Mar10232018

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Bajo la luz y el tiempo del Cirio (Primera entrega)

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altEnciendo un cirio blanco para comenzar a escribir. No conozco otra manera de organizar mis pensamientos que no sea con el fuego. Algo se quema y me construye. Sin embargo esta noche oscura vuelvo a escuchar el viento violento y devastador de aquella otra noche del 20 de septiembre cuando una bestia desde el cielo se formó para amenazarnos de muerte a todos los puertorriqueños y otros habitantes de nuestra Isla. Desde entonces no escribía. A penas dos meses antes mi familia pasaba una gran tragedia que nos dejó a todos en estados de perplejidad y profunda tristeza. Y aun no nos recuperamos. Estos cirios se encienden por la memoria amada de ese ser que perdimos. Vendrá un mejor tiempo para rememorar nuestra tragedia personal. Ahora quiero pensar en esta otra tragedia colectiva que vino a desmantelar el Huracán María.


Al día de hoy más de la mitad de nuestra isla sigue a oscuras, sin luz eléctrica. No quiero repetir el vía crucis colectivo de todo el sufrimiento causado por este evento del aire y del agua. Qué luz se puede proyectar con las palabras para enunciar los problemas más serios que este huracán ha levantado sobre nuestra sociedad. Estamos desolados. Nuestros gobernantes han probado desorden y mediocridad. El hambre, la escasez, la siempre pobreza que no veíamos, el desconcierto, las filas, la desesperación. Todo lo humano que antes no nos permitíamos ser. Los más adinerados, se marcharon y rentaron bellos apartamentos en Manhattan y Miami. Nada se ha oído de ellos. Nada quisieron hacer. No miraron. Sus manos marcarán las cuentas de los rosarios para calmar la culpa del abandono. No juzgo. Pero yo sé de lo que hablo. Otros desesperados con niños a quienes proteger, también se marcharon. Confieso que con niños pequeños en la casa, fue una posibilidad. Los míos fueron protegidos de otras maneras, uniendo nuestras familias con lo que cada uno tenía o podía encontrar.

Yo no me fui. Escuché. Miré. A veces toqué. Caminé mucho. El olor a pestilencia y apocalipsis fue intolerable dos días después del huracán cuando ya tuve que salir a comer. Lo que nos aconteció no hubo manera de predecirlo ni esperarlo. Abandonados hasta de Dios, toda la isla fue arrasada por una bestia enloquecida. Rugió como ruge el cielo ante una pequeña masa de tierra, tan pequeña, que por primera vez el mundo entero nos miró. Y lo peor, nuestra situación política nos descompensó… el mundo no nos podía ayudar sino pasaba esa ayuda por manos estadounidenses. Todos los puentes quedaron destruidos, no es una metáfora. Quedamos con esta situación de Isla, aislados, ya no creyéndonos el ombligo del mundo. Nuestras montañas amanecieron rapadas como un ser humano después de la quimioterapia.

Yo sé que en unos meses más, la naturaleza volverá a sus colores, las flores regresarán del vacío. Quien sabe y otras semillas germinarán en nuestro suelo, semillas perdidas de otras islas de furia huracana. Pero los puertorriqueños después de María no seremos los mismos. Hay traumas que no vienen de la niñez. Este es uno de ellos. El trauma colectivo de no tener luz ni agua, fuego para el alimento, un abanico para aliviar el calor y ahuyentar los mosquitos. Una cosa hizo María, nos hizo iguales. Ricos y pobres, todos iguales en el mismo naufragio.

Queda pues esta hora oscura del silencio escandaloso del trópico, pero silencio al fin que hace irrumpir en los que escuchamos una nueva luz. Hemos aprendido esa luz en medio de la oscuridad. Ha crecido en nosotros un deseo genuino de abrazarnos y escucharnos, de alimentar y dar. Hemos reconocido en nosotros una nueva humanidad. Yo que soy tan solitaria, he querido ver a mis amigos, a mi familia lejana al otro extremo de la isla. Ver y tocar, abrazar. Y este es mi abrazo lleno de palabras que entrego con un cirio encendido para creer en el nosotros. Me queda tanto por encontrar.