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Ceremonia para sobrevivientes (notas desfiguradas al paso de un huracán)

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alt¡Un tanto por ciento! ¡Qué lindas frases!

¡Encierran algo científico que tranquiliza!

Cuando se dice un ‘’tanto por ciento’’

no hay nada más que hablar; ya no hay por qué

preocuparse…con otro nombre, la cosa

nos preocuparía más.

Fedor Dostoievski


Crimen y Castigo

La vida es una cosa fenomenal

Lo mismo pal de alante que pal de atrás

Luis Rafael Sánchez

La guaracha del Macho Camacho

Escuché el ‘’por ciento’’ en esa voz sedativa del anunciador seleccionado por el gobierno mientras nos decía lo bien que va la recuperación, los dos, tres y un tercio de barrios que dispersos en nuestra geografía 100x35 ya tenían luz eléctrica, dando un respiro a la estadística. Su voz sonaba almibarada, dirigida al atontamiento del radio oyente, a brindarnos la buena suma de lo que se espera-aunque la de Ramón Rosario y Cortés en su megafonía imitaba lo contrario-; esa cosa fenomenal de escuchar nuestro ego interior, desabrido y todavía ajado del atropello del huracán más tirano que nosotros en la carretera jugando a los sobrevivientes. Ese ego interior diciendo con martillitos incisivos “orita nos toca a nosotros” sí, la llegada del chispazo que hizo alguna vez de Thomas Alva Edison un ícono del capitalismo y el comercio.

43.7 por ciento, leía el último informe de la AEE antes de la zozobra de Ricardo Ramos. ¿Cuánta gente ha sido ya iluminada? Existen los generadores, que, hacen una réplica bendita de la electricidad, y con un buen receptáculo en el bolsillo, hacemos posible gracias al diésel o la gasolina. Me declaré sobreviviente, con ritual, iniciación y oráculo, haciendo mis respectivas filas en el supermercado, con su hedor a carne ausente, a filete de pescado, a góndolas desnutridas, y en espacios sin elección. Me fui haciendo sobreviviente en curso, mientras realizaba, dotado de la paciencia de Job, otra fila en el garaje, resistiendo el insumo de las horas, la asfixia, las caras adustas así rayando como en una película de Luis Buñuel los límites de la histeria, tan domada por el silencio. Vuelvo a la sobrevivencia, cuando la palabra “fila” a veces inútil, pero primogénita de esta crisis, se convierte en una ley de gravedad, chiquita, oronda, pendenciera, porque la filosofía calle, saca sus mejores tomos de malicia, y el canturreo agrio del “más fuerte” se apodera de sus nuevos territorios. Nunca antes, a pesar del “huracanazo’’ al que llamaron María había visto tanto falta de civismo; era que, los semáforos, esos pacifistas de tres colores, nos aguantaban los instintos a lo “Taras Bulba” y ahora están perdidos en la eternidad de los planos energéticos, que tampoco aparecen. Carril contra carril, con la palabrota a son constante, el “quítate tú, para ponerme yo” es buena elección de sobrevivencia de los nuevos boricuas post María. Por cierto, ¿cuál es el “tanto por ciento” de los semáforos funcionando, alguien sabe?

Elijo sobrevivir por la interpretación de la oscuridad. En mi urbanización, todo el alambrado está en el piso. Un sábado de esos de la crisis, mi vecino nos lo informó, luego de otra burocrática reunión con los portavoces del circo en sencillas palabras; “tardará 4 meses en que nos pongan la electricidad” Me sentí rodeado de una paciencia y tranquilidad patentizada en el Tibet. Incluso, lo catalogué de “milagro” pues Marta y yo, somos pesimistas ante tanto por ciento de recuperación que hace el gobierno. Pero desde el apagón, la noche ha sido otra. Ver tanta constelación allá arriba, con sus cuerpazos lentamente en viaje en un universo sin dios y otras historias, es más que una religión, o un partido político. Tantas respuestas llegan desde una soledad particular que lo único que produce es paz. El infinito, ensismismado en su magía o trópico, se siente tan cerca a la pupila, a las manos, se te ofrece, se hace definitivo en seducción, y se deja interpretar.

Soy sobreviviente en ritual y práctica, escuchando la historia del buen samaritano perdido en puerto. ¿De qué hablo? La infinidad de aportaciones que ha hecho la diáspora y lo que no es diáspora y las “malas manos” convirtiendo en mansedumbre personal, lo dispuesto a los que lo han perdido todo. Mala ley de abundancia, ésa, la de echar para tu casa lo que otros necesitan. También-con la boca de comer-de esos filántropos de aguacero y bendición que vienen a dar sus dotes de cocineros al servicio de la humanidad y se meten 11 millones de dólares como buen hijo de…dios, engañando a un pueblo todavía aletargado por el hambre y la necesidad; me preocupó poco el analisto político, que come bien, y lo promovía como ‘’salvador’’ de la circunstancia; lo que me sí me preocupa es la mentira y el abuso del hambre de muchos, aspirando a una finísima esperanza, y esas lágrimas que brotan en el agradecimiento más puro cuando se llevan un sorbo de agua embotellada a la boca, sí, hay que ser más que sobreviviente para sentirlo, y mejor para denunciarlo.

Han pasado dos meses desde el temporal, vaya, y sí que bien se escucha el “¿qué será de mi Borinquén cuando llegue el temporal?’’ recitados a perfección en esa plena legendaria. Mientras mi patria se arropa de contratos, unos de miles, otros de millones, mientras un legislador le mete el puño a su amante cerca de una carretera que conduce un motel en Santa Isabel, y luego se declara invisible, ‘’esposo y padre de familia’’ tras la mazmorra de los procesos burocráticos y legales-este tipo es digno de el más virulento discurso de la gran Flora Henriette Tristán, heroína de los derechos de la mujer-mientras más de la mitad de los hogares reciben ya indiferentes el nombramiento del nuevo director de la implosionada AEE y cada mañana, alcanza a observar, una vez más, desde su ventana ese amasijo de tendido eléctrico, transformadores y otras maldiciones, sin remedio o cercanía a una solución ‘’normal’’ mientras las ‘’plantitas eléctricas’’ gruñen el sonido ya en coito inevitable con el insomnio de muchos, aspiramos a sobrevivir, vivimos para sobrevivir, nos llenamos de ese espíritu quizá dormido por las burguesías de la comodidad, por la cotidianidad de lo moderno, lo fácil y lo accesible; otra cotidianidad nos bautiza en su lección de vida y vuelta a la naturaleza, al diálogo, a los polvorientos juegos de mesa, al compartir, y como nosotros en casa, salir a mirar el espacio tan delineado por Copérnico, Johannes Kepler, Galileo, o Tycho Brahe; una mirada silvestre y sin intermediarios de un dios sin raza o estrata, que nos habla de la infinidad del hombre, que de paso es una declaración de sobrevivencia.

Lo demás, puede esperar, en cualquier por ciento.