Mié10172018

Last update02:17:26 PM

  • ja-news-1
  • ja-news-3

La irreductible certeza de nuestra fragilidad

  • PDF

alta esa guerrera que responde al llamado de Carmen Rita Rabell

1er. día

Durante horas que parecen siglos

la ululante creatura de lluvia y viento

sostiene su rabioso afán de arrancarle los goznes al mundo.

27 horas después

Cuando al fin se aplaca la perversa furia,

sobreviene un pausado silencio.

Siento como si me hubiesen abandonado en un planeta

desconocido, distante y desierto.

Arrastro mis pies hasta la puerta.

Con la mirada enjuta y balbuceante empozada en la boca,

salgo al descampado.

No puedo dar crédito a lo que mis sentidos me informan.

Por doquiera, destrucción y calamidad.

El revoltijo del tendido eléctrico,

restos de lo que alguna vez

fueron cortinas de aluminio, bambúes retorcidos,

palmeras arrancadas de cuajo,

yagrumos y plátanos destrozados,

dan cuenta del encono de tan siniestra majestad.

Su cresta maligna se encarnizó

con la antes frondosa floresta;

con las viviendas de madera y cinc a los pies de alguna jalda

o cercanas al curso de desbocados ríos.

Ahora sólo quedan muñones desnudos;

jirones de espanto que aturden la razón.

Tanto desamparo atropella los sentidos.

El peso de nuestra vulnerabilidad achica el alma.

3er. día

El clarín de los gallos sigue apagado.

Tiendo mi aturdida lucidez por el viento caliente

en que se mece un par de guaraguaos.

A lo lejos, la cruda luz deja al descubierto

la ahora calva serranía antes oculta.

(Por un instante pienso en la primavera al otro lado del mundo;

en los cerezos en flor y escarchados tras la más reciente helada.)

Desplazo mis pasos inseguros por la vecindad.

A la vera del intrincado camino

sólo encuentro montañas de basura, escombros

e inmundicia fétida,

muebles y enseres echados a perder.

Una bruma amarilla y purulenta me quema las pupilas.

¿Quién ha osado secuestrar la iridiscente vivacidad de las mariposas?

¿Dónde quedaron las abejas empeñadas en cumplir tan gustosa faena?

Sin un pájaro en los ojos, el desasosiego me aprieta el pecho.

Difícil digerir que toda la modernidad

haya sido arrasada de un golpe certero y cruel.

 

4to.día

La terca insistencia de las hojas muertas

cubriéndolo todo hasta taparnos la alegría

me lleva a contemplar las rayas

en la palma de mi mano derecha

procurando con ello descifrar qué maleficio

no entrevimos oportunamente.

5to. día

En medio de las tinieblas y del vendaval de miseria,

cobra magnitud la irreductible certeza de nuestra fragilidad.

6to. día

Por lo bajo me sorprendo tarareando la conocida melodía

(se trata del “Lamento borincano” machacándome las neuronas)

y no puedo dejar ya de recordar las fotos emblemáticas de Jack Delano.

Miro mi entusiasmo tan enfermo de incertidumbre

y quisiera enseñarle a mi corazón a vivir como si no sintiera.

7mo. día

Frente a mi hoy inexistente jardín

pasa uno y su auto deportivo

flotando en una música festiva de altos decibeles.

Sacudo la cabeza sin lograr entender

a qué viene tanta oronda idiotez.

8vo. día

Sobre la inesperada ausencia de agua y electricidad,

la incomunicación con los seres amados,

la histeria provocada por el racionamiento de combustible,

y la escasez de víveres y hielo,

se alzaron y cayeron soles de desazón;

noches de angustia y orfandad.

9no. día

La ineficacia y la indolencia son la orden del día.

Ahora que sólo nos queda un mucho de nada,

me pregunto cuándo rendirán cuentas los depredadores

que juraron sacarnos del estercolero.

Quién les pondrá fin a las tropelías de las rémoras

que asumen el desastre como empresa.

Al despilfarro de sus lacayos.

Cuántas veces habré confundido llover con llorar

durante el interminable suplicio de la espera.

 

Mi buena fe cae de bruces.

 

11mo. día

Los relojes comenzaron a caminar a otro ritmo.

Hubo que aprender a dormir al arrullo

de los broncos ruidos que a toda hora anidan en el aire.

Que emplear infatigables minutos ejercitando la ternura y la compasión;

horas domesticando la impaciencia, también de madera sorda y vegetal.

 

12mo. día

No empece a que desde temprano en la tarde

la diadema de tinieblas arropa todo

(flaquezas, miedos, quebrantos),

la vorágine de la desgracia también

nos ha devuelto la posibilidad de escuchar sin sordina

la belleza del canto de la fauna noctámbula;

de levantar la cabeza y contemplar el milagroso semillero

de luceros dispersos en la bóveda celeste.

13er. día

Del otro lado de la verja,

desde el atropellado pero sobreviviente guanábano,

una pareja de ya no tan ariscos turpiales

procura dar con algún insecto bajo las escasas hojas.

14to. día

Sobre mi despeinado cerebro, el escándalo

vocinglero de una bandada de loros pinta el azul del cielo.

A 14 días del desastre, la esperanza empuja

los brotes de caobas, laureles y almendros.

17mo. día

Hasta que debajo de la gloria del cielo,

poco a poco la vida tornó a salpicar los días

de colibríes, lagartijas y ruiseñores;

de reinitas, pitirres y palomas sabaneras.

Contemplo a mis gatos

jugueteando por el patio

ajenos a la pesadilla.

(Una sonrisa revolotea en mis labios.)

Habrá que esperar a que germinen

las lechugas y sandías que sembramos.

A que florezcan las pascuas.

A que el Sol junte otra vez sus felices astillas de oro

y eclipse el muladar de ceniza enferma que arropa el país.

Entonces, podremos caminar y reír como antes.

Y luego, con entusiasmo adolescente,

otra vez cantar y bailar en las calles bajo la lluvia.