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Convergencia

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altOtro instante más en este lugar limpio y poco iluminado. Me gustan los espacios sombríos. Me hago el invisible cuando quiero. Me he pasado la vida en las sombras, en las penumbras de las pirámides. Ya no puedo precisar el tiempo, es un acto de soberbia exigirle a mi memoria. Pero la memoria es implacable y sabe arrinconarme en un callejón sin salida. Me castiga sin piedad. La claridad me inhibe. En la oscuridad descubro el cosmos.

Venía todos los días. Y se acomodaba en aquel rincón. Recuerdo el primer día que lo vi entrar por esa puerta, recién la había cambiado. Hacía poco tiempo que había comprado el pub. Estaba comenzando con los arreglos. Cada cierto tiempo hago cambios, así complazco a los viejos clientes y atraigo a los curiosos. Entró con una mochila, se acercó a la barra, pidió una copa de vino tinto y eligió la guarida. Desde ese día llegaba siempre a la misma hora y se ubicaba en la mesa.

Llego a la hora del silencio. Se parece al silencio de la medianoche que me impide volver a agarrar el sueño. Me gusta el silencio. Me gusta el silencio de este lugar. Lo percibo en los espejos, en las maderas, en las botellas de vino y de licor, en las paredes que guardan secretos y en el piso que esconde cadáveres. Me acerco a la barra, ignoro los espejos que buscan mi mirada, pido mi copa de vino y me siento aquí. Empiezo mi ritual. Desde aquí veo a la gente que camina absorta por la calle, tratando de seguir su rumbo.

Al principio me pareció un errante divagando en una ciudad sin puerto. Una ciudad inhóspita, donde los extranjeros llegan buscando refugio en días de huracanes y solo encuentran rechazo e indiferencia. Con el correr de los días me fui convenciendo de que era un poeta, un poeta sin versos ni rimas, un poeta de la vida. Un poeta que se negaba a escoger palabras.

El cristal puede ser una interferencia. En mí es un filtro, una manera de percibir al otro. El otro que no me ve ni me presiente. Percibo su alegría y su tristeza, su muerte y su pasión. Percibo lo que no percibe el otro, lo que no puede revelarle el destino. Y me duele enterarme. Quisiera no saber nada de su vida. Percibo su dolor en mi dolor. Me duele el dolor del prójimo. Me duele el dolor del artista. Su dolor es mi dolor. Cierro los ojos pero es inútil apartar el recuerdo, su alma está en mi alma y yo soy él, pero él está condenado a no ser yo.

Me acostumbré a esperarlo todas las tardes. Llegaba cuando se ocultaba el sol en el horizonte. Cuando la noche empezaba a arropar a la tierra y a provocar temores en los sensibles. No llegó ni un día tarde. Parecía que tenía sincronizado su reloj con el universo. Venía hacia mí y me saludaba. Le servía la copa de vino, pagaba y se marchaba a la mesa. Estaba en el lugar más apartado del pub. A las cinco horas se levantaba y se despedía con la mano. Se retiraba a la hora que empezaba a llenarse de gente el Finnegans Wake.