La clave y el compás

altMe pidieron que escribiera un párrafo describiendo la siguiente escena vivida por esta servidora cuando era niña, así que heme aquí.

Tendría yo unos 5 o 6 años, quizás un poco más. Hay que hacer la salvedad que estos relatos son narrados desde mi punto de vista, puede que algunos datos minúsculos terminen siendo hiperbolizados. Pero, si exageramos algo o a alguien que en realidad es minúsculo pues pasa a ser about right, ¿no?, so, sigo en mi línea de pensamiento.

Decía pues que era como de 5 años cuando me asomaba al balcón y detrás de los arbustos de Cruz de Marta que mi mamá tenía sembradas a lo largo, tipo columnas, del caminito que daba a mi casa desde la acera, lo miraba. (Ahora que lo pienso por la acera de mi casa caminaba gente siempre... hace mucho que no sé lo que es eso).

Escondida detrás de la Cruz de Marta, lo miraba y lo veía feliz. ¡Mi papá era tan guapo!, debo aceptar que lo busco en cada uno de mis compañeros de alguna manera... Busco sus ojos, o su boca, o sus manos o su color, o su sonrisa o su arte, o su personalidad. Lo miraba mientras le daba a los bongós, o a las congas o no sé a qué instrumento africano le pegaba con gusto mientras él, a su vez, miraba a su amigo, nuestro vecino, negro como la noche, tocar la trompeta totalmente desafinada acompañando a Maelo que sonaba detrás.

Se lo gozaban, se lo vivían, les encantaba, los hacía volar, se imaginaban que tendrían una audiencia de frente en un club pequeño de Vietnam en algún día en que la guerra los llevó a algún pueblito de paja de ésos que salen en las películas cuando documentan la guerra más absurda de todas las guerras absurdas de ésta absurda “humanidad”: Vietnam.

Era muy pequeña para preguntar, pero siempre me parecía curioso si mi papá y mi vecino se conocieron en la guerra o si se conocieron en la vecindad. ¿Cómo es posible que terminaran de vecinos? ¿Sería que el gobierno les dio incentivos para poblar esas urbanizaciones a los veteranos pensionados?, retirados? o quizás a los que quedaron tristes y buscaban sufrir en unidad.

Mi vecino era alcohólico, de los que beben perfume de mujer barato. Mi papá fue un drogadicto. Ambos regresaron con la mente muy llena de nubes naranja, de rojo de sangre, de negro de miedo y de azul de dolor.

Pero se juntaban, cada día se juntaban, uno llevando la clave y el otro el compás como Maelo: “...lo miiiiismo canto un guapango, una rumba, una guaracha y un rumbón, pero mira, mira, mira, yo pongo, pongo, pongo a bailar a un cojo. ¡Lo vacilo con la clave y el compás!. ¡El son montuno se lo canto yo a mi antojo, se lo pongo como a usted le guste más...!”. Y se lo gozaban, se lo vivían, les encantaba, los hacía volar... Y eso es lo que yo recuerdo de mi papá.

El hombre más cool que por tan poco tiempo he conocido.

¡Ecuajey!