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DE LA MEMORIA DEL OBISPO …DE HORRORES

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…el olor por el alma se reparte; / este deleita, aquella da frescura; / mas, bien mirada es toda de tal arte /

que no hay olor sin parte de belleza / ni virtud que en su olor no tenga parte.

Obispo Bernardo de Balbuena (1561-1627)

(San Juan, 9:00 a.m.) Las almas son valvas benéficas sobre islas encapsuladas e impregnadas por aceites esenciales. Son cardamomos necesarios que se hilan, a través de cilantros del bioma, anima mundi, con vinculantes redes neuronales activadas con fósforo y aroma. Allí, como en las islas, el habitáculo límbico se gobierna como emoción que es reina. Y tal reina, Poesía, quiere al poeta-amante, proveedor y apetente, como un sacerdote vestido con las fibras de los gálbanos de lavanda y jazmín. Inevitablemente, esta es la ultimidad viva que impregna la Psiquis, la Fuente arcaica de la vida toda.

Hoy, año de 1625, con su alma de manzanillo y su olor de canela, el Obispo que partió de Santo Domingo a San Juan, se presentó en la Catedral tras saber la noticia. Fray Balbuena, varón de barba dura y cana, dos cachos de mejillas como valvas dulces y suaves y manos de maneras barrocas, pero que todo lo escarban, por un afán de siembra y búsqueda de elixir, comenzó a cuantificar, medir lo que han dejado y si de veras hay pérdidas para echarse en lamento. Casi nunca, según lo aprendido, quedan las cosas realmente arruinadas.

Esto aprendió cuando llegó de España a Guadalajara, creyendo que su tierra moriría ese día. Un día creyó que Guadalajara se perdía y fue a parar a Jamaica; pero fue en Jamaica donde su piel se aromó de canela y recuperó todo lo que creyó que perdía. En Puerto Rico, donde comienza la siembra de jengibres, hay un misterio que lo embarga y se siente como el abad, en tierra jamaiquina y el sacerdote de paso por Guadalajara, regocijado cuando la gente dice, «ah, padre, no exhuma incienso usted, me huele a amaro, su piel fue aromada de canela».

Incendiaron la Catedral. El gesto es indecible, mas la estructura volverá a reconstruirse. Lo que cela, o lamentaría, si fuese el caso, es que ocurran daños allí, en determinado aposento donde guardó sus flores, sus libros, las memorias de lo que llamara la ‘grandeza’ mexicana, jamaiquina o dominicana, o de cada nación por la que pasa. Y, sin vacilar, penetra al lugar.

Cotejará los tesoros que han sido como un deleite de Ovidio, o un recuerdo de Virgilio, ofrecido con gestos olfativos, provistos desde la Arcadia. De este modo, acercado a una pequeña urna, a riesgo de sentirse contrariado y herido, se inclinó a examinar. Apenas estaba destapada, pero sintió el olor de su verdad. Salía tan tenuemente, a lento trasgo, vaporosa como a cuenta-gotas. Guardaba la frescura de la ocasión en que apresó su pensamiento, y lo hizo palabra de jardín, valva benéfica para el alma de los lectores, visión mística de una danza en la espuma de un remolino en las aguas; espuma batida a los pies del loto.

Ahora se extasía con la sensación de un viento selvático que apagaría todo fuego, empujándolo sobre una cantarina lluvia que caerá entre cedros y estructuras madereras y caobas que servirán para contener el peso del techado. Hay tormenta de amor dentro de la catedral. El religioso, nacido en Valpeñas, examina sus potes, macetas de flores aromosas, sus papelerías…

«Una lástima que todo se haya perdido por el fuego», le dice un ayudante, compadecido al ver a Balbuena tan callado, semi-ausente, embelesado. «No todo. Lo mejor queda. Su verdad, la esencia. Quedan los olores», contesta, «los holandeses no se llevaron lo que es únicamente valioso para nosotros, lo espiritual que no comprenden, sea en Jamaica, o San Juan, o Guadalajara». La poesía estaba allí como el alma sentida; «aquí, en esta urna, ojalá que yo descanse o lo que sea de mí, si he de morir en cenizas».

Cortó al rato, por no tanto ver la condición del patio y despasear por dentro y fuera de los predios, unas hojas de menta y se preparó una infusión que cocinó, hirviéndolas, desde una sala sin techo; se gozó el fuego lento y el agua que danzó en la cacerola. «Aún me deleita, como a Ovidio y Virgilio, el olor de claveles y rosas, aún la menta en mis labios. No se ha perdido todo. El olor por el alma se reparte. Esto sigue bello como el día que entré como obispo. Aquí hay mucha belleza y verdad; mientras se retenga este olor, hay capilla y catedral, hermanito».