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La iluminada en los poemas de Raquel Brailowsky

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altCon la noticia de la partida de nuestra amada Raquel Brailowsky, y ahogada por la gran tristeza que esto embarga a mí personalmente y al país, no tuve otra opción que abrir su libro de poemas publicado en el 2018. Aunque Raquel es una destacada académica emérita, antropóloga, historiadora, gestora cultural, también entre sus archivos estaban, casi escondidos, sus poemas. Pude lograr convencerla del gran valor de estos escritos. Recuerdo en particular una tarde en mi casa en San Juan, en mi cuarto, en lo más íntimo del escritor donde está mi escritorio, la sentó junto a mí durante la última revisión de su poemario. Me miró desconcertada preguntándose si estos escritos tendrían valor suficiente. Es esto es una de las características de los mejores poetas, la duda. Sin embargo, ya publicado estos poemas sabíamos el gran valor de este poemario titulado Déjame ganar esta batalla. Es así como el poeta le gana la batalla a la muerte. Son sus poemas el cuerpo inmortal de Raquel Brailowsky.

He llegado a mis inseguridades defiitivas.

Aquí comienza el territorio

donde es posible quemar todos los finales

y crear el propio abismo,

para desaparecer hacia adentro.

Roberto Juarroz

“En esta excursión a la muerte que es la vida,” como diría Benedetti en uno de los cuatro epígrafes que abren este libro, una mujer transita sus andares y se convierte en la iluminada: “iluminada mas siempre sedienta / existo feliz cerca del sol”. Con estas palabras y desde el último poema, La Iluminada, Raquel Brailowsky Cabrera culminará el cierre de este libro tan lleno de fuego. Creíamos saltar de las cenizas a la inmensidad, convertirnos en polvo cósmico, mas este dolor de la carne que como un cangrejo interno se rebela a la conciencia para comernos por dentro, no devora a una mujer amazona, a una guerrera azul:

Ocultas al viento

otras mil cicatrices internas

abrazan la mujer cuando llega a su límite

cuando desdeñoso la mira el espejo de frente

y yo curiosa, descarada y rebelde

le sostengo la mirada.

No existe una mejor manera para trascenderse que llenarse de iluminaciones. Así nos enseñó ese otro loco iluminado y vidente que fue Arthur Rimbaud.

Llevo semanas buscando la primera palabra para comenzar a esbozar en un solo cuerpo los muchos cuerpos de la mujer. Este es un poemario duro, profundo y convulso. Este es un poemario vital y urgente, poemas que, con el ánimo de contradecirse, podrían decir como Jaime Sabines ante los poemas que escribió después de la muerte de su padre: “Maldito el que crea que esto es un poema”.

Mas es poesía en tanto que revela su dolor tan vivo y su dolor tan trascendido. Un cuerpo de mujer que se ahoga, se asfixia, se entierra, se retuerce, se venera, se mira al espejo, al fin se resucita. Ella sabe que es la resucitada. En su texto El detallito, dice: “Desde que tiene uso de razón, sabía que esto pasaría. Es parte de la herencia biológica por línea materna”. Mas es viva y “alborotada”, dice Raquel Brailowsky, como le ha sobrevivido a su madre, a su abuela, a las tías, a las mujeres de su línea genética materna. Aquí la tengo tan viva en sus palabras como viva en su ciudad de San Germán.

La cosa se complica cuando por eventos fortuitos de la vida, fui invitada a Paraguay, llevada de la mano de la poesía. Pues es Paraguay el país de nacimiento de nuestra poeta Raquel. Conocí su otro país, sus sobrinas, su hermano, sus primos, el guaraní, los encajes, el maíz, la Basílica en Caacupé donde pedí tres gracias, sus bailes, el genotipo de bellas niñas que parirán con dolor a sus hijos, todos esos detalles que componen un país y lo celebran. Raquel fue tema de conversación durante toda mi estancia en su país ahora también parte de mis afectos.

Porque lo humano y lo literario no deberían tener diferencia. Mientras más humano un poema, más se acerca a mi piel, a mi propio cuerpo y manera de existir por el mundo. Mientras más humano un poema, más me recuerda que yo también soy parte de esa raza. Mientras más humano un poema más arde en mi propia piel tan llena de soledades y misterios, soledades que arden.

Vivir es pues caminar entre llamas y arder. Por eso creo en estos poemas: “Alguna vez un sobresalto demostró que tengo corazón”, verso de su primer poema, Pulsación diaria. De sobresalto en sobresalto ha vivido nuestra poeta. Es pues esta escritura, la escritura del cuerpo, y que se une a toda una herencia de escritura, que bajo la lámpara, se escribe en el cuerpo y para el cuerpo. Esta escritura es también un acto de confesión y confesiones descarnadas. Cierto que es una escritura desde la intimidad y ya demasiado tarde para guardarse en los baúles y cajones más recónditos del interior de una casa o la conciencia. Aquí los tenemos, abiertos y expuestos, de cuerpo y sangre.

