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Viaje terrestre, de Luis Enrique Vázquez Vélez

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altLuis Enrique Vázquez Vélez (1961-) es oriundo de la Ciudad de Las Lomas, en San Germán, Puerto Rico, un lugar muy cercano a la zona del Río Yagüez, que fue donde le engendró su madre; también la mía me engendró allí, la cuna de un tal Eugenio María de Hostos. Se formó en historia y literatura en la Universidad de Puerto Rico, en el recinto de Río Piedras. Ya formado, se ha dedicado a la gestión cultural y a la creación literaria, bien sea para hacer escritores o para escribir de a nuevo. Hace menos de un año, fruto de ese quehacer cultural, Luis Enrique dio a luz formalmente su primer libro, Secretos inconfesos (Puerto Rico: Lúdika 2015). Es o contiene una combinación de textos mixtos, versos y prosas dentro de un mismo libro de liberación personal, pero que no deja de ser colectiva.

En su nota al lector, Eleuterio Santiago Díaz, ha dejado constancia de haber leído sus cuentos, aún sus cuentos, bajo el influjo de su poesía como prosa poética (p. 18). Yo, gracias a esa nota en Secretos inconfesos (2015), recientemente he tenido la dicha, la buena dicha de haber constatado algo de Luis Enrique que espero sea eso mismo que Eleuterio nos recuerda de aquel Vázquez Vélez que él conociera en los pasillos de la IUPI y en las calles de Río Piedras a inicio de la década de los ochenta. De aquel Luis, nos dice Santiago Díaz:

“Lo que mejor recuerdo de Luis es su carácter franco y afable y su disposición para la amistad. Recuerdo también su gravitación hacia las artes y las humanidades y su compromiso con la independencia de Puerto Rico y la justicia social. Luis tiene que haber sido poeta desde antes de haber escrito o publicado su primer verso. Nunca ha sido él una persona avocada a lo pragmático ni al lucro. Todo lo contrario: sus esfuerzos siempre han estado puestos en proyectos artísticos y culturales opuestos a la lógica del mercado, los cuales ha emprendido siempre con dedicación y seriedad. Pero la seriedad suya no es la seriedad que comporta lo sagrado; más bien está alineada con la profanación poética y la profanación lúdica. En un tiempo dominado por el neoliberalismo, la privatización acelerada del sector público y el abandono institucional de las artes y la cultura —en Puerto Rico y a nivel mundial— habría que entender el quehacer vital y la poesía de Luis como acto político: como profanación de lo que Walter Benjamín denominara la religión parasitaria del capital” (pp. 14-15).

Pero esta no es una nota sobre los Secretos inconfesos (2015) de Luis Enrique.

No obstante, les denoto lo que en estos secretos o de éstos constato o se constata de inmediato: Que a Luis Enrique las heridas ya no le hablan; Que sobrevivió la hambruna del suicidio; Que el crimen de la anécdota le implica hasta convertir su sangre en tinta; Que si enternece es porque el poeta aprendió a morir despacio; Que la redención llega o tarde o temprano; Que al igual que yo o que tú, el poeta ansía el roce claro de tu cuerpo; Que te sintió probable cuando de un tirón te levantó; Que al retorno contigo se rebelan sus secretos; Que ha encontrado su destino de quemador de y con sus entrañas la poesía; Que no se morirá sin deseos de morir; Que cuando de ti dependa el poeta completará la jornada con otro poema; Que tú sin él no eres o si algo eres es nada; Que el poeta ha perdido el miedo y que te celebra tal cual naturaleza humana; Que ha querido ser como tú eres: refulgente, transparente y tierno; Que ya el miedo es sólo mierda vieja que no apesta; Que inventa cuentos de lejanías, y los inventa bien y más. Como pueden ver, tiene que ser cierto lo que dijo Eleuterio de Vázquez Vélez: “Luis tiene que haber sido poeta desde antes de haber escrito o publicado su primer verso”. Es sin duda lo que se constata ya en Secretos inconfesos (2015), bien sea en su poesía (Primera parte, intitulada Secreto inconfesable) o bien en su prosa poética (Segunda parte, intitulada Secretos inconfesos) como parte de su quehacer poético.

