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Los colores del sistema mundo o la descomposición del daltonismo liberal

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altEl color blanco es el color más protector de todos, aporta paz, la pureza y confort, alivia la sensación de desespero y de shock emocional, ayuda a limpiar y aclarar las emociones, los pensamientos y el espíritu. En el blanco están contenidos todos los colores y sin embargo es el color menos agresivo y más neutro. Por ello en la India representa el color funerario, el color del luto porque es el más puro. Fuente: www.euroresidentes.com

La crisis que confrontan los Estados Unidos, exacerbada bajo la nueva presidencia, está condicionada en un plano por superficial no menos significativo, por dos colores: el blanco y el verde.

En el contexto de lo que en los medios se ha denominado la “óptica” de los sucesos, este es uno de los mayores desafíos del sistema-mundo en general y los EEUU en particular.

En una sociedad que privilegia el color de la piel y el dinero por sobre todo lo demás ¿qué hacer si los más cualificados para las posiciones con mayor potencial de generar ideas, productos y servicios, resulta que no tienen la piel blanca y los que sí la tienen no se educan lo suficiente para ocupar una cantidad sustancial de dichas posiciones?

Gran parte del resentimiento de los anglo-estadounidenses es que cada vez más personas «de color», léase afro-descendientes, latinos, e inmigrantes de la India, el medio y el lejano oriente, ocupan posiciones de mayor exposición tanto de la industria, la academia y las finanzas, como de los medios de comunicación y entretenimiento (piénsese en la noche del Oscar de este año).

Estas personas «de color» “están quedándose con el país", expresan los blancos de clase trabajadora cuyos empleos han sido sustituidos por robots o exportados a países de donde precisamente vienen esos extranjeros.

Lo que no parece asimilar este grupo de ciudadanos es que son precisamente los ejecutivos estadounidenses los que están mecanizando o exportando empleos en su empeño por maximizar ganancias, a costa del desarrollo económico del país y de la clase trabajadora, sobre todo la no-educada.

El llamado ha sido que alguien de "fuera del sistema" le devuelva al país el balance entre la libertad de hacer negocios para lograr el “sueño americano” de ganar mucho dinero y la responsabilidad del estado para proteger a sus ciudadanos no privilegiados económicamente.

El gobierno de los EEUU construido sobre los pilares de la Constitución, tiene la misión de proteger a quienes no cuentan con sus propios medios para asegurar su derecho a la salud, la educación, la vivienda, la protección del ambiente, entre otros y la consecución de la felicidad implícita en no ser discriminados por sus creencias o características, y el derecho a la libertad de tomar decisiones informadas por una prensa libre.

El imperio de la ley fue lo que hizo revolucionaria dicha magna carta de la república, la Constitución. Su propósito y razón de ser ha sido proteger a la mayoría –fragmentada en minorías que con frecuencia luchan entre sí– del poder económico y político que históricamente ha defendido los privilegios de los intereses privados por sobre los derechos de los ciudadanos.

El problema no lo pueden solucionar los políticos que se deben a dichos intereses privados por sobre los de sus constituyentes. Sus acciones político-gubernamentales siempre estarán dirigidas a eximir de sus responsabilidades contributivas y sociales a las empresas a cambio de las donaciones a sus campañas. Se han institucionalizado el reclutamiento de los cabros para velar las lechugas.

La crisis actual del sistema tiene dos posibles salidas. La primera es que una mayoría, compuesta por anglo-estadounidenses que no culpan a las minorías por los atropellos del sistema junto con dichas minorías, exija del gobierno, a tenor con el concepto de justicia social conceptualizado por los filósofos europeos del siglo XVIII y la Constitución, defienda a la mayoría de los privilegios excluyentes de la acaudalada minoría.

La segunda es que el estado logre cortar de raíz toda iniciativa por restituir el imperio de la ley en vez del afianzamiento de la autocracia que parece estarse consolidando y establezca un gobierno totalitario nacionalista como los que se agenciaron el poder en la Europa del siglo XX que provocaron sus dos guerras mundiales.

La historia de la humanidad es una historia del poderío de los privilegios excluyentes de las minorías sobre las mayorías, predominantemente por la fuerza. Esto cambió radicalmente en el siglo XX gracias, en gran medida, al ingenio estadounidense de desplazar el protagonismo de individuos y élites responsables por las inequidades del sistema para convertirlo en un sistema-mundo de mercado.

El dominio del mundo a través de una economía exenta de fronteras nacionales, ha resultado extremadamente efectiva en perfeccionar la despersonalización de la desigualdad.

En ausencia del señor feudal o el dictador, es el sistema el que hace permanente la desigualdad discriminatoria de los que tienen mucho contra los que carecen en igual proporción. Por lo tanto, el mercado que da acceso –a cambio de deuda– a gran parte de los productos que prometen la felicidad si se tienen los recursos para obtenerlos, no puede ser el culpable.

En este contexto resulta fácil y conveniente que los culpables sean los que vienen de afuera a arrebatar el poder –adquisitivo y social– de los de adentro.

Entonces se culpa a los que, por la prerrogativa del sistema de reclutar las mentes más preparadas para maximizar productos y ganancias, obtienen los empleos mejor remunerados y acceden las bondades del mercado que ofrece la felicidad –prometida por la Constitución– como resultado de ese gran pasatiempo y distintivo de identidad nacional que es consumir o como se le dice coloquialmente, "ir de compras".

¿Cuántos años tomará descifrar que la raíz de la desigualdad antes reservada para las minorías ahora la sufren las mayorías por las mismas razones y estratificaciones que afectaban a los que provenían de afuera, los inmigrantes, los extranjeros, los «otros» que no son iguales?

Dependerá de la toma de consciencia que pueda surgir de esta crisis del sistema que ya no guarda apariencias y actúa atropelladamente para amasar fortuna sin importarle los ciudadanos de la "raza" que sea, ni el ambiente, ni el acceso a los derechos civiles y servicios más básicos.

Dependerá de que se entienda que las bondades del sistema –que se agenciaron las mayorías como resultado de sus luchas pro derechos ciudadanos para ser convertidas en ejemplos de las libertades de una sociedad justa y liberal, una vez adquiridos–, no pueden ser arrebatadas para el glamour y la riqueza individual en un sistema que aboga por la libertad y el derecho a la felicidad de todos.

La gran ironía no podía ser mayor. La elección por esa masa desplazada y empobrecida del mayor ejemplo del glotón acaparamiento en su ostentación más vulgar y la más crasa ignorancia de los aspectos más elementales del sistema, redundó en una apropiación del poder político para servir desvergonzadamente a los intereses que realizaron el desplazamiento y el empobrecimiento de sus electores en primer lugar.

La suerte está echada. El consuelo para quienes nos preocupa el futuro de nuestros hijos y nuestros nietos es que las tiranías siempre sucumben como resultado de sus propios desenfrenos, aunque sean sustituidas por muchos de los que fueron parte del problema en vez de la solución.

Apostemos a las lecciones de la historia y, hasta donde nos dé la consciencia, seamos parte de las soluciones en vez de defensores de las condiciones que las hicieron indispensables.