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Mareas para una noche cotidiana de verano

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altDe todo lejos,

y la noche cae bajo su cacería de árboles;

un orbe oscuro es una espalda de ángeles;

un largo camino puede ser un sueño,

la hierba un saltamontes; la piedra, hombres;

hay una brevedad en lo oscuro, un salto de iguales,

cuántico y desnudo, pozo de sonidos, resurrección;

parecemos en la vida, largamente despiertos.

Observo la pared,

ensimismada en su máscara, tiene manos de tierra,

y el frío leve de todo lo que se anima, ese camaleón

súbito y lento de todo lo imaginado; el agua nocturna,

sin cintura, sola de celajes, solo un susurro,

y el más allá de la corteza en los vientos, el ritmo

de todos los patios en un cuerpo que escapa

hijo de su raíz, húmeda.

He imaginado el mar,

su fiera dulce, también oscura,

entre bordes sin pasajero o barco, su puerto alfiler,

donde una plata esclava solo habla estrellas;

el mar, sin el cementerio de Valery,

o los girasoles estrujados, donde Alfonsina

toca sin dolor al amado de su muerte;

el día nocturno del mar, sus torres vencidas,

que solo de pensarlas, se descalzan.

Y del mar, su fruta de mareas,

su simpleza adornando las soledades de este apagón:

hilera exacta de los sitios y su limbo.

La corta cena de pan, dátiles o guayabas, la voz labradora

tan fuerte en este asomo de verano, su caracol,

de arena que quisiera un reino, y el solo respirar

feliz, sin mundo, inalcanzable,

de todo lejos, a la noche.