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Ciudadano Ilustre o el cine cruel de la Argentina controla [también] la literatura

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alt¿Por qué escribo? Es una pregunta tonta, sencilla, pero toda persona que se inserte en el mundo de la literatura, narrativa, ensayo o simplemente que escribe, de forma creativa o no, se la pregunta diariamente. Que cada cual conteste la pregunta. Pero yo escribo, porque deseo compartir en letras impresas en cualquier formato, una mirada particular de la vida. Muchas veces como es, a veces en alegría a veces en tristeza.

Ah, ¿pero debo de escribir para narrar la crueldad del mundo? Dirían los cantantes y el público en un club de Fado en Portugal, “más triste, más triste”. Es decir, mientras más corta-vena sea la música de Fado, mejor. Mientras más tristeza mejor.

Hay algo de esto, en el último filme de cine argentino en cartelera en Puerto Rico. Ciudadano Ilustre (Dir. Gastón Duprat y Mariano Cohn, Argentina, 2016), nos cuenta la vida y obra de un laureado escritor argentino, Daniel Mantovani (Óscar Martínez) quien desde el saque vive comprometido con su palabra. Pero su palabra va por encima de lo humano, lo generoso, lo sensible, la interacción cívica necesaria para poder convivir. Su palabra, a fin de cuentas, se enajena de la realidad. Su palabra es déspota.

Esa es la historia de ellos, del filme, en fin, de la idiosincrasia estética y narrativa que predomina en la Argentina, y la cual nos trasmiten. No puede haber felicidad, y cuando la hay, como en Relatos Salvajes (Dir. Damián Zsifron, Argentina, 2014), tiene que ser cruel.

La película nace cuando el escritor Mantonvani, recibe el premio Nobel de Literatura, concedido por la Real Academia Sueca de Ciencias. Entonces, allí termina ofreciendo unas palabras sobre su fin como escritor, toda vez que el premio, según él, sirve para acallar su voz. Termina recibiendo el premio, el dinero de sobre un millón de dólares que dicho premio concede, y finalmente despotricando contra la monarquía sueca. En fin, que se puede ser cruel y oportunista a la vez.

A partir de ahí, la fama, la gloria y el bienestar económico. Entonces, viene la carta, escrita en papel, sobre con sello, sin tecnología, y más que nada escrita a mano y, presumimos, a maquinilla. Es decir, una invitación rústica del alcalde de su pueblo en la Argentina, llamado Salas, y donde el líder municipal Cacho (Manuel Vicente) tenía un sueño de hacer grande al pueblo, y de honrarlo como su ciudadano más ilustre.

Montovani acepta una invitación a su pueblo natal, Salas, para dar una serie de conferencias, dirigir un certamen de pintura, y más que nada socializar con un pueblo que lo honra por su gloria internacional. Para sorpresa del propio autor, su humor se transforma y le da una oportunidad a confraternizar con su pueblo y los ciudadanos.

Dividida en cinco partes, la película explora el pasado, la memoria y más que nada la soberbia del escritor. La invitación, Salas, Irene, el Volcán y la Cacería, son las cinco partes en que la película se divide.

Lo interesante es la tensión que transcurre en la película. Tensión entre lo humano y simple de la vida, frente a la interpretación crítica que intenta transmitir el autor Montovani. Es en esta medida un filme complejo. Una mujer en la audiencia de una de sus conferencias le pregunta “¿por qué no escribe de cosas alegres? La reacción del autor, se la podrán imaginar. Pero sin lugar a dudas, su falta de humanidad y ternura, se desploman ante su cinismo, su manejo destructivo del conocimiento, y más que nada de la tolerancia para vivir con el otro/a.

Si usted viene de una profunda tradición de una ética alternativa de las izquierdas, basado en el respeto a las diferencias, a la tolerancia a las ideas, y más que nada la capacidad de convivir en la diferencia, no debe ver Ciudadano Ilustre. No. En esta película lo que se impone, de forma concluyente, es la crueldad del uso y manejo de la creatividad.

Y ojo, que hay otro cine que ha abordado de forma alterna el tema reconciliando el poder de la palabra y las ideas, frente al [des]poder de la otra palabra y de las otras ideas. Pensemos en Volver a empezar (Dir. José Luis Garci, España, 1982); e inclusive el cine profundo y clásico de América Latina por vía de Memorias del Subdesarrollo (Dir. Tomás Gutiérrez Arroyo, Cuba, 1968).

Por lo tanto, celebrar la crueldad del cine argentino, no sería la apuesta de un cine caribeño, ya sea dominicano, cubano o boricua, donde la alegría puesta en son de locura [ir]racional, es siempre una mejor apuesta idiosincráticamente hablando.

Nada, tengo mis reservas profundas de que uso la palabra, continuamente para denunciar la incapacidad del otro/a, para recordarle su torpeza, sus pequeñeces, y más que nada, como nos recuerda Mantovani al final del filme, su estupidez. Vaya a verla con un fallo reservado de mi parte, que también escribo.