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Daniel Nina: de todos los mundos, un sonero

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Emiliano Nina de la Rosa, su padre, solía encandilar su pasarela personal de buena música y del disco a la radiola; sucedería siempre escuchar a Benny Moré “El Bárbaro del Ritmo” acompasado en su voz tropical, o Dámaso Pérez Prado magnífico en los eléctricos tumbos y volteretas que ya anunciaban el género invencible del mambo; en esa danza de la guaracha, el aceitunado son cubano, el ciclorama de boleros, y Carlos Gardel ese morocho que hizo templo y retablo de cada corazón que le escuchó, se fueron tomando notas a un escritor y su figura vasta de latitudes y mundos, se iba quedando en ese entonces el niño Daniel Nina prendado de un universo que solo en sus oídos agitaba y deambulaba. El efecto estaba ahí, y todavía le acontece; es un buen espejo de nostalgia, soberano de esos días donde solo la música hablaba su fuente de presencias.

Entrevistarle en sí, es un viaje. Nacido en Rio Piedras, Puerto Rico, su alma proclama plenos poderes de identidad en su antillanía; podríamos decir que al igual que Rubén Blades “lleva la esquina en el alma’’ Esa esquina, donde el realismo mágico posee territorios y discursos, esa esquina procedente solo de las raíces y la canción, esquina que sonea y se amanece contando los lenguajes corporales que abandonan los bailes, las huellas, las pasiones, los celos y los amores.

Porque el que exista una buena salsa, un bolero de Santitos Colón o Pellín Rodríguez, cantando “deja que tus ojos me vuelvan a mirar, deja que tus labios me vuelvan a besar” o bailarse más allá de esta tierra, en el arrebato de Cortijo y su combo-los muchachos sublimes de Rafael Ithier, Roberto Roena, Ismael Rivera de fogoso vocalista-“Maquinolandela” “Quítate de la vía perico’’ Ismael, lustro y medio después como solista entonando“, Las caras lindas, de mi gente negra’’ bailarse hasta donde el alma no acabe, que en Portobelo, Panamá una cara negra y pura se fue encontrando con el cuerpo de la música y se hizo imposible para la mortalidad. Llamarse Daniel Nina, abogado, profesor de gerencia de negocios, sociólogo jurídico, escritor e hijo de esa astronomía siempre caminante que en su imaginería se llama salsa y control, a lo Lebrón Brothers, a lo “Estrellas de Fania, llegaron pa’ gozar’’ Llamarse Daniel Nina, autor de “Rompe Saragüey“ meditaba y vivida novela acercándose al mito de Héctor Lavoe Pérez publicada por Isla Negra editores y Mágica Editores; novela voraz donde siempre llamó su atención aquel salto del sonero desde un décimo piso quedando sencillamente impoluto de huesos y respiro.

Y más allá de la caída, aquel concierto de Lavoe con Willie Colón en el año 1973 en Battery Park, donde escuchó “Rompe Saragüey” y supo que en el tiempo un diálogo en toda dimensión se brindaría cómodo a sus letras. Pero eso tiene antelación, ¿augurio, metáfora, adivinanza fiel al relato? La novela es un mosaico a la memoria de la salsa, del cantante de cantantes y su abecedario de genio, del vernáculo tibio y en signos que brinda la imaginería religiosa de los Orichas o la cultura Yoruba, esa magia de pocos donde nos queda creer, aparte de Cristo o San Francisco de Asís, Stendhal o Ray Bradbury.

Hablamos de Héctor Lavoe, su esencia, su leyenda tatuada y prismática, o la velada histórica que dejó enmudecidos a todos, cuando aquel día del verano de 1988 cuando el sonero se lanza inexplicable desde el piso 10 buscando “volar” y casi llega a lograrlo; “algo” le puso de manera muy personal cambios a la ecuación gravitacional, pues el cantante ya en el suelo, sigue de pie y soneando indestructible-recordé a Ray Barreto en la asfixia de las congas-volvió Lavoe a la sangre nueva, al emporio de su voz, vendiendo millones de copias, al trombón, ronquísimo y en melaza de Willie Colón, “Ché, Ché Colé” los zapatos al revés y cantando como nunca.

