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El Mismo

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Un grito al consumismo.

“Un artista no puede cambiar el mundo. Pero puede mantener vivo un margen esencial de inconformidad”, Luis Buñuel.

Tenía solo tres años de vida. Disfrutaba del sonido que hacían las ollas de la cocina cuando les pegaba con una cuchara. Se divertía con crayones de colores con los que creaba paisajes imaginarios en las paredes imaginarias y también en las reales.

Tarareaba canciones y repetía rimas. Pero no se conformaba. Lo vio en la página colorida, de un periódico colorido y de inmediato quiso tenerlo. Ansiaba  colorearlo con sus crayones de colores. Aquello le atraía. Le embrujaba. Lo miraba allí en la página sin poder despegar sus ojos de la imagen publicitaria tan llamativa. Era un muñeco con cara aplastada y sus pelos parados eran de un brillante color morado. Aunque no sabía su nombre, solo le bastó con señalar con un dedo y balbucear: “ese, ese” para que su madre se lanzara en busca de su reclamo. Ella recorrió las concurridas tiendas del centro comercial más cercano hasta que dio con el muñeco de los pelos parados, pero  el cabello del muñeco en el escaparate  era de color rosado. Como quien codicia un bien mayor, le preguntó al vendedor por el muñeco y le dijo que se lo consiguiera en color morado. No quería otro, le dijo. El vendedor le entregó su anhelado espantajo. Ella pagaría la mitad de su sueldo de una semana por aquel juguete. Al regresar a su casa muy entusiasmada se lo enseñó a su retoño, pero percibió  sorprendida que no mostró interés alguno. Ansiosa agarró el periódico, le señaló la imagen publicitaria de una de las páginas y le dijo: “mira mi amor, es el mismo, el mismo. ¿Por qué no te gusta si es el mismo? Mirándola fijamente, su criatura tomó el monigote en sus manos y gorgoreó “Ah. El Mismo, El Mismo”, arrojando a un lado el juguete que su madre le había comprado, embelesado en la imagen publicitaria. Desde ese momento aquello tuvo nombre propio.


Del libro Entidades