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¿Qué traes en tu calavera, Yoni Coyote? (triada en adelanto)

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altLa mejor vista es aquella que se obtiene al borde del abismo o Artefacto para vencer el temor a que esa pradera infinita de agua pueda abrirse y tragarnos como el Mar Rojo (Sistema referido a José Watanabe y a Antonio Cisneros)

por sus beach poets, a Frank Báez

Eso que ves allá.

A lo lejos.

En la misma raya

que parte en dos el cielo y el mar

y que casi se desvanece

en la engañosa bruma de la distancia.

Al costado del azul y opulento

restorán La Rosa Náutica

y detrás de la Piedra del Hombre,

ese siniestro misterio que se traga

a los que presumen de temerarios.

No es una bandada de pelícanos

bailando al compás

del vaivén de la arisca marea.

Son ellos.

Desde que abandonaron los árboles

y las cavernas es así.

Apenas empieza el día

a desnudar su vértigo de bronces

y la noche a arrastrar

sus gordos pies en retirada,

enfilan hacia la costa.

No a aparearse como cangrejos en celo.

Tampoco a desovar cual tortugas soñolientas.

Son ellos, los parientes

cada vez más cercanos

de tritones, sardinas y manatíes,

que se aferran a vivir encima

de sus moradas marítimas y espontáneas.

Todos los veranos,

lo mismo en Arica que en Waikiki,

Puerto Escondido, Melbourne,

Jobos, Rincón o Miraflores,

la playa está infestada de erizos y turistas.

De latas vacías y colillas de cigarrillo.

Para hoy el Negociado del Tiempo

ha anunciado borrasca de tormenta.

Pero ellos, sin remordimientos,

hacen caso omiso

de las advertencias de rigor.

Diríase que aman el peligro

igual que improvisar un valsecito

en un cable tendido a gran altura

sobre la boca del abismo.

No existe ira neptuniana

capaz de quebrantar

su terca voluntad de mástil.

Ni recio viento ululante

ni aleta de escualo

dibujando círculos en las cercanías

que les ensombrezca jamás

el terco mineral de las pupilas.

Al contrario, mientras el resto de bañistas

decide alejarse a toda prisa,

ellos festejan la ocasión

con sorda alegría.

Mantener el equilibrio en la cresta

de la ola más rencorosa

y burlar las garras de espuma y sal

aunque esto conlleve

el riego de ser aplastados

por esa muralla líquida que sin aviso

se desploma sobre sus magros cuerpos:

he ahí su razón de vivir.

Embadurnados de aceite y arena,

se resisten a abandonar ese trozo

de resina y fibra de vidrio.

Han hecho de él

un hogar a su sobria y justa medida.

Aún no están listos

para convertirse en bípedos terrestres

a tiempo completo.

Empeñados en no dejar atrás

las inmensidades oceánicas

que se despliegan a su alrededor,

les encanta irse siempre

por la orilla menos fría

de su anfibia ambigüedad.

En esta parte del techo del mundo

una nube de malos presagios arropa el lomo del mar.

La lluvia cenicienta y majadera sobrevuela

el archipiélago de rocas filosas.

Las olas revientan contra el imponente acantilado

y, al hacerlo, le bordan unas enaguas de espuma.

Las gaviotas, familiarizadas

ya con su presencia,

se les posan en los hombros bronceados

para picotearles los cristalitos

de sal que almacenan en las branquias

abiertas y moradas, ocultas tras las orejas.

Puestos a escoger,

al momento de la cópula,

no discriminan entre faunos

furtivos o esquivas sirenas.

Cabalgar sobre el lomo

de ese potro de agua

es más gratificante

que la montaña rusa

de un glorioso orgasmo jamás soñado.

De sus axilas brotan remos

perfumados a sargazo.

Por el árbol de sus venas

ya no circula sangre,

sino un entusiasmo burbujeante y calientito

cual vino de la cosecha mejor. Así es.

Entre fiebre y escalofrío,

los veo pasar frente a mi perdida infancia

y a las mustias flores del jardín.

(Una alfombra muerta de medusas se enreda en sus pies.)

Los muy desentendidos

ignoran mi triste y grande ración de grasa

varada junto a los cocoteros.

Van silbando la extraña canción

salida de los labios de algún grumete nórdico

atrapado en el más turbio burdel de medianoche.

Ésa que en mis sueños repite un caracol

sepultado en algún cofre milenario.

Consigo llevan los escasos trapos

que apenas alcanzan a cubrir

tan irreverente y curtida desnudez.

También la bandera náufraga

de sus deshilachadas cabelleras

a merced de la ventisca.

Tal parece que mi vecino

y su cuadrilla continúan hechizados

por el relato del tío Jonás

acerca de su estadía submarina

en la panza del legendario monstruo.

