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¿Por qué ahora la palabra plátano?

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Rafael Acevedo

¿Por qué ahora la palabra Kalahari?

Luis Palés Matos

Entre la pintura canónica de Ramón Frade, El pan nuestro de cada día (1904), y la fotografía descomunal de Víctor Vázquez, El pan nuestro de cada día (1998), se traba un eco en el título que le toca resolver al ensayo.

Prosa.

De las artes visuales a la escritura; en el blog Celabie, la reiteración pictórica (el pan nuestro de cada día) se transforma en un nuevo título (iluminador, demasiado iluminador): “El plátano nuestro de cada día” (2016).

Ecuación resuelta: el pan nuestro ha sido el plátano.

Visualidad: “Uno de los elementos más utilizados por los artistas para representar una idea de identidad nacional lo es el plátano” (Celabie).

La tentación de abrir el libro de Miguel Cruz Ortiz Cuadra, Puerto Rico en la olla, ¿somos aún lo que comimos? (2006), se impone:

“Las sensibilidades gastronómicas que se renovaron a partir de principios del siglo XX, la influencia de las clases de economía doméstica, y los recetarios y manuales que se publicaron entre el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, permitieron una mayor oportunidad de comentar, adaptar, renovar y diseminar, entre las clases más acomodadas, las recetas basadas en plátano que tuvieron su cuna en las cocinas de ascendencia africana y en las instituciones de las cocineras mestizas.”

Vuelta a la ecuación ensayística de Celabie: el pan nuestro ha sido el plátano, fruto menor en los renglones macroeconómicos, pero central en la dieta del esclavo y de los pobres, por lo cual se le conocía, según Puerto Rico en la olla, como “pan de los negros” y “el pan ordinario de los más pobres.”

Comparación y contraste; desde la segunda mitad del siglo XIX hasta lo que llevamos del nuevo milenio, las artes visuales han sido más platanocéntricas que la literatura. Y ello a pesar del “soufflé de platanales al viento” en “Menú” (1941), de Luis Palés Matos, y, como poco, de la sopa de plátano en Elogio de la fonda (2001), de Edgardo Rodríguez Juliá.

Entre la pintura y la fotografía, de 1863 a 2016, el plátano ha sido la comida de la identidad cultural. Consistencia que no se da en la literatura, donde el protagonismo del plátano, desde la décima de Luis Llorens Torres, “La mancha de plátano,” es fuerte durante la primera mitad del siglo XX, pero débil en la segunda mitad, ya que el gastrocuento por antonomasia de esta época, “Historia de arroz y habichuelas” (1982) de Ana Lydia Vega, lo deja fuera del plato principal.

Para matizar ese desfase, que, por supuesto, no borra de un plumazo la importancia del plátano en la literatura, la poeta Áurea María Sotomayor pone sobre la mesa caribeña, donde come con poetas como Derek Walctott, un cuento de Manuel Ramos Otero: “Vivir del cuento” (1987).

Relectura; volver a leer el cuento siguiéndole los talones al plátano: “De Puerto Rico [dice el personaje del cuento] no recuerdo nada excepto una quebrada, una finca de plátanos y panapenes, una sopa de guinea y cuatro hermanos que murieron de raquitismo, de paludismo, de lombrices. Hace más de treinta años que vivo aquí, en Molokai, con los leprosos.”

“Vivir del cuento” cuenta que cuenta el cuento de un trabajador puertorriqueño que no cuenta, desplazado a Hawaii en 1899: “Y el marido de Norma comentó que en Hawaii se daba una yautía que crecía salvaje en el agua pero que por más que habían tratado de sembrar matas de plátanos el terreno de Hawaii no dejaba que la mata llegara a su madurez y la abuela de Norma les enviaba plátanos por correo desde Puerto Rico.”

Cuento que empieza desde cero, “Cuando salí de Puerto Rico no sabía nada de Hawaii,” para elevarse después, como metacuento, al cuadrado autoreflexivo: “El cuento es cosa de mujeres, dijo alguien desde el público, y estoy de acuerdo: Scheherehzada emancipó las musulmanas que estaban en la calle de la muerte y todo contándole cuentos interminables al verdugo.”

Intertextualidad intempestiva; el plátano del cuento de Ramos Otero se cruza con el plátano del ensayo de Lidia Marte en El reino de la imagen: memoria, comida y representación (2008):

“Tomemos por ejemplo un paseo sobre la geografía de un mangú. El mangú es parte de mi historia personal y también de las historias de mujeres y hombres en RD, de sus trayectorias migratorias, y de las relaciones afrodiaspóricas de poblaciones en el Caribe con plantas introducidas durante la colonización… El ingrediente principal del mangú es el plátano…”

“Para vivir del cuento” vuelve a la comida (¡qué no al plátano!):

“La comida que estaba destinada para los emigrantes boricuas la tenían almacenada en la cubierta de abajo [de la embarcación] donde usualmente llevaban el ganado y ahora se engordaban las ratas… la carne cecina estaba podrida, el arroz estaba lleno de gorgojos, las moscas habían puesto tantos huevos sobre las ratas muertas que el bacalao estaba infestado de larvas.”

Tensión.

Puerto Rico en la olla humea:

“… para la mayoría de la población… el plátano... era alimento, pieza central de los platos, salvador de hambruna. Se consideró más como una vianda que como una fruta. Iñigo Abad señaló que los campesinos llamaban al plátano con el calificativo de ‘hartón’ en el siglo XVIII… testimonios del carácter ‘salvador’ del plátano en el imaginario de los campesinos.”

¿Por qué ahora la palabra plátano?