Mar06272017

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Ercalú Notovsky

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altErcalú Notovsky era un experto en planificación urbana computadorizada y tenía a su cargo, muy merecidamente, la encomienda de diseñar la destrucción de las antiguas zonas residenciales, ya obsoletas por el exceso poblacional, así como de la construcción de los nuevos complejos de vivienda horizontal y carreteras multipisos que prometían resolver un poco el desmesurado hacinamiento citadino.

Sus propuestas le habían ganado el respeto de sus congéneres, a pesar de lo maravillosamente extraño en él, pues, a decir verdad, la única luz bajo la cual podía estar era la de la computadora. Se dice que uno o más de sus genes sufrieron una mutación cronológica irreversible, por lo que parecía morir durante el día y vivir durante la noche. Nadie se había percatado de ello mientras usó pañales. Pero gracias a la tecnología, pudo resolver lo del desarrollo de su inteligencia y de la interacción social y sicológica con sesiones de ayuda profesional vía internet: trabajador social on line, redes sociales con interesados comunes, sicólogos, terapia multidisciplinaria a distancia, desarrollo del pensamiento crítico y lectoescritura, entre otras. A pesar de su fotofobia, era, curiosamente, un ser de piel luminiscente. No se alimentaba de sangre ni padecía de manía lupina. Tampoco se había mostrado renuente ante algo hasta que le sobrevino la desgracia.

Su jefe del Banco Mundial, le ordenó sustituirlo en la siembra de una semilla en ocasión de la inauguración del Primer Parque Liberal de Árboles Urbanos. Le habían comisionado dicha tarea tomando en consideración el sacrificio que sería, para él, el romper un día.

Con cierta palidez virtual y dificultad heroica, marchaba bajo el espectro del candente sol… La semilla… se decía, algo confundido y ya deshidratado. La había olvidado. Extrañamente, veía el sol incrementar su tamaño a la velocidad de un virus. Los mares, los lagos, los ríos y las fuentes se secaban ferozmente. La inusitada sequía global acababa con todo lo vivo…

Unigénito sobre la tierra y aún luminiscente, Ercalú Notovsky continuó divagando como en un sueño apocalíptico, tempestuoso y repleto de imágenes de agua, rayos y cúmulos desesperados, para luego expirar en la oscura y fantástica escasez de sí mismo.