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El caribe en el exilio (Puerto Rico, Ediciones Coa, 1990).

A Jimmy, un panita.

Así era él, como todos los emigrantes que por alguna razón humana, habían venido a la metrópoli, en busca de un mejor ¨quién sabe¨.  Para él ya eran cuatro años desde que había partido de su tierra, en dirección de estas enormes fronteras.

Sí, era negro, hijo de uno de tantos esclavos traídos al Caribe, sabrá Dios hace cuánto, y como hijo de esa generación era un obrero incansable.  Johann Lacernic, hijo del Caribe Holandés, llegado a estas tierras con la única idea de trabajar y trabajar, en un medio donde todo blanco es blanco, y lo negro no es nada.

 

Sólo era necesario abrir la puerta, él siempre estaba allí; como todos los días.  Trabajaba en el restaurante de un lujoso hotel del centro de la ciudad.  Su función no tenía nada que ver con las artes culinarias del Caribe: él era el encargado de los desperdicios y la vajilla.  No obstante, él trataba de ver su puesto en una forma distinta.  Sólo pensaba en el título que le había dado el jefe de la cocina al firmar el contrato, el “medwerker algemene dienst”, en otras palabras, el joven lavaplatos.  ¨Que va¨ comentaba él para sus adentros.  ¨Yo aquí vine a jugar, no a trabajar en una cocina.  Me busco mi muchachita, me compro un carrito para viajar por el continente, y juego¨. Nadie imaginaba que en este negro –entre la figura que componían el jabón, los trastes, las sobras y sus manos – se escondía un prodigioso futuro en el mundo del futbol.

Al otro lado de la puerta, como todos los días, estaban ellos, aquellas mujeres y hombres de trajes de seda que en una noche de un día cualquiera decidían acompañar a Johann. Ese domingo el restaurante estaba lleno de ellos.

Reían, gozaban y hacían los cuentos de aquel partido de futbol que vieron durante la tarde. Comentaban de todo y de nada, de las apuestas que habían perdido a causa de la derrota de su equipo.  Hablaban de un negro responsable de la derrota.  ¨Tenía que ser negro¨ decía uno de ellos.  Otra comentaba que no sólo era negro, que además era caribeño, es decir que no tenía nada que ver con el país.  No importaba ahora, a pesar de todo reían de aquel negro.  No imaginaban que el causante de sus penas y de sus alegrías estaba allí, al otro lado de la puerta.

Ya no se preocupaba.  Ahora se concentraba en cada plato, en cada vaso, copa, cubierto, en la comida que sobraba.  Sólo recordaba entre cada plato que secaba, la razón por la cual había emigrado.  Casi como plegaria, se repetía una y otra vez que ¨yo no vine a limpiar platos, sólo vine a jugar para comprarme un carro, una cadena de oro, para comprarle regalos a mi madre cuando regrese a Curazao¨.  No reía, él sólo trabajaba y jugaba.

Al otro lado, luego de la tercera botella, ellos seguían riendo.  ¨No te preocupes¨, gritaba uno a su vecina como si tal pareciera que lo separaban miles y miles de metros, ¨es un negro¨.  Ya no había razón para lamentar, sólo importaba reír.  Mañana habrá otro juego, habrá más dinero para apostar. El postre, café, y sobre todo más alcohol.  ¨A reír¨, decía uno, ¨que todo sea por el dinero perdido.  Mañana reiremos más¨.

Johann Lacernic se concentraba en la limpieza.  Esta no era vida, sólo existía.  No reía, tampoco comía las sobras de las sobras.  Sólo pensaba en ese mañana, en ese próximo juego.  Hoy quedaría atrás, tan sólo un recuerdo más.  Mañana será otro día.  Tal vez, el día cuando llegará la oportunidad deseada: él no se fue de Curazao para limpiar, él vino para jugar¨.

Ya se iban, sí aquellos de buen vestir, buen beber y buen reír.  Para ellos no había privaciones.  En otro lugar, la risa debía continuar con otras bebidas.  Él se quedaría; lo peor empezaba ahora.  La limpieza de toda la cocina, de todos los desastres de los cocineros blancos.  No había buen vestir, buen beber, ni reír.  Sólo había hornos, estufas, pisos por limpiar y pulir.

Era tarde y Johann Lacernic finalizaba otra jornada más de su rutina agobiante.  Contento porque era otro día que se iba y lo acercaba a su gran ambición.  El día en que llegara a jugar con alguno de los equipos de primera liga de Holanda, Francia o Italia.  En su bicicleta regresaba a su casa, por la ruta de un camino oscuro donde la luz del alba renacía.

Como un rayo que detuviera el amanecer, se cruzaron una luz, dos luces, y de repente un instante pudo más que el tiempo.  Ellos en su gran máquina dorada reían.  Johann Lacernic en su bicicleta moría.