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Ensayo a pie (fragmento)

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altCaminar es un atentado contra el desplazamiento dócil del cuerpo, sujeto a las oficialidades del decoro, porque no se trata ya de un cuerpo abstracto o generalizado, sino de este cuerpo particular pasando por esta calle localizada, esta calle antillana.

Rubén Ríos Ávila

Yo también camino, caminar es un ejercicio imprescindible, creo que las ciudades se conocen o se reconocen con los pies, se leen con los pies.

Eduardo Galeano

Primera parte: k-lores

It was so hot that I began to sweat each time we stopped for the red light.

Hunter S. Thompson, The Rum Diaries (1998)

I. Metano

Antes del fuego (pero no del humo): verano de 2010. De inmediato, se traza sobre la mesa la geopolítica por la que se mueve el caminante de este ensayo a pie; sujeto diaspórico que, replegándose, hace turismo en su isla natal: Avenida Condado, San Juan, Puerto Rico, edificio #75, apartamento 401 (frente al colmado chino). Espacio alquilado —dos cuartos, cocina, sala, baño, balcón, aire acondicionado— en el cual se encontró, entre los pocos libros que había, la traducción al inglés de la novela de Carlos Ruiz Zafón, La sombra del viento (2001). Bestseller enamorado de la cultura del libro. Bajo el brazo lleva, entre otros polizontes, una novela boricua, El Peor de mis Amigos (2007): ¿un texto drogado?

Como tantos turistas librescos, el proyecto para el mes de julio, un verano en el Condado, es puntual (escritura retrospectiva): escribir un ensayo mañanero y paradojal, sazonado con el toque criollo —¿cuál?— que les da a las cosas su color y su calor: “El humo puede ser algo maravilloso, si se le permite obrar su peculiar magia en el momento oportuno.” “Memorias del fuego,” diría Eduardo Galeano desde Montevideo, Buenos Aires, Madrid o Barcelona.

Al otro lado de la cita novelística (El Peor de mis Amigos) sobre el humo maravilloso, despunta, como un espía literaturezco, el universo antropológico de Antonio Escohotado, alucinante como es en su historia de las drogas: La cuestión del cáñamo (1997). Dejándose ver con la libreta en la mano, Escohotado toma notas en silencio, mientras fuma, como el hippie español que ha sido, leal al goce de la quema en espirales. Ensoñación, según Fernando Ortiz en el contexto del tabaco: poesía, humo de los que escriben con los pies (Galeano).

Entre el mundo de la playa que tenía a poca distancia del apartamento #401, por cuya orilla caminó con el sol de frente como un paria silenizado —un personaje salido de un poemario críticamente atlánticocéntrico, El miedo del Pantócrata (1981), “¡Ay, mar, Atlántico mar!” (Silén)—; entre ese mundo del calor matutino a quemarropa por el que se desplazaba sobre la arena caliente de la mañana furiosa, entre ese mundo y el universo paralelo del lado de la acera en la Avenida Ashford, con brisa entre árboles frondosos y edificios polisémicos, neoliberales, con sombras intermitentes y vientos que acarician la piel tostada…

Entre esos mundos imantados hacia su propia concupiscencia política, asumió la caminata mañanera por el Condado durante el mes de julio como hacen los filósofos transmodernos: atento a la diferencia colonial.

Escritura andante que sale temprano en la mañana, entre las seis y media y las ocho, a escribir en la arena con los pies, como Galeano, cuando hay poca gente en la playa frente al Marriott y la gramática se hunde en la arena recién rastillada por el municipio de Carolina (en cuyo cementerio está enterrada la acuática de Río Grande, Julia de Burgos), justo cuando el cuerpo mejor se ajusta, sinestésico, a los cambios o desvíos de la ruta mañanera, con variaciones de espacio, en las que se alteran vías y se añaden calles insospechadas, como la Piccioni (la de las casas lindas), y de tiempo, como la de caminar por la tarde en vez de por la mañana.

Cartografía de una escritura a pie. Para recorrer la geopolítica del mes por las calles de Condado y Santurce, la prosa delinea los contextos locales antes de mojarse los pies. Resumen; a principios de julio (2010) nada resonaba más en la isla que la conclusión de la huelga en la Universidad de Puerto Rico. Una odisea que duró de abril a junio; trayecto febril de administradores lascivos. “Palo, puño y bofetá,” como decía la canción popular de los setenta.

El motín que desataron a los azules (policías y políticos) en El Capitolio —una golpiza que el caminante vio horrorizado en la televisión— resultó vergonzoso. Horror de bajo mundo (una zurra): a los neoazules del poder no les importaba mostrar el trasero. ¿Cambiaba Narciso de color o de culo?

Paliza ciudadana. Otra violencia del estado policial que, seguro de su solvencia plutocrática, agredía impunemente. Coyuntura anexionista; saqueo. Cruce de intereses creados en el Colegio Marista. Frente al Capitolio, el poder “republicano” repartió palos, gas pimienta y gases lacrimógenos de los que no se salvaron ni las viejas. Un despliegue de testosterona a pelo (al pedo) que no se avergonzaba de sus excesos.

En el entorno caribeño más próximo a Puerto Rico, terminaba la huelga de hambre del disidente cubano Guillermo Fariña. A Junior Cápsula, narcotraficante boricua con un punto exitoso en la República Dominicana, lo apresaban las autoridades federales usamericanas —encargadas de administrar, según Cocaine Politics (1998), el narcotráfico— en un edificio lujoso cercano a la Avenida Condado. En términos más distantes, pero todavía cercanos a la isla, la posibilidad de una guerra contra Irán seguía sobre el tapete, razón por la que la revista CounterPunch publicó un extracto del libro del periodista Tom Engelhardt, The American Way of War: How Bush’s War Became Obama’s (2010).

