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Ramalazos

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altNunca te he dicho donde trabajé…me imagino que pensarás que es otra forma de esconder mi identidad. No es eso: es que el dolor de mi “retiro” me ha truncado las alas del corazón. Quizás si te cuento lo sucedido podrás entenderme: Cuando el destino me colocó en el puesto de Asistente Ejecutivo al Gerente General de aquel imponente Hotel, mi vida tomó nuevos rumbos. Fue instantáneo mi deslumbramiento con él. Llegado de Miami, con un look metrosexual, llevaba el erotismo de perfume. Exudaba sexo por sus poros. Le seguía en su aventura hotelera como un perrito faldero. Copié su forma de vestir: chaquetas cruzadas con corbatas de seda de diseñador italiano. Cuando lo vi con su reloj de oro, corrí al banco a sacar el mío!

Constantemente me llamaba para que lo acompañase a sus caminatas por el Hotel y yo me sentía orgulloso de que nos viesen juntos y cuchicheando. Todas las tardes él subía al gimnasio y yo corría escaleras arriba cuando me llamaba. Me lo encontraba en shorts, todo peludo, sudoroso y agitado. Hubiese querido adueñarme de todos sus sudores y olores. Al verme frente a él, mi mirada caía en su entrepierna que él frotaba coqueto, mientras me daba las instrucciones de lo que debía hacer. Cada vez que me llamaba su “buddy” temblaban mis rodillas. Vivía ilusionado un sueño de posibilidades.

De vez en cuanto me tiraba migajas de afecto en la forma de conversaciones íntimas en que me revelaba que él había conocido el sexo en todas sus vertientes o que no me creyese que su pene era gran cosa. Yo fibrilaba de placer al encerrarme en mi oficina y revisitar las conversaciones en mi mente calenturienta.

Un día cualquiera recibí una llamada suya: me pedía que fuese a su oficina de inmediato. Necesitaba sentir su aprobación por todos los éxitos que estábamos logrando. Mi corazón tembló de emoción y miles de expectativas surcaron mi mente cuando lo encontré tan atento y coqueto. Su mirada lasciva y provocadora me taladraba los sentidos. Como áspid bíblica iba enredándome hasta que llegó a su planteamiento real. Quería que yo falsificases unos informes a la Oficina Central. El muy cabrón había decidido cobrarme un anticipo de mis sueños eróticos. No daba crédito a su petición. Al escucharlo, mi primera reacción fue de aturdimiento, repulsión y sobresalto por su descaro al proponerme algo así. Con una voz melíflua me respondió que no me preocupase, que era una práctica común en los hoteles, que los otros hoteles lo hacían y que él siempre lo había hecho en los hoteles en que trabajó. Mientras escuchaba, en mi mente chocaban, cual carritos locos, los más dispares pensamientos.

Era la primera vez en mi vida profesional que alguien se había atrevido a proponerme algo así. No podía creer que él quisiese que yo fuera su cómplice en algo tan canalla como estafar a la Corporación. Mientras hablaba, mi ídolo babilónico se despedazaba en mil pedazos. Temí que si no lo ayudaba perdería toda su confianza en mí, y mis días en el Hotel estarían contados. Obviamente él pensaba que yo era un maricón debilucho a quien le sería fácil seducir y que terminaría aceptando su propuesta. Poco me conocía. Por el contrario, si yo no aceptaba, estaba seguro de que lo haría él mismo o buscaría otro cómplice y que no tendría la oportunidad de detener el engaño. Siempre pensé que este momento de verdad absoluta entre nosotros llegaría envuelto en ardores y semen. Pero la vida juguetona me lo sirvió en un plato frío de metal, salado con decepcíón. Decidí que no le permitiría a nadie robarle un centavo a la Corporación que no se hubiese ganado con el sudor del trabajo. Yo lograría encontrar el medio para desenmascararlo. Aquel amor que me tenía a sus pies, se convirtió en un odio negro azabache. Perdóname pero no puedo continuar….

Así empezó mi caída al fondo del pozo. Cada día que pasaba eran más las horas en que me encerraba en mi oficina para llenar tarjetas de opinión fraudulentas. Durante la primera semana él me llamaba diariamente a su oficina para revisar mi producción. Al darse cuenta que aún no llegaba a la cuota establecida, se mostraba alterado, perdiendo rápidamente la paciencia. Se descontrolaba de tal manera que me aterraba.

Perdí noción del tiempo. Era tanto el horror que sentía que no podía respirar. No había cántico de sirena que suavizase mi descalabro moral. No me atrevía a mirarme a un espejo: ese no era yo. El que me devolvía la mirada era un ser corrupto y asqueroso. Cuando no pude más le dije que necesitaba hablar confidencialmente con él. La Oficina Corporativa había descubierto la falsificación de los documentos y que yo había asumido toda la responsabilidad. El procedió a decirme que estaba sobre actuando, como era mi costumbre. Que yo no había hecho nada malo. ¿Qué si él hubiese pensado que yo me lo tomaría todo tan a pecho, no hubiese buscado mi ayuda? ¿Qué si fuera el caso de que estuviese molestando a un menor o robando dinero, entonces sería otro asunto? Le dije que no quería escucharle más pero que analizaría sus palabras.

