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Se me muere Benny Massó

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y me arrasan las borrascas de la ausencia,

me desvelan los cuervos embravecidos

con sus picos cargados de urgencias

impostergables que han dejado de serlo.


Dejo de mirar la pantalla electrónica

pues ninguno de los nombres es el suyo.


Enfrento, desconcertado, un presente

que descarta las lecciones del pasado

que amenaza al futuro con la muerte,

las banderas del odio doblando astas,

los gritos en la calle revestidos de muecas

pues solo se escucha a los propios,

a los fratricidas, apellidados de adversarios,

fascinados con la sangre que aún no se derrama,

la sangre envasada en frascos de múltiples colores,

el fuego en sus entrañas aguijoneado

por esa ira de razones acorazadas,

con esa pasión armada de entendimiento

que nadie más comprende porque “se nos va la vida”,

porque “solo en la victoria descansamos”.


Se me muere Benny Massó

y mi cabeza cuelga sin su hombro

que siempre supo sostenerla,

mis palabras no hallan eco

en su oreja de concha de mar

rebosante de Universos.


Mi mirada recorre su cabeza inclinada

como en oración ante un ser superior

que solo habita en su propio espejo.

Su respiración pesada, entrecortada

no desarropa la sonrisa pródiga,

fraternal, discreta, elogiosa,

que a tantos cobijó y celebró

con honrada alegría.

Sus brazos de ébano pulido

descansan de su jornada

de cien mil abrazos solidarios.

Su mirada hacia adentro

recorre sus aciertos y desaciertos

y se abre paso al infinito

donde confraternizan las almas

que hicieron de la bondad un evangelio,

un estandarte, un relicario, un poemario

de amorosa resistencia y noble lucha.


Se me muere Benny Massó

y no puedo evitar sentirme solo,

como no puedo evitar sentirme

afortunado, agradecido, amado

por un ser que cultivó esa paradójica,

extraña, maravillosa, dolorosa y jubilosa

tarea de ser humano, así por separado,

porque se puede ser sin ser humano,

se puede vivir y morir sin serlo del todo,

pero no se puede ser Benny y dejar de ser

otra cosa que hijo, padre, amigo, hermano.


Hasta pronto, Benny, pues la eternidad

nos espera a la vuelta de la esquina.