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La La Land el mejor obsequio para la era de Donald Trump

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altHay temas en la industria de cine, que nunca pasan de moda. La forma de contarlos es lo que, culturalmente, se debería de transformar. La La Land (Dir. Damien Chazelle, EE.UU., 2016), es un filme nostálgico, que nos remonta al pasado, a la década del 1940 y 1950, cuando el género de filmes musicales estuvo en boga. La diferencia particular entre el pasado y el presente, versa en que la forma de contar la historia, ha cambiado.

En esta medida, La La Land, es de por sí un anacronismo. Pero peor aún, es el mejor regalo que la industria de cine de Hollywood, pudo haberle hecho en este momento al nuevo presidente de los EE.UU., Donald Trump. La La Land es una invitación a volver al pasado cuando ¡América era grande!

Contrario a otros filmes que promueven la nostalgia, como Last Exit to Brooklyn (Dir. Uli Edel, EE.UU., 1989), Forest Gump (Dir. Robert Zemeckis, EE.UU., 1994) y American Pastoral (Dir. Ewan McGregor, EE.UU., 2016), el problema de La La Land, es que nos devuelve al pasado sin cuestionarlo. Ese es el detalle importante, e impertinente, de la película, pretender que el pasó no se modificó en el presente; peor aún, volver a esa añoranza en la cual se promueve que el pasado siempre fue mejor.

La era de los musicales, si hoy la recordamos, versa sobre las grandes producciones de un Hollywood en expansión, donde bailar, cantar y la alegría transcurrían sin detenerse. Pero también es el momento donde los negros no existieron, donde los latinos/hispanos, eran invisibles. Donde Puerto Rico era un gueto, a solo ser traducido bajo la dirección musical de Leonard Bernstein en West Side Story (Dir. Jeremy Robbins y Robert Wise, EE.UU., 1961), en la re-interpretación de Romeo y Julieta.

Pero el peor aspecto de volver al pasado, es volver al proceso donde los marginados no tenían voz. Donde la historia, sobre todo la historia americana de los EE.UU., se cuenta a partir del hombre y la mujer blancos, caucásicos. En otras palabras, la representación vuelve a marginar al “otro”. La palabra protagónica, se torna en la palabra del blanco hegemónico. Esa palabra hegemónica es la que hoy Donald Trump pretende impulsar. Es una palabra donde el hombre y la mujer blancos se convierten en los traductores, a veces un tanto mesiánicos, entre el mundo de lo real y los seres vivos.

De esta forma La La Land nos cuenta la historia de Sebastián (Ryan Gosling) y Mia (Emma Stone) quienes, en la vida del amor, comparten, sin ningún proyecto claro de parejas. En el momento del desencuentro, en ese cuando el amor se debió de haber expresado, y no pasó. El desencuentro los lleva, a cada uno a otra vida. Y como diría Dario Fo, el premio nobel de literatura italiano en el 1997, en su trabajo cumbre La muerte accidental de un anarquista (Dir. Allan Horrox y Gavin Richard, EE.UU., 1983), todo final puede tener más de un final. La La Land nos provee varios finales, usted escoge, y a partir de ahí decide con cual felicidad se queda.

La historia contada se narra por vía de la carrera artística de Mia/Stone, quien está tratando de ser alguien; mientras que Sebastián/Gosling intenta interpretar el jazz de la década del 1950, como el hombre blanco/caucásico que interpreta en otro momento las buenas intenciones del hombre negro. Es decir, Sebastián/Gosling nos traduce a Charlie Parker, John Coltrane, Miles Davis. Él no es David Brubeck, pero nos traduce al hombre afro americano. Patético.

Vayan a verla, pues se trata de la película más nominada para la premiación Oscar del próximo 26 de febrero. No obstante, más allá de los aspectos técnicos, la historia es muy problemática. Habría que estar loco para, en la era de Donald Trump, obsequiar a esta película con el galardón de la mejor película del 2016. Sería un error político.