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El silencio del viento y la trata humana

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altPese a que tengo diferencias con el grueso del cine no-comercial que se hace en Puerto Rico, ver El silencio del viento (Dir. Álvaro Aponte Centeno, Puerto Rico, 2017), me permite explorar mi sentimiento y compartirlo. La producción cinematográfica en la isla se divide hoy entre un cine comercial de mucho empuje, y un cine culto o de arte, con menos empuje, pero con mayor apoyo de la crítica y los medios de comunicación. Son dos tipos de proyectos distintos dentro de la misma afinidad: hacer cine, películas, largometrajes. Uno crea empleos masivos y capital, el otro crea pocos empleos, pero muy buena crítica.

El silencio del viento representa la consistencia de Aponte Centeno, quien, desde cero, todo lo que hace, a partir de su afamado cortometraje Mi santa mirada (Dir. Álvaro Aponte Centeno, Puerto Rico, 2012), hasta este su primer largometraje, nos logra transmitir un sentido de estética que lo va definiendo de forma consistente. El cine de Aponte Centeno es otra cosa. No es comercial. No está dirigido a reírnos. Está dirigido a pensar, a reflexionar a cuestionar, a mirar desde otro ángulo lo común. Es una estética cutre, sucia, dolorosa, difícil de digerir. Se trata de una estética fílmica en torno a la vida tal como es, tal como la vivimos.

Por lo tanto, es a partir de su estética identitaria, que me acercó a esta su segunda película que, como la primera, es de forma inmediata reconocida y galardonada en múltiples festivales por su calidad fílmica, estética, y más que nada por la creatividad del director quien es a su vez es el guionista. Es importante destacar que el filme es producido por Maite Rivera Carbonell, quien a su vez es cineasta, siendo su filme más reconocido Las Carpetas (Dir./productora, Maite Rivera Carbonell, Puerto Rico, 2011). En esta medida, El silencio del viento contó con un equipo cuya propuesta fílmica hay que tomar muy en serio.

Dicho lo anterior, la película nos narra, visualmente y no por los parlamentos, en una combinación de filme libre con docu-drama no intencionado, la vida de los “coyotes” boricuas, quienes participan del trasiego de la trata humana, en el manejo de los migrantes sin papeles que optan por cruzar el estrecho de la Isla de Mona entre Puerto Rico y la isla de la Hispaniola (República Dominicana y Haití).

Rafito (Israel Lugo) es un capitán de embarcación de trasiego, quien nos comparte su vida, a partir de su trabajo como mercader, hermano, padre, y ser humano. Posiblemente Israel Lugo en su mejor actuación a lo largo de su carrera en Puerto Rico, nos expone a una mirada sin paralelo de la vida de miseria que tanto sus “clientes” esclavizados como él, viven. La película, con un diálogo entre actores que no pasa de dos páginas de un guion que es más estética neo-realista de la toma a distancia del horizonte, es un manifiesto muy duro, muy sólido y, sobre todo, arrollador en contra de la trata humana en la cual los caribeños, a partir de Puerto Rico, participamos. Es una interesante apuesta del realizador Aponte Centeno, promover que pensemos en la trata no a partir de los dominicanos, sino de los haitianos y orientales que por nuestras costas también entran a la isla.

La película es difícil de contar, pues su narrativa desde el principio hasta el final, transita a través de la mirada que desde tiempos inmemoriales los caribeños tenemos de nuestra principal carretera de comunicación: el mar. Ese mar que produce comunicación, riqueza, alegría, humillación, y también la muerte.

De forma inevitable por tratarse de un filme que nos invita a la reflexión sesuda, no puedo dejar de entretejerlo con otros filmes de su especie. Pienso en los clásicos documentales que desarrolló el bostoniano Frederick Wiseman, quien en su cine de documentales desarrolló una técnica en la cual la narrativa sin interpretación hace de lo narrado un filme, que puede ser ficción como puede ser la vida misma. Conocido por su obra clásica, Titicut Follies (Dir. Frederick Wiseman, EE. UU., 1967), su trabajo tiene algo que se representa en el trabajo de Aponte Centeno. Posiblemente, la similitud entre ambos directores versa sobre la dureza de contar la vida desde lo que es: la vida misma.

Pese a otras actrices y actores de renombre, entre otros Elia Enid Cadilla (Tata), Kairiana Núñez (Carmen), Amanda Lugo (Wally) el filme es sobre la vida de Rafito (Israel Lugo). A partir de este detalle, el filme crea propuestas, soluciones y también problemas. Me reitero, se trata de la mejor actuación de Israel Lugo, en papel protagónico a lo largo de su carrera que ya va por 30 años en la actuación. Dicho esto, se trata de un personaje demasiado problemático, aunque se trata del único personaje en toda la película que tiene profundidad y del cual uno conoce algo de su vida, de sus contradicciones y sobre todo, de sus fuerzas y debilidades.

La profundidad del personaje de Rafito (Lugo) es curiosa, pues nos combina una vida muy humana, con gustos interesantes en torno a la vida doméstica, que me recuerdan el filme de Spike Lee llamado Clockers (Dir. Spike Lee, EE.UU., 1995). En ese filme, Lee nos narra la vida de un gatillero, perverso, malvado, pero lo más curioso, que le encantaba escuchar música clásica y jazz. Algo así como con Rafito, que le encanta tener peceras de agua salada en su habitación. Una estética contradictoria.

Establecido lo anterior, Israel Lugo, el único actor desde la coyuntura racial en categoría de persona de tes blanca, es a su vez la única voz que narra la película. Los otros son textos superpuestos cuya profundidad humana se desconoce. Aquí yace tal vez la mayor debilidad del filme: el otro u otra, no tiene una historia que contar, sólo es una vida narrada visualmente.

Aquí, de forma inevitable, tengo que relacionar el filme The sheltering sky (Dir. Bernardo Bertolucci, EE.UU., 1990) con El silencio del viento. En la una como en la otra, los “otros” y “otras” no tienen una palabra, un narrativo, el cual yo pueda interpretar y asociarme con el mismo. En el caso de Bertolucci, los árabes no podían comunicarse con los americanos. En el caso de Aponte Centeno, los haitianos u orientales, no podían comunicarse con los boricuas. Curioso. La narrativa la explica, en ambos filmes, el hombre y la mujer blancos.

En fin, que podría continuar reflexionando de este filme, que sin cuestionar o sin duda alguna, es la mejor apuesta estética hoy en cartelera de cine hecho en Puerto Rico. Es un filme de calidad de exportación y promoción de lo que es un buen cine boricua. Por lo tanto, hay que ir a ver El silencio del viento. Sin restricciones.