En Viaje terrestre (Puerto Rico: Isladentro Editores 2016), Luis Enrique vuelve de nuevo. Se nos vuelve a develar poeta. Es su segunda tirada poética en menos de un año. Viene, deviene de continuo, poeta. No me temo, creo que le tenemos poeta, que a fin de cuentas le hemos ganado para la poesía, y bien sea que sea cierto y nos depare una tirada tras otra tirada, tras otra, otra tirada, sea en versos, sea en prosa poética, pero que sea poeta, poeta, poeta. En Viaje terrestre (2016), a decir de Marioantonio Rosa:

“Me atrevo a llamar a Luis Enrique Vázquez Vélez por su primer nombre: viajero terrestre, poeta en oficio y en deber de poesía o escritor hecho por los signos de la tierra caminada. Este libro que a veces me recuerda aquella voz de Jorge Manrique en las coplas postreras a su padre, como excusa legítima de creación, bordea la escritura diáfana, certera, la escritura al fin y por siempre liberada de las estridencias, las modas, la mala pasarela de la verborrea, y se nos propone como un ejercicio vital de la palabra.

[…] […]

Viaje terrestre nos presenta una poesía novedosa, fresca, habitable y cercana a la interpretación. Una poesía oriunda e hija de una tierra caminada; el rostro del hombre, y en este caso el del poeta es la escalada al rostro transparente: eternidad regalada al hombre, aunque no pueda seguirla.

De eso se trata el caminar, terrestre y libre bajo asedio de poesía” (pp. 16-17, 20).

Luis Enrique, divide Viaje terrestre (2016) en cuatro poemarios, a saber: Jornada del peregrino, Desde las entrañas del fuego, Periplo al Eros y De vuelta a casa. Es en el primero de éstos que incluye el poema que da nombre al texto final: “Viaje terrestre”. Desentraña su relación, su encuentro con la poesía como el arte liberador que ha sido “señal creadora”, “punto entre los tiempos”, gloria de tu gloria, soplo, rugido, sudor, aliento en su viaje terrestre. En esa primera parte, me detuve en el tiempo: “1961”. No había nacido. No creo que estuviera siquiera en la idea de quienes con amor y pasión me hicieron su último hijo. Es un poema histórico, un entre sí: entre la biografía del autor y la época en que le tocó nacer “en una urbanización de clase media”.

En “Sepulcros”, contenido en Desde las entrañas del fuego, el poeta invita a un atrévete a morir consigo a raya, mientras que en “Nudos de la madera”, se pregunta: “¿acaso detenerse es construir?” En “Tiempo obsceno”, se pregunta sobre su afección, mientras que en “Cerrojo” no confirma que “de este viaje/ nada queda”. En Periplo al Eros, hay una poema que nos devuelve a Secretos inconfesos (2015). Me refiero a “En vigilia”. En “Lunas azules” el poeta se confiesa: “Me deslumbró tu presencia/ -caudal de ojos–“. También se pregunta: “¿qué parte de ti se quedó conmigo?” De otra parte, en “Cada noche”, Luis Enrique reconoce que tú fuisteis quien se inventó lo de la resurrección de la carne, por “tu adicción al cansancio/ de los cuerpos”.

En Devuelta a casa, Luis Enrique cierra el ciclo. Lo cierra, como tantos pero como tan pocos. En “Cordillera” lo delata con firmeza: “solo entonces/ sabré que llegaste”. Al poeta, ya superado, vuelto a la vida, nada dependiente, dependiente para nada, nunca le ha importado conocer sus pérdidas, menos su precio, sólo la ganancia de lo aprendido en el camino andado, ya ni le “duelen las ausencias” como tú. Su receta, en “La receta”, muy simple: “corre desnudo sin reservas/ nunca dejes que la pena te atrape”. Finalmente, en “Fe de errata” el poeta responde su fe de errata o su equivocación con un “siempre fuimos uno/ más ya no te busco/ ahora me toca poner/ la otra mitad”.

Gracias, Luis Enrique por volver al ataque, a la vida, a la poesía, por escribir, por hacerlo notorio en público, porque me has dado la oportuna oportunidad de seguir viendo que en ti definitivo es que “Luis tiene que haber sido poeta desde antes de haber escrito o publicado su primer verso”. Vuelve, vuelve pronto, tal cual estéis, Luis Enrique Vázquez Vélez, con ropa o desnudo, vivo vibrante; tírate otro librito así de nuevo o como el primero, en dos, en poesía o prosa poética, poeta, que a mí también me levantasteis de un tirón, o por lo menos lo deseé, leyéndote, poeta.