Durante la noche decidí que iba a decirle que renunciaría a mi cargo, con la esperanza que él asumiera su responsabilidad por el fraude y confesara lo ocurrido.

Al otro día pasé directamente a verlo y le presenté mi carta de renuncia. Con terror le escuché decirme que entendía que yo estaba física y mentalmente afectado y que me había colapsado. Que debería tomarme dos semanas de descanso. Si luego seguía pensando de la misma manera, aceptaría mi carta, pero que no debería hacerlo pues yo era parte integral del equipo de trabajo del Hotel y que no era justo que tirase por la borda tantos años de labor sacrificada. En ese momento entendí que él se daba un lavazón pilatesco de lo sucedido y que yo tendría que desenmascararlo. Despidieron a mi Jefe y recibí la primer amonestación escrita en mi carrera profesional.

No pude enfrentarme a mis compañeros de trabajo, escondiéndome en mi casa. Recibí cientos de llamadas del cabrón de Gerente. Lo escuché llamándome desde la acera del frente a mi casa. No pude más y caí al fondo de un pozo oscuro… *****************************

Esta es la parte más difícil de contarte pues solo puedo repetirte lo que me contó mi familia…

“Quiero que sepan que estamos haciendo todo lo posible para que su condición mejore. Está descansando lo más posible y, aunque no quiere comer, lo estamos alimentando por vía intravenosa.”

“Doctor, sabemos que ustedes cuentan con los mejores profesionales. Lo que nos aterra es que vive en un letargo sin responderle a nadie. Y lleva así varios meses. ¿Qué otra cosa nos pueden recomendar?”

“Hay un tratamiento que se usa en casos extremos. No sé si están familiarizados con el término electroshocks.”

“!Oh, no sabia que todavía se usaban! Usted cree que no hay daños colaterales. ¿Qué el remedio sea peor que la enfermedad?”

“Les soy honesto: nosotros lo hemos usado con magníficos resultados. Eso si, debo explicarles que uno en cada 100 casos, el paciente pierde significativamente algo de su memoria, aunque poco a poco, con el pasar del tiempo podría recuperarla. Ustedes dirán.”

“Usted es nuestra única esperanza; haremos lo que nos recomiende.”

“Bueno si es así, firmen esta autorización. Les aseguro que el tratamiento se llevará en las mejores condiciones y que el paciente estará bajo los efectos de anestesia total.”

“Proceda….”

Como voces arcaicas se me cuelan los recuerdos grabados en mi memoria; si pasó así o no pasó solo el divino creador lo sabe:

tres veces por semana me buscan en la habitación me sientan en una silla de ruedas y comienza mi travesía a la perdición la densa niebla mañanera me impide ver claramente aquel camino al Gólgota me invaden los olores corruptos de la madrugada

-un tufo a hojas podridas

-el seco perfume del hongo

-el mierdoso aroma del guano

me salpican las últimas gotas del rocío que se disuelven sobre mi piel calenturienta laceran mis oídos agudos sonidos

-ulular de palomas presagiando la muerte

-batir de alas de murciélagos realengos

-el llanto de unos coquíes trasnochados

-el sonido de la tierra que se despierta azorada

el pánico me invade cuando entramos en la sala el frío congela mis pensamientos me dejo llevar hacia la silla-camilla observo con mis ojos desorbitados a la enfermera organizando los instrumentos me sientan y proceden a amarrarme con correas de cuero llega el momento en que mis carceleros colocan sobre mi cabeza cual corona de espinas el casco de metal cubierto de cordones eléctricos irrumpe una voz cantarina en mi delirio. “Saludos, este es tu anestesiólogo. Voy a pincharte, no te me asustes. Cuando yo te diga cuenta hasta diez...”

poco a poco las náuseas suben por mi garganta y cuento

unodostrescuatroooooo

“bueno, ya terminamos por hoy”

siento que estoy envuelto en gasas multicolores perfumadas de pelo quemado lágrimas corren por mis mejillas. Presiento, más que siento, la corona que me rodea la cabeza desprenderse las ataduras soltarse y vuelta a la silla de ruedas, y me llevan hacia mi cuarto

Comienzo a surcar por la vida en una danza de olvidos, sobrellevados por el coctel de diez pastillas que me permiten ubicarme en algo. Cada día que pasa me siento más lejos de mis recuerdos, resignado a un mundo fantástico de ruinas ancestrales. Mi cabeza es un globo que flota a la deriva; de momento va llegando, sutilmente, la luz. A ramalazos, momentos de mi vida se reinsertan en mi memoria. ¿Cuándo sabré quien soy?….