Oda del viento y su ciudad

altA veces los poemas del aire,

regresan sin ellos mismos a su espejo;

a veces como en una tristeza,

llevan una fiesta lenta de ahogamientos;

el gran aire es una campana que se decapita

y en su ciudad la muerte, y en la muerte nombres;

el hombre se vuelca en un silencio prójimo,

y se pone a recordar sus hábitos de sombra;

hace memoria de la única herida que ha compartido con todos

y el viento, lanza pistilos transparentes sin preguntar las puertas.

Mira esta ventana, ese gris, el ruido,

las galernas con brazos fríamente en cuchillos,

y mira cómo te vas quedando callado,

como este golpe de una ciudad de aire te roba todo,

y haces oraciones, buscas cerrar los ojos, temes,

eres dócil, y buscas descansar bajo el tapiz de tu dios,

nada es antes-dices-ahora todo debe ser distinto,

y el gran aire pone el peso de su vientre hacia tus lágrimas,

y te acurruca los pecados, y el fermento de tus palabras;

esa memoria que de pronto invoca su propia inundación;

ese baile roto de tu rostro, contra otros rostros respirados;

no sabes ser mortal, no sabes vivirte, no tienes respuestas,

y ves cómo esa ciudad resquebrajada hace fuegos a la noche.

Has dicho: debe haber un final.

Te han mojado horas y encierros solo de tu alma,

pides un fin, ni agua, ni lluvia,

solo este miedo que resplandece de cimientos,

y has recordado el cielo,

como una última vez, antes y después,

pero el gran aire en su ciudad,

te ha visto desnudo,

sin ti, mintiéndote al espejo.