Sobre todo, cómo se las arregló

para instalarse en las partes

más blandas y pestilentes

de la voraz e irascible criatura

y no perder la amistad de ésta

a pesar de haberle arrancado una costilla

para luego convertirla en sabrosa barbacoa.

En el diario de un Poeta, 6

Pienso en el gatito que acaba de descubrir que cruzar la vía de 4 carriles en dos direcciones es un acto más que temerario, suicida. Ante los autos que se le enciman a gran velocidad, avanza, zigzaguea, retrocede y, todo temblor pánico, retoma su avance. Azarosamente, logra esquivarlos. (Le hace honor al viejo adagio que reza que un gato tiene 7 vidas.) Se detiene y, aún asustado hasta la médula, voltea en la dirección conocida, pero tras un par de apresurados pasos, gira 180 grados y emprende nueva ruta con el deseo de alcanzar la otra orilla.

La luz del semáforo cambia y no puedo ya saber con cuál destino finalmente se encontró el gatito.

(De no ser por estas líneas que aquí desnudo como si de grabar un bisonte en la caverna se tratara, me crecería en la garganta una cólera ciempiés digna de figurar en el Guinness o en la Enciclopedia Británica.)

La brisa desata sus flautas y violines. Y, secuestrada por los árboles, la luz se calza su verde indumentaria. Levanto los ojos y saco la cabeza de la tómbola de las musarañas.

En el fondo de la tarde, clavada en su mecedora, mi anciana madre no se cansa de repasar el escaso boletín de especiales de una conocida cadena de supermercados. (Por lo bajo, intercambia avioncitos de papel con esa otra que a solas con ella conversa.) Ambos hemos izado la bandera de una tregua tácita al repaso y recuento de la historia del clan familiar, aderezada ésta siempre con el cancionero popular.

Al rato, incorpora los huesecillos de vidrio enfundados en esa bata tan suya aprendiendo cada día a ser más mortaja. Sus pasos sonámbulos la llevan hasta el muro avasallado por la yedra. (Observo tus torpes movimientos y me consuelo pensando que sigues siendo esa hormiguita toda entusiasmo llevando a cuestas un grano de mayor tamaño y peso. Junto los párpados y otra vez eres idéntica a la felicidad que jamás envejece.) Por encima de la barda, el húcar extiende hacia ella la hirsuta melena, los poderosos brazos. Entablan ameno diálogo acerca de los alguna vez refulgentes astros que ya breve completarán su viaje; de los pájaros que en sus ramas mañana habrán de estrenar nuevas canciones. (Desde la hornilla, el bostezo gutural del café me avisa que quizá hoy alcanzamos al solsticio de verano y el paraíso salió de paseo.) Y, no empece a que lo justo sea que las raíces se ocupen de sus faenas y que nada logre apartarles del cumplimiento de las mismas, mi madre le reclama al vecino que respete sus dominios. Como va siendo demasiado evidente el hecho de que la humanidad del corpulento húcar ha rebasado su órbita, éste no responde. Cabizbajo, sólo calla y escucha.

Al cabo de un largo silencio suavizado por virtud de las gardenias florecidas, mi madre termina encargándole rigurosamente su voluntad última: que la siembren a la vieja usanza, pues no quiere que después de muerta le quemen las patitas. (¡Uy! Debe ser terrible estar uno muerto y que el olor a tu propia carne chamuscada también te impregne las difuntas neuronas.) Entonces, resulta ya inescapable que el viento traiga en sus alas la siempre primorosa fragancia de mi padre, todo cenizas en ese cofrecito que coloqué junto a los abuelos.

Sellada la complicidad entre vecinos y oficiada la ceremonia del adiós, ella regresa a su lugar. Desgajadas del minutero unas migajas, despego los sentidos del periódico y noto que una maligna nube de zancudos ronda sus piernas. (Necesito saber tantas cosas que ya no podrás contarme.) Ella sigue sin enterarse de la nueva y peligrosa acechanza que calla y con fingida humildad alerta sus garras en ristra: el virus del zika. (Semejante desamparo me hermana con el gatito.)

Atravieso el umbral y camino hasta la mesa del comedor. Traigo conmigo el frasco de repelente. Me inclino ante los pies de mi progenitora y le aviso que los vampiros en miniatura andan enamorados de sus otrora jugosas pantorrillas de estrella cinematográfica. No empece al Alzhéimer, ella entiende y ríe celebrando mi ocurrencia. Mientras le unto el repelente en la marchita piel, se reclina hacia adelante y comienza a acariciarme la cabellera. A esculcarme el cuero cabelludo, como si de erradicar el último piojo invasor se tratase. De inmediato, me preparo para que otra vez me suelte su discurso acerca del largo de mi pelo y mi antes oscura barba. Que me recorte y que me quite las barbas que desde que tuvo uso de razón asocia con los satanizados rebeldes de ala izquierda.

