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La diáspora se une a la lucha

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alt“Battery Park” señalaba el letrero. El viento fresco del otoño ya se sentía. El amarillo y anaranjado de las hojas de los árboles le daban un toque de postal a la imagen. A lo lejos se podía ver imponente la Estatua de la Libertad y al lado “Ellis Island”, la entrada al “sueño americano” de millones de inmigrantes.

Ricardo observaba con emoción el paisaje. Imágenes de barcos de inmigrantes llegando a la puerta de los Estados Unidos de América le hacían recordar la llegada de los abuelos en la década de los cuarenta a la ciudad de Nueva York. Su padre había nacido en la ciudad y luego la familia regresó a la isla.

-¿Cómo te sientes en Nueva York?-le dijo Fernando. Miembro de uno de los grupos que apoyaban la lucha de los puertorriqueños y latinos en los Estados Unidos.

-Me siento extraño. Es como si no me sintiera parte de esta nación de la que soy ciudadano. Es como si fuera un emigrante latino.

-¿Qué te hizo viajar para acá?

-El FBI me estaba investigando en relación con unas explosiones que han ocurrido en el área bancaria en la zona metropolitana. Mis padres preocupados me enviaron de viaje. Voy a aprovechar para establecer los contactos con grupos que apoyan la lucha contra la Junta Fiscal y el gobierno corrupto de la colonia. Necesitamos levantar y llevar el mensaje a la diáspora y recabar fondos para la lucha. Tenemos que poner en los medios noticiosos de la metrópolis el caso colonial de Puerto Rico.

-Tenemos que hacer nuestra propia “Peña del Bronx” desde las entrañas del monstruo. A veces para lograr la paz hay que luchar a muerte. No podemos entrar de espalda al futuro, hay que mirarlo de frente- dijo Ricardo

-Esta noche tenemos una reunión con varios compañeros en la casa de una amiga boricua que coordina estos grupos de apoyo de varias ciudades como Chicago, Hartford, New York, Florida y Washington, D.C. Es una compañera que emigró con su madre desde pequeña a esta ciudad. Su apartamento está en el East Harlem, el Barrio, calle 122 E.

-En el imperio hay muchos puertorriqueños que, aunque nacieron y se criaron aquí, se sienten boricuas. Como dijo una abogada líder de un grupo de abogados puertorriqueños en Nueva York, “aunque no nacimos en Puerto Rico, Puerto Rico nació en nosotros”.

-Nos encontramos esta noche. Me estoy quedando en el “Village” en casa de unos familiares.

El abogado “W” tenía varios contactos en la ciudad de Nueva York desde los años en que estudiaba en la universidad y participaba en grupos de apoyo en la diáspora puertorriqueña. Al igual que Ricardo sus padres también lo sacaron del país. Cuando Teo y Gonzalo le presentaron el problema con el FBI no escatimó en hacer las gestiones para enviarlo de viaje.

Los puertorriqueños en el norte estaban muy preocupados de sus familias en la isla. Desconocían el impacto de la nueva ley federal sobre la vida cotidiana de sus seres queridos. La Junta impuesta estaba tomando el control político. Eran el alter ego de un imperio que estaba abandonando su territorio.

El área de el “Barrio” era un gran Río Piedras. Los negocios con sus estantes de ropa colorida en las aceras, la estridente música de salsa, los vendedores ambulantes, sus bodegas con productos boricuas y nombres en español, los olores de la comida criolla, las calles aglomeradas de personas hablando en un “spanglish newyorican”, las mesas de dominós con personajes de la época de los cincuenta, todo un pedazo de la idiosincrasia puertorriqueña en la gran ciudad de Nueva York.

En el pequeño apartamento estaban reunidos varios jóvenes. Unos hablaban en inglés, otros hablaban en un español adulterado por el idioma del imperio. El espacio parecía una escenografía de la obra de teatro de René Marqués, “La Carreta”. Un mobiliario de la década de los cuarenta, una sala pequeña con cuadros del “Sagrado Corazón” y “La última cena”, una foto de Luis Muñoz Marín, un retrato en blanco y negro de unos recién casados enmarcado en un óvalo, la bandera de Puerto Rico sobresaliendo en una esquina entre la sala y la cocina. El ambiente modesto de una familia trabajadora.

Una mujer entró a la habitación caminando hacia Ricardo. La presencia de ella provocó un silencio.

Ricardo se quedó observando a la joven mujer. La profunda mirada y rostro serio resultaban intimidante a pesar de la belleza irradiante que ocupaba todo el recinto. Esa mirada la conocía en otra cara, pero no podía identificar a quién le recordaba.

-Tania Garza, un placer tenerte en las entrañas del imperio.