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La niña sobre el acero inoxidable

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altPensaba que estaba preparado para ver los cadáveres. Estaba convencido de eso durante aquella mañana del jueves 18 de febrero de 2016. Por eso subí, junto a un puñado de compañeros de la Escuela de Derecho de la Universidad de Puerto Rico, y una empleada del Instituto de Ciencias Forenses, las escaleras que conducían hacia lo que puedo describir como un puente con cristales. No celulares ni bultos. Había que, como requisito del seminario de Derecho de las Víctimas, dejarlos antes de entrar.

Desde la altura, cual torre de control de un aeropuerto, podía ver a través del cristal, al fondo, a la derecha, a un señor regordete vivo vestido con su bata blanca y reluciente. El gordito vivo estaba sentado tal como se sienta un juez con su bata negra en su sala o su despacho. Pero el gordito vivo estaba sentado a la altura de una camilla de metal en acero inoxidable y con unos huesos, que en el lugar en el que nos encontrábamos, era irremediablemente necesario concluir que eran de un homo sapiens. Le estaba removiendo residuos de carne, cartílago y sangre con una navaja (o al menos eso parecía que hacía desde donde yo lo observaba sin que él se diera cuenta o le importara que lo mirara). Por alguna extraña razón dudo mucho que algún día me encontraré a esta misma persona en un restaurante de costillas de cerdo a la barbacoa.

Justo al frente de esa camilla de acero inoxidable había otra camilla con unas sábanas color azul y con diseños decorativos. La sábana no tenía sangre pero se notaba polvorienta, sucia, marchita. No conozco la historia completa de lo que contenía esa sábana pero puedo inferir que los huesos que estaba, a falta de una mejor palabra, limpiando el de la bata blanca antes descrito habían estado arropados por la misma.

Al frente de esa camilla había otra camilla, pero esta estaba cubierta con un cuerpo inerte. El cadáver desnudo de lo que alguna vez fue un hombre de entre cuarenta y sesenta años de edad, de tez morena con varios tatuajes era observado e inspeccionado con detenimiento por otras dos personas vivas vestidas de blanco que introducían su dedos entre el corazón que por razones obvias ya no latía y las costillas.

Una bolsa color roja estaba entre las piernas del cadáver tatuado y contenía los órganos internos que ya habían examinado. Papel toalla, guantes de látex, agua de grifo, acero inoxidable, sangre, cámaras canon y creo que un radio AM FM decoraba el área de trabajo de esas dos personas. En ese momento le tomé más aprecio a mi pequeño escritorio en el que escribo estas palabras.

Justo al lado, sobre otra camilla de acero inoxidable yacía lo que hacía poco era una joven de tez blanca que, por razones obvias, estaba más pálida casi transparente. No le pude ver la cara porque tenía el cráneo abierto y el cuero cabelludo reposaba sobre lo que alguna vez era su cara. No sé por qué la imaginé con una cara perfecta y ojos claros. Yacía sola y abandonada sobre el acero inoxidable sin sus órganos internos, con el pecho abierto de par en par, cual ventana colonial, desde la garganta hasta el comienzo de su pubis depilado. Ahora me siento culpable por pensarla viva y pensar en lo atractiva que fue o pudo haber sido. Me siento culpable de pensarla y verla como un bello cadáver.

Camino hacia la mano izquierda del puente de cristal y me encuentro en primer plano con el cadáver desnudo de un anciano. El cadáver del anciano, cuando lo observo, contenía una bolsa plástica roja con todos sus órganos en su pecho. Otra persona vestida de blanco comenzó el proceso de cocerlo con la bolsa roja dentro, como relleno, tal como mi madre cosía al pavo cuando rellenaba uno para la cena del día de Acción de Gracias. Una aguja de coser de magnas proporciones penetraba la piel del cadáver del anciano como si el cadáver fuera hecho de seda. Pensé en ese momento que el de la bata blanca pudo haber trabajado en una fábrica de hacer trajes de novia, pudo haber sido sastre y pudo haber hecho otra cosa con ese talento en la costura. Pero allí estaba él, cosiendo cadáveres.

Fue inevitable saltar una camilla. Lo siento. No lo recuerdo bien. Parafraseando a Jorge Luis Borges en "El Aleph" debo decir que los recuerdos son líquidos y la memoria es porosa. Tal vez habían más cadáveres. No lo recuerdo bien, pero más adelante, al fondo, justo al fondo a la izquierda, sobre el acero inoxidable dormía una pequeña niña. No quería pensar que eso que veía era un ser humano. Quería pensar que era un juguete. Una muñeca. No lo quería aceptar. Me acerqué incrédulo. Dormía para siempre una niña que no podía tener más de cuatro años. Pensé por unos segundos estúpidamente en el frío que debía sentir acostada desnuda sobre el acero. No lo pude comprender. Todavía no lo comprendo. Un bisturí le penetraba la piel del pecho.

En ese momento, cuando vi que la niña no lloró, no se quejó ni se movió fue que acepté la realidad. Estaba muerta. Quisiera pensar que no fue víctima de una escena violenta. Quisiera pensar que no fue víctima. Quisiera pensar que murió por causas naturales. Quisiera pensar que falleció mientras dormía en una casa donde fue querida y amada y que no conoció lo que era el sufrimiento. Quisiera pensar que la niña sobre el acero inoxidable fue feliz. Quisiera pensar que la niña sobre el acero inoxidable fue sumamente feliz. Quisiera pensar, quisiera pensar; pero después de haber visto su pecho abierto, no puedo… Desde ese momento, no puedo pensar en más nada que no sea en la niña sobre el acero inoxidable…