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Jojo Rabbit o el arte de crear y transformar ante la desgracia

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altDesde mi infancia he visto películas en torno a la Segunda Guerra Mundial. Llega un punto, que muchas me aburren. Salvo que usted encuentre un gran realizador, como Quentin Tarrantino (Inglorious Basterds, EE.UU, 2009), Sam Mendes (1917, EE.UU., 2019), y Brian Percival The Book Thief, EE.UU./Alemania, 2013). Pero uno se sienta a ver Jojo Rabbit (Dir. Taika Waititi, Nueva Zelanda/Checa, 2019), y uno dice que se trata de un cambio de paradigma. Jojo Rabbit es un postulado al amor, el infantil, y sobre todo a la oportunidad de siempre ser solidario.

La historia la cuenta un niño, al cual por razones de acoso, le nombraron Jojo Rabbit (Román Griffin Davis). En un mundo de verdades y mentiras, en el cual la madre Rosie (Scarlett Johansson) intenta apoyar a su hijo en su veneración desmedida y obsesiva por Hitler y el partido Nazi, la historia se va contando poco a poco. El niño Jojo se da cuenta en el proceso que su madre, lo apoya pero de forma critica cuestiona el nazismo. En el proceso Jojo se encuentra con el ático de la casa, donde vive otra persona, Elsa (Thomasin Mackenzie), quien resulta ser judía, y la madre de Jojo, la protege.

La historia es una hermosa, pero las ocurrencias de Jojo/Davis, hacen del filme uno extraordinario y placentero. Sobre todo que el alter ego de Jojo es el propio Hitler (Taika Waititi), y los diálogos son interesantes. Literalmente, Jojo Rabbit vive obsesionado contra los judíos, pero en su obsesión telón de la vida, todo va cambiando, incluso su obsesión.

De forma poética la película introduce hábilmente la literatura, con la poesía de Rainer María Rilke. El poeta decimonónico en los labios de Jojo/Davis, es en sí pura poesía. Los referentes a Leni Riefenstahl y su clásica película The Triump of the will (Alemania, 1935), se manejaron de forma prudente y limitada. En nada, la película es un homenaje al Nazismo, a Hitler y a la destrucción de Europa. La película es una invitación a repensar el amor, infantil pero amor, la generosidad y la solidaridad.

El final de la película se entrecruza con dos filmes clásicos y sus directores. Por un lado Bernardo Bertolucci (The conformist, Italia, 1970); y por otro lado Isaac Julien (Young soul rebels, Reino Unido, 1991). Si usted las ha visto y ve Jojo Rabbit lo entenderá, pero aun en la niñez hay que ser pragmático, y bailar si hay que bailar. Vayan a verla. Simplemente se trata de un filme extraordinario.