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Un día en la vida de mamá-bebé (testimonio)

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altAmanecida de recuerdos y charlas con gente que habrá conocido en su infancia, la mañana comienza para ella con los buenos días hasta que abre sus ojos. A veces, con coraje porque está dónde no quiere estar. Pasado el aseo, su paso va cada vez volviéndose más y más lento; su balance, se pierde y como no reconoce los nombres ni el uso de las cosas, las paredes, los muebles, mis manos, las barandas y las rejas, son su apoyo para caminar un poco.

Una vez desayuna, comienza el concierto de música que ella tararea porque recuerda y que inmediatamente pasa a convertirse en un llanto desgarrador para una hija. Y aquí quisiera no ser quien soy de pies a cabeza: quiero ser alta y fuerte y ponerme un escudo antillanto para no llorar con ella. Ser como una enfermera que ha estudiado y entiende y no le duelen sus quejas ni reclamos. “Yo no le importo a nadie” me dice mientras llora; “Papito, mamita, por qué me dejaron”, o “Mi casa, quiero irme a mi casa”, y más recientemente: “Mamá, ven a buscarme. No quiero estar más aquí en el medio”.

Se hacen los intentos del consuelo, con éxito, de vez en cuando. Tenemos la bendición de que es una persona tranquila, aunque con mucha fuerza en las manos. Cuando está de ánimo, sale a caminar unos minutos al pasillo, y al entrar y reconocer que no es la casa que esperaba, otra vez, llora. Del llanto a la siesta, como un bebé que no sabe lo que quiere. Ha olvidado todo menos los nombres de sus padres Pito y Pepita. Reconozco que me gustaría ser clarividente también para verlos si es que, en verdad, vienen a hablarle. Días atrás, se me caía de frente de lado, desbalanceada, pero yo presente. Tuve que llamar al 911 y a mi vecina en varias ocasiones porque como dije antes, sus manos y todo su cuerpo son un armazón de huesos fuertes y pesados. Gracias a Dios nunca se ha roto uno por eso mismo, porque son muy fuertes. Aunque dice mi nombre, no creo que lo haga porque recuerde que soy su hija, sino porque me asocia con el cariño que recibe y a todas las personas que la ayudan o visitan, a veces, las llama igual.

Me dicen que dentro de poco tiempo elegirá encamarse, que es cuestión de tiempo. Esto me duele como si me pegarán duro en el pecho porque lo pienso últimamente a diario, sé que llegará ese momento en el que no podré ser su ayuda, en el que deberé tomar la desición más difícil de mi vida: buscar separarme para que ella pueda separarse y reunirse con sus padres.

Ahora toma una siesta en su butaca cómodamente. Le lavé y sequé el cabello esta mañana y se ve tan ella, tan hermosa, tan mi madre. Quisiera hacer tantas cosas, pero no me quiero despegar de ella. Son las 3:39 de la tarde y ya es hora de descongelar sus alimentos para cocinarlos. Eso sí, debo decir, que tiene un muy buen diente. Se lo come todo y pide más siempre. Llora, de nuevo, extraña a sus padres. Me rompe el corazón porque también yo los extraño y quisiera hacerles muchas preguntas acerca de las cosas que parecen haberle sucedido a ella durante esos tiernos años a los que ha regresado a recordarlo todo: lo bueno y lo malo. Ambas cosas la hacen llorar porque sabe que no está en su casa, ni están sus hermanitos.

Va entrando la noche, intento charlar con ella. Le doy una meriendita para que no me le baje demasiado el azúcar. Ahora me llama mamá, pero dura poco, no reconoce a su madre en mí. Se apresta a llorar por los recuerdos de su niñez. Le explico que va siendo de noche y que hay que cambiarla, asearla, ponerle pijamas para dormir y darle la última medicina. Ella ya no entiende nada, solo me mira con una ganas intensas de llorar “Papito, mamita…”, baja su cabeza, se levanta con dificultad y coopera.

Finalmente nos dirigimos a la camita, y aunque los primeros minutos parezca enojada conmigo, luego comienza su fiesta nocturna con sus angelitos con los que suele reírse hasta rendirse del sueño. Si tengo suerte, eso sucede como a las 11 de la noche como temprano.

Mami es afortunada: tuvo tres (3) hijos. Mi hermana y yo la cuidamos con ayuda de cuidadoras en el hogar o de un centro de cuido diurno. Mi hermano, hombre de su época, ayuda de otras maneras.