Pero no, esta vez me sorprende escuchar su voz empapada de misericordia conminándome a que me pinte las canas que cada vez han ido ganando más terreno sobre mis pensamientos. Con ello, me asegura, volvería a verme joven y guapo. (Después de tanta bondad, enmudecen las abejas; pierden la razón los objetos domésticos.) Como antaño, cuando admiraba mi pinta de galán del cine mexicano que de seguro moldeó su modo de entender las relaciones amorosas. (A fin de cuentas, en mi padre siempre percibí un trasunto a Jorge Negrete, cuando no, a Pedro Infante.)

Todavía de rodillas a los pies de mi madre y con las manos embarradas en el remedio para espantar la horda de chupasangres, levanto la cabeza y dulcemente le respondo que ya no soy más aquel muchacho montaraz que vino a llevarse al mundo por delante y que lanzaba la blanca pelotita a velocidad meteórica cuando no, la obligaba a burlar las leyes de aerodinámica. El mismo que desplumaba las más codiciadas margaritas de la comarca a diestra y siniestra. Que ahora apenas soy un hombre que se apresta a cumplir 59 y que esa verdad no puede ser ocultada con un frasco de tinte.

Constelada de ternura, me escucha coronar mi blanda defensa con un: “Mai, no me preocupa envejecer. Además, fíjate que mis canas lucen hermosas. Son testimonio de que he vivido a cabalidad. En fin, me enorgullece sobrellevar mi edad con digna gracia”.

Ella no dice nada. Sólo asiente con la pálida algarabía de su corola.

En uno de mis ojos atesoro muchos instantes eternos como éste. (También en el otro.) ¿Cuánto valen semejantes maravillas para tan golosos depredadores ensañados con nuestro genuino gozo de vivir?

Antes de que ya no sea más el niño que fui mañana, lejos de traspiés y enmiendas, del paso de las estaciones recorriendo las islas, de las historias que me contabas mientras cocinabas o planchabas, del jardín desplegando su delicioso aliento de animal enjaulado, de la lluvia repitiendo lo mismo sobre los techos de cinc y las camas de los enfermos, no puedo contener el ejercitar con infinita gratitud mis amados órganos de llanto. Para mi pequeño placer y por puritito pudor.

Antes de ser nuevamente polvo de estrellas, ventilo y celebro todo esto que me camina por el pecho.

¡Bendito Dios que sale, refulge, se pone y oculta entre todas las buenas madres (y los gatitos) que en el mundo siguen siendo!

Me levanto y, colocando mis manos entre los delgados estambres de las suyas, en un susurro deshojo mis pétalos mejores: “Además, tú y yo, mamá, formamos parte del decorado interior de este único balconcito con vista al misterioso cosmos. ¿Para qué más?”

Y en la frente ahora surcada de telarañas y penumbra que ayer fue piñata de entusiasmos con los que me alumbraba la sangre, le planto un beso escarchado de rosas.

En el fondo del opaco estanque de su mirada, una sonrisa titila.

Espejo que muerde

a Chío, Víctor, el Benja y Punky

Anotó en su cuadernillo de apuntes: “Sólo bastó un leve empujón. Era la hora pico y lo arrojé a las vías del metro porque no me gustaban sus pantalones de felino moteado”.

Sin embargo, el tiempo no le alcanzó a consignar que, no empece a que no se tratara de genuina piel de jaguar, el hecho de llevar puesta tan estridente pieza equivalía a aprobar el que un animal sea destazado para quitarle la piel y con ella confeccionar una costosa pieza de vestir. Y eso, definitivamente, es una crueldad imperdonable.

No pudo hacerlo porque, a su vez, otro detrás suyo lo aventó con gran brusquedad para luego ver cómo las ruedas del bólido naranja lo destrozaban en pedacitos listos para servírselos al gato gordo de la casa. De más está decir que, tras atrapar en las redes de su mirada la imagen del infeliz, el hacedor del crimen logró escapar gracias a la complicidad de la multitud que entre gritos y tropezones se desbandaba aterrorizada por las escaleras del metro.

Probablemente alguien molesto con el ruido, como de herraduras de caballo, que producían sus zapatos al caminar. O a lo mejor fue debido al rosa chillón de su corbata de lunares verde chatré. O tal vez le disgustaba su rostro anguloso, como diseñado a cortos y rápidos hachazos y que contrastaba con sus grandes e inteligentes orejas que todo lo escuchaban. Sí, sin duda ha de haber sido porque le disgustaba la voz de Aceves Mejía y el ahora difunto parecía ser el mismísimo doble de aquel.

Y allí, entre la cochambre de los travesaños, el revoltijo de vísceras, huesos y tendones, quedaron sus inconclusos apuntes salpicados de espanto y sorpresa. Ya nunca más podrá continuar con ese juego de látigos sonrientes.

[N.d.A] izquierdos.reservados©edgardo.nieves.mieles