agitador plástico. Un vacío llena mi alma. ¿Qué hago yo allí metido? Es mi rostro desfigurado, disuelto, el que pronto va a resbalar por mi garganta.

… Digna está cambiada desde el embarazo. Los meses de su vientre emergente la han parido a ella de nuevo, pero nueva ella no está, todo lo contrario. El reloj de sus días saltó a la ancianidad, tan demacrado es su aspecto, tan chupada está desde su interior; macabros huesos hacen su rostro, se le han vaciado las mejillas, se le pronuncia la malnutrición. Los movimientos que ahora exhibe trabajando al otro lado de la cafetería no son suyos, son prestados, son los de la abuela que seguramente la crio bien criada y ella, invadida por su fantasma, decide desde su inocencia que ha llegado la hora de rendirle homenaje sin poder, sin hierro, anémica como anda, siempre en la lucha puntual madrugadora, haciendo alarde inagotable, llevando la actividad hasta el extremo incesante de una máquina como aquella otra mujer modelo que sin poder podía, entregándose en cada taza de café servida grávidamente al gusto de los demás.

Desvivirse era una palabra de la abuela que ahora más que nunca también es de ella, lo deja bien claro en cada ademán de excesiva cortesía. La parte de sus clientes habituales que son ancianos y son mujeres son los que prefiere porque diariamente le celebran el embarazo. Digna echa atrás los hombros y acaricia su brote para el deleite de ellos. Emplea la distancia y el “usted” marcado con otros. Es evidencia de lo obvio: que tiene dueño. Desconfía de la mirada de los hombres y de sus intenciones y además se encuentra fea. Los quiere lejos. Les niega la mirada llana de antes y los hoyitos que se le marcaban con la sonrisa. Pero nadie se queja de sus atenciones… Su abuelita estaría tan contenta.

… Café como químico de revelado. Si es brillante la resolución en la superficie no es el cortado que ordené y por eso lo devuelvo. Exijo la turbidez necesaria, su espesura agarrada en círculos interminables que se prolongan hacia el fondo del vasito de papel. Malas cosas dirán del exigente que atrasa la fila cuando hay más ajoro. El chiquillo expoliado, echado a perder por tan poco. Repiten la delicada operación apretando los dientes y ritmando la danza de la guerra en un solo pie. Momento extático. Lo tengo de vuelta. Hay remedio para algo en la vida al menos. Recibo una mirada inquisidora que no me atormenta. Queda resuelta la angustia, atajado el conflicto bélico. Me visita el aroma y el sabor de todos los rincones del mundo sin haber apurado un trago. Sentado examino su contorno sorbo a sorbo. El mundo del sentido en un grano de arena. Es el café que me revela, turbio, hondo, desde el fondo. Se levanta para hablarme. Un gajo de esperanza vivida es suficiente. Nadie más lo sabe. Basta con que yo lo comprenda. En este instante el café va sabiendo a lo que tenía que saber.

… ¿Adónde será que me voy cuando estoy frente a la página? ¿Y quién es el espejismo con el que hablo, esa divina voz que me tienta? ¿Cómo se convoca la imaginación en el silencio? ¿Qué hambre es esta que me consume? Me aparto demasiado, me lo han dicho. La simultaneidad de la experiencia y su conciencia me abruman. En ocasiones no estoy del todo presente cuando las cosas pasan. La vida sigue de largo. Tal parece que resisto su influjo. O será que el pensamiento se me retuerce de cierta manera que ya es demasiada agonía para levantarle un acta. No se puede estar muy seguro si uno es el que analiza las cosas mientras siente el escalpelo rajándole la piel. El sujeto quiere escabullirse, perderse dentro del objeto. Lo que no quita que pueda tomarme el desayuno con sentido de realidad y que llegue a apuntarlo y hasta verme en el instante en que retiro mis espejuelos para frotarme la nariz y la niebla del alma que persiste. Esta fe de mis actos que quiere convertirse en algo que permanezca. Un paisaje interior. Esta ambición de trastocar el precinto en que tomo un café solitario dormido al borde del iluminado despertar. Insoportable determinación de ser algo más que auténtico, mientras echo un trago de rubiáceas y disimuladamente deslizo mi mirada por la derecha hacia un par de piernas bien formuladas, metidas en escueta falda negra. El deseo que aparta la morriña. No su consumación, claro está, sólo la oportunidad que se le anuncia a este sueldo de servidor público que soy regularmente de lunes a viernes entre 8:00 y 4:30. De nuevo la vida que sigue de largo con sus piernas bien formuladas echas para bailar y yo que no bailo.

… La mujer coge calle. El hombre espera entre la escritura y el café. Se desconocen mutuamente y mutuamente se esperan, se persiguen como en sueños. La hora de cerrar la libreta de apuntes con todos los pitos y señas se acerca. Ella matará el amor a sus esquemas. Si es que alguien tiene que llegar más vale que otro se quede bien quieto en su sitio. La acción será una hembra cansada de esperar un amor que no debiera haber sido. Los vidrios de la cafetería reflejan un sueño en que el empleado público ya no aparece solo.

… Has de saber cómo es que se arregla una mujer, una mujer señorona que desayuna fuera de la casa todas las mañanas antes de entrar a su trabajo de oficina. Dentro de poco la tendremos de pie. Pero antes, sacará el compacto de su cartera y con la mota repasará su frente adelante y hacia atrás y alrededor de las mejillas y el mentón, tragándose los labios para tensar las carnes y no dejar un resquicio huérfano de la aplicación. Entonces, y sólo entonces, será el turno del pintalabios. Ella misma se besará para borrar los excesos. Asentará el cabello y ya estará lista para marcharse, ya se habrá ido, ya estará lejos. En la cartera queda bien guardada la mota, untada de su dueña.