Desde una lectura reciente, el eco suelto, loco, de un artículo viejo de Luis Muñoz Marín provocaba tensión en la prosa que caminaba descalza por las mañanas de Condado: “La poesía norteamericana de Whitman para acá, y, especialmente de 1912 en adelante, debería, como la industria, como la ética norteamericana, servir de ejemplo al mundo.”

Las aguas del Golfo de México seguían inundándose con el oro negro de la British Petroleum.

En los deportes, siempre importantes desde la anticolonialidad de Puerto Rico, España —para muchos, el Barça— ganaba el mundial de fútbol, final de copa que, lector ocasional de Dave Zirin, el caminante empezó a ver bajo el imperio del sol y la humedad sofocantes en la Plaza Colón del Viejo San Juan. Hasta que lo venció el fuego y el vapor, pero no por eso el humo, y terminó de ver el partido en el Restaurante Buenos Ayres, en la esquina de la Avenida Condado y la Calle Magdalena, donde la memoria de un comentario crítico contra el fútbol que le había escuchado decir a Borges, un poco antes de morir en 1986, lo mortificaba. El antideportismo de Georgie (Borges) se estrellaba contra la prosa futbolera de Galeano y la sorna ensayística de Juan José Sebreli.

A una distancia prudente de la capital, en la costa oeste, la ciudad de Mayagüez se preparaba para inaugurar, el 17 de julio, los XXI Juegos Centroamericanos y del Caribe. Apertura que un azote atmosférico, casi una tromba marina, o, según los críticos, una corrupta administración del evento, obligó a aplazar por impericias en la construcción. Gajes del tumbe sistemático que los nuevos piratas, ahora guaynabitos, le dan a la colonia: los golpes de viento tiraron la tarima principal al piso.

Juegos en los que Cuba, la “mayor atracción,” no participó, pues el Comité Olímpico Cubano se negó a aceptar los términos en que el gobierno federal de Estados Unidos acogía a los cubanos en la isla; al no otorgarle visado a toda la delegación, al establecer para ellos un alojamiento diferente al del resto de los atletas y sobre todo, al definirlos como ciudadanos de un “país terrorista.” Bajo esas circunstancias, argumentó Elliott Castro Tirado, Puerto Rico, que tanto hizo para que jugaran los cubanos, no podía querer que Cuba participara.

Agujereado, el espectro de Caribe Two Ways. Culturas de la migración en el Caribe insular hispánico (2003) de Yolanda Martínez-San Miguel, sobrevolaba la noticia de Claridad como un pájaro herido.

Como en otras latitudes socavadas por la bufa de Wall Street en 2008, “estructura de sufrimiento” padecida en Puerto Rico dos años antes que en el MAINLAND (como se titula un poemario de los setenta de Víctor Hernández Cruz), la violencia económica que padecía la isla inundaba la calle antillana de indigentes. Lleno de homeless, el Condado iluminaba la “demokracia” que fustigaban los “antifilósofos,” siempre críticos de la “narcocolonia” (Silén).

En las aceras y en las arenas de la zona sobrecogía la proliferación de cuerpos tirados a la intemperie, como los que dormían en los bancos de la Plaza las Nereidas, picados por el salitre del mar Atlántico y por la exclusión del mal neoliberal —a race to the bottom—. Una manera tropical de hacer resonar las citas de Zizek al homo sacer de Giorgio Agamben.

II. Paréntesis

“Os digo, / pues, que la vida está en el espejo.”

César Vallejo

Excepción; única violación —esta— a la regla de la escritura mañanera bajo la canícula de julio, aunque hubo muchos días de lluvia durante la segunda mitad del mes. Torrenciales que, en diez minutos, inundaban la Avenida Condado de rabia poética: “un nuevo golpe de lluvia / y de ráfagas hambrientas,” según Fernando Cros.

El 8 de julio, en la librería Border’s de Plaza las Américas, la editorial Terranova lanzó uno de sus textos de verano, La velocidad de lo perdido (2010), primera novela de Cezanne Cardona, presentada por Rubén Ríos Ávila, cuya charla abordó el texto a través de sus antecedentes ensayísticos, sobre todo, la prosa de Walter Benjamin. Filósofo que, bajo el humo del hachís, descubrió la belleza de la fealdad. ¿No fue José Martí el primer latinoamericano en dedicarle un poema al hachís?

Entre el público letrado que escuchaba la verba de Ríos Ávila, caminaría con Edgardo Rodríguez Juliá, mentor del joven novelista boricua con nombre de pintor francés decimonónico, o con Yolanda Arrollo Pizarro; no así con la erudita Luce López-Baralt, a quien tenía al lado.

De La velocidad de lo perdido, una cita que no se escuchó en la presentación se hizo sentir después, al leer la novela frente a la Laguna de Condado en el banco solitario de la placita al final de la Calle Barranquitas: “un día en que llegué de la biblioteca le dije a Silencia que había conseguido un paseo guiado por Berlín Oriental a muy bajo costo. Pero al parecer había cometido un gran error.”

Equivocado, confundido, ofuscado, en medio del caos narcótico que le agujeraba los brazos picados, Sergio, protagonista de El Peor de mis Amigos, se encuentra en una gaveta del hotelucho en el Viejo San Juan donde trabaja en el turno de la noche, un libro de Roland Barthes. Mientras se pincha el brazo con “manteca,” la cita de Barthes se sale del libro: “El poder de goce de una perversión [en la novela, la heroína] es siempre subestimado. La Ley, la Doxa, la Ciencia no quieren entender que la perversión, sencillamente, hace feliz.”