Ya lo enunció Rilke, la patria del escritor es su infancia. Brailowsky comienza su vida literaria desde una distante infancia que pareciera sucedió ayer de tan viva, de tanto que carcome. La madre muerta a los 28 años, un cáncer. Será esa su única verdad, la que hechizó su vida hasta replicarla. Acaso no es esa predicción la realidad que construimos para pertenecer a una tribu, ser parte de, consecuencia de, final de. Fue la abuela, la madre, las tías, la poeta, cortemos con la hija, cómo lo hacemos. Este es el drama que narran estos poemas inconmensurables. Quisiera incluso inventar palabras largas y nuevas, pero ya hemos vivido lo suficiente para saber que las palabras no son suficientes, por eso el poeta inventa nuevas palabras: “¿Dónde están mis senos / después del senicidio?” Sabemos que los poemas solo esbozan e intentan construir, dibujar, cincelar la vida. Nada es pues la vida misma. Pero la poesía es el imperio de la memoria. Y así hablan estos poemas:

Pasa el féretro repleto de ti

el plomo de tus veintiocho.

Parada yo al borde del camino

el aleteo de mis seis.

Te dejo ir porque ya te has ido

sin mí.

(Umbral de muerte, fragmento)

Ah la eterna réplica, perpetuar, pertenecer, incluso profetizar.

Ventana de luz, eres, madre

retablo de efímeras realidades.

¿Qué haces tú en mí cuando se acaba el alba?

Te has apoderado de mis ojos

para plasmar en ellos tus luceros.

Y me retuerces las ansias buscando

vivir en mis pasos tu partida.

¿Qué haces, madre, cuando acaricio el dolor, herida?

¿No reconoces en mí tu esencia después de tanto revivida?

¿Qué haces, madre, en mí repetida?

Acaso posee la hija la fuerza de una profecía. En ese terrible poema: Despedirme de ti, la voz hablante se desgarra como algo que se descose y nada podemos hacer para remediar, remendar… y dice:

Mañana por la mañana

estará el lecho vacío

si recuestas tu cabeza en mi almohada

sabrás

cuánto siempre te he querido.

Habrá otra manera de decir estas cosas, abrir la boca, decir estas palabras en voz baja, despedirme de ti, hija.

En su poema Lucha a muerte, nuestra poeta llega a su punto de mayor desesperación. La vemos. Yo la estoy viendo. Tiene desnudo el pecho y sus manos aprietan sus senos tajeados. Hasta este instante no ha maldecido. La hija la sostiene, le da esperanza, dice. Pero su enfermedad es un acto de soledad, también nos dice: “Enfermarse es una condición muy solitaria”. Y al fin mira al cielo y grita:

Jesús crucificado

toma este dolor hondo

constante

llévalo a tu cruz

ayúdame a sanar en ti, por ti

Padre todopoderoso

por tu hijo Jesús amado

tantas pruebas

¡sácame el puño de la cara!

¡déjame ganar esta batalla!

Mira que voy amarrada

a tu manto misericordioso.

Mas su grito no reclama. Esta es la poeta iluminada por ese manto misericordioso de la fe. Pide: “Déjame ganar esta batalla”. Una súplica humana. Una sola: “Sale en descontrol una queja / duélome, duélome, Señor”.

La urdimbre con que están escritos estos textos es el irrefrenable tiempo, la vida, la existencia misma y su naufragio. Los decorados de este libro recrean hospitales, enfermeras que abandonan (“¿Cuántas manos tocan mi cuerpo / sin emoción ni quebranto?”), una casa de un solo espejo, habitaciones con los cuerpos multiplicados de una sola mujer adolorida, camas, camillas, y sueños: “Mejor me pongo a imaginar cómo salir del cuerpo mientras me tienen amarrada”, de su poema en prosa, Prisionera coherente.

Y ante el cuerpo que vive sus días sin nosotros: “Es la vida interna de este cuerpo en su fase secreta. / No le hablo ni le incito, vive por mí, sin mí”. Ese ser que nos crece a pesar de nuestra conciencia, que no queremos ver, que ignoramos, ese adentro que un día se cansará o se gastará, vencerá la batalla, no a la muerte, sino a otra dimensión del existir.

Los caminos de la vida son demasiado complicados, tan llenos de teorías y religiones, intentos de ligar de dónde venimos y hacia dónde vamos. Antes creía saber algunas definiciones, entender incluso la poesía. Hoy nada sé. De tal manera es mi orfandad. Y sin embargo, hijas de una isla y de nuestro tiempo, Raquel y yo llegamos al mar de la isla que todo lo abarca. El mar como cuna, como seno, como madre y amante. Hay algo de Keats que se vive en ese no saber cuándo nada nos queda: “Nada sé, y sin embargo la tarde me escucha”.

Y ahora entrego este poema que se me desliza inevitable de las manos. Semanas llevo trabajando este texto que dedico a Raquel Leonor titulado: Una niña de arena.

Una niña de arena

tapa con sus puños sus ojitos

cansancio y algún sufrimiento

que seguirá sintiendo el resto de su vida

supo que sería abandonada

cuando vio a su padre

morder la mirada de otra mujer

Su madre

aún tibia en el féretro

hostigada por el cáncer

desapareció repentinamente

antes de cumplir los 30

La veo muy de cerca

entristecida

ataviada con un traje blanco de hilo

papá la sostuvo en el último adiós

a la madre

segundos antes de lanzar la tapa

ya no la vería nunca más

Madres muertas

no importa la edad de la hija

siempre es ella la abandonada

niña de arena y polvo

llevará esa tristeza

por los siglos de los siglos.

[Nota del editor: Este es el prólogo del poemario Déjame ganar esta batalla de Raquel Brailowsky, escrito el éste [el prólogo] por Mairym Cruz-Bernal, el 27 de mayo de 2017, en Isla de San Juan Bautista].