Hay un Héctor Lavoe, que todavía no hemos descubierto, nos dice Nina, un genio musical quizá no patentizado por el término de “genio”, pero naturalizado en la cumbre musical que día a día alzamos satisfechos. Allí encontrados Colón y Lavoe, en un dínamo de días y de siglos donde Willie rumiante en un estilo “Jazzy” y Lavoe, en ese decimario de la montaña trovadora llevada al paso de la salsa, conquistarían el mundo en toda su esfera y pentagrama. Y de vuelta otra vez.

Daniel Nina se describe a sí mismo como escritor constante. Eso es bueno, porque es un escritor que palpita pasando por alto sístole y diástole; captura sus galerías que va revelando y puliendo en su escritura, ya sea por ensayo, ya sea por la narrativa. Su hemisferio está ahí, retratando al mundo y a sus ídolos o condenados. Todos sus mundos antes y después del sonero, son de él y los comparte, vocación decidida de mensajero, que es suma primaria en cualquier escritor.Daniel se describe como un escritor que siempre busca en la historia su razón narradora llena de avisos, de profecías sin descubrir y desatar-quizá Ortega y Gasset sentenció la historia como un acto contra los necios que no recuerdan-o en las estampas de ese pueblo Caribe que tanto vive en él, y que él vive tanto.

Llamarse Daniel Nina en los años de Nelson Mandela, “líder ético, no populista”, nos sentencia; describir la lucha, el estruendo que ocasiona la libertad cuando es genuina; Daniel Nina trabajando en Gobierno de Sudáfrica (1993-1999) luego de las caídas, las cárceles y los arrestos; Daniel edificando el gobierno en y para todos. Participando en la Reforma Jurídica, la policial, surcando los caminos necesarios que un cambio siempre exige. Luego vino el adiós, y más países, y en cada uno una historia, bien narrada y ceñida a un brillante estilo de formas que vive descansando en su mochila, presta a salir, porque siempre escribir se hace necesario.

“Hay un desface en el país” Vuelve a sentenciar, convencido, Daniel Nina Editor en Jefe de El Post Antillano, proyecto esencial que lleva ya siete años, desde su fundación el 2011. Un periódico que comparte con sus columnistas, los poetas, los cronistas deportivos, los de arte, los de Justicia Social, en fin, el universo cercano que se dialoga al cruzar la calle-o la esquina diría Vargas Llosa-nos habla de que nuestras letras todavía adolecen de una sabia democratización; los cenáculos, los reinos pequeños, el protagonismo, o la espera de un crítico o de un entrevistador de cultura que le llame “Poeta” o “Escritor” son iniciaciones caducas que ya, deben desaparecer. Hay espacio, para mucha gente que no tiene que esperar bautismos oficiales en la literatura, sino lanzarse decididos, transmitirse, llevar su mensaje, decir, lo que tienen que decir. El país se hace fuerte, se distingue, se celebra y evoluciona cuando sus escritores rompen esquemas de creación y de predilección y se vierten en una constante metamorfosis mediante el vínculo a sus letras: el país no se pierde, por el contrario, comienza y sigue aurora.

“Hay que seguir escribiendo” nos dice Daniel Nina. Así ha seguido el también autor de “El Caribe en el exilio’’, en Tránsito y otros relatos, Seis cuentos de amor [breves] y uno del recuerdo, “Charlie Gorra Strikes Back’’ cuyo mapa de escritura parte del inolvidable Pedro Pietri y su “Puertorican Obituary” y así Daniel, dice que hay que escribir más, que disfruta leyendo a su generación, como Mairym Cruz Bernal o Hiram Lozada, pero también a las generaciones emergentes como a Edwin Fi o a Esther Andrade, pues el mejor recibo de una revolución que piensa es su literatura, que hay que seguir, contra todo pronóstico, seguir que…es una palabra de soplo monumental a la época que nos espera.

Y más que todo el son, el caderamen que es posesión y es éxtasis, que para curarse cualquier mal interior o exterior una buena mano de “Rompe Saragüey’’ ya ahoga el maleficio; o más es bujías en los pies en una salsa interminable, donde al despertar, otro disco con la voz de Héctor Lavoe y Willie Colón más allá de un periódico de ayer, nos lleve al paso de la noche siguiente, y con salsa, bailando caribeños, hasta la victoria.