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Vamos a decir mentiras

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“Sin mentiras la humanidad moriría

de desesperación y aburrimiento”.

--Anatole France

¡Válgame, pero que mentirosos somos! Quizás es menester decir mentiras para salir un poco de la monotonía de la vida. Es que el mentir ya es casi una tradición. Considerémoslo de esta forma: ¿cómo vamos a sobresalir si estamos condenados a vivir una vida rutinaria como simples humanos? Lo mencionado anteriormente no es justificación para mentir, pero imagine la vida de los seres humanos por un segundo sin decir una sola mentira y siempre decir la verdad tal y como la percibimos. Me atrevería a decir que el mundo habría acabado por la sinceridad extrema de los humanos y no por el calentamiento global.

 

Somos unos mentirosos por naturaleza, es parte del folklore cultural y estamos rodeados de mentiras desde que somos unos chiquillos. ¿Acaso no son nuestros familiares quienes nos dicen que nos vemos hermosos con equis ropa cuando parecemos desastres andantes? ¿Acaso no nos apabullan de mentiras cuando nos miran por primera vez y nos dicen cuán lindos somos. El mentir es algo con lo que vivimos, sin embargo, considero que la peor eventualidad se suscita cuando nos toca explicar una mentira pues no hay forma de inventar y mantener un embuste sin otro por el lado.

Hablemos un poco de esas pinceladas románticas con las que la vida nos sorprende en ocasiones: el amor, en palabras sintetizadas. En estos momentos nos volvemos unas fieras como de la sabana africana pues por más gacelas (hombres o mujeres metafóricamente hablando) que hayan, queremos una en específico y si no cae de inmediato, son las mentiras las que suelen darnos ese empujón. El cantautor guatemalteco Ricardo Arjona, en su canción “Mentiroso”, nos brinda un poco de luz a este tema cuando menciona lo mentirosos que somos cuando queremos a alguien. Muchos de nosotros, por dibujar sonrisas, nos convertimos en expertos tejedores de irrealidades pues las mentiras se convierten en un ejercicio sin grados de dificultad.

Tal y como mencioné anteriormente, el mentir el parte de nuestro folklore, nuestra cultura, pero en nuestro diario vivir, sobresalen unas cuantas mentirillas más que otras. Por ejemplo, en un hospital, podemos escuchar por cualquier recoveco el clásico: ‘no te va a doler’; acto seguido, una inyección terriblemente grande causa la articulación de una mueca de dolor. Si nos dirigimos a una tienda de ropa, desde los vestidores, algún empleado puede sorprendernos con un: ‘te queda bien’, cuando la ropa le asienta fatal. Finalmente, la usual para esos que desean perder unas cuantas libras: ‘el lunes empiezo dieta’.

La palabra mentira no debería llamarse mentira pues como que adquiere un peso adicional haciéndola ver fea. Incluso, al articular el fonema, los músculos faciales se contraen tanto como cuando masticamos algo que nos resulta desagradable y ponemos cara de asco. Quizás por eso usamos el diminutivo mentirilla, o alguna frase más refinada y elaborada como falsedad genuina o verdad selectiva. Luego de articular esas palabrerías, la mentira evoluciona a una “verdad creíble” pues se empieza a olvidar lo que era, o sea, la mentira, de lo que pudo ser: una verdad auténtica. En suma, mentir es una de las peores cosas que podemos hacer, pues, como sobrellevar una mentira si no es con una más. Definitivamente, buena conversación basada en mentiras debe poseer un excelente cimiento de falsedades lo suficientemente genuinas. Si va a mentir, tenga buena memoria y si no sabe hacerlo del todo, siga las palabras de Jules Renard: “De ves en cuando di la verdad para que te crean cuando mientes”.