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En las letras, desde Puerto Rico: sencillo tributo a Gloria y Jolanda… pensando además en quienes le amaron

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Si alguna vez me cruzas por la calle
regálame tu beso y no te aflijas
Si ves que estoy pensando en otra cosa
no es nada malo, es que pasó una brisa
La brisa de la muerte enamorada
que ronda como un ángel asesino
Mas no te asustes siempre se me pasa
es solo la intuición de mi destino

Fito Páez en Al lado del camino

La muerte, esa dama misteriosa que Nacha Guevara personificó, paseándose entre la poesía de Mario Benedetti, Oliverio Girondo y Juan Gelman, en El lado oscuro del corazón de Eliseo Subiela,  nunca descansa. En palabras de don Juan Matus, en Viaje a Ixtlán de Carlos Castañeda: “La muerte es nuestra eterna compañera. Siempre está a nuestra izquierda, a la distancia de un brazo. Te vigilaba cuando tú vigilabas al halcón blanco; te susurró en la oreja y sentiste su frío, como lo sentiste hoy. Siempre te ha estado vigilando. Siempre lo estará hasta el día en que te toque”.

Pasajes y creaciones que acuden a nosotros hoy porque estos días hemos recibido la noticia del deceso de dos mujeres puertorriqueñas de gran valía. A principios de semana Gloria Paniagua, amante de la cultura patria y boricua, quien laboró en el Instituto de Cultura Puertorriqueña con tesón, colaboradora y facilitadora de infinidad de eventos artísticos y literarios, trascendió este plano físico en España. Amigos y compañeros de talleres literarios que compartieron con Gloria, han manifestado, de una u otra forma, la valía de esta sabia mujer, y el privilegio de haberle conocido.

Por otra parte, Daniel Nina, fundador de El Post Antillano, hacía lo propio el pasado 7 de septiembre, cuando informaba su pesar por la muerte de Jolanda Vélez Pérez, creadora del Instituto Socio-Económico Comunitario, entidad que –en palabras del propio letrado- “le ha servido a sobre 500 comunidades en Puerto Rico en las pasadas dos décadas”. Vélez Pérez recibió en el 2008 el Premio Forjador de la Excelencia que otorga el Non-Profit Evaluation & Resource Center.

Por lo anterior, hoy nuestro boletín, desde Página 0, rinde homenaje a estas mujeres puertorriqueñas que han dejado su huella en la historia cultural y social de nuestro País; con este sencillo tributo también queremos solidarizarnos con sus personas amadas y cercanas, en un momento como este. Y lo hacemos escuchando la voz de tres valiosos poetas: Amado Nervo, José Hierro y Jesús Tomé. Incluimos además, como cierre, una breve reseña de un libro que testimonia el amor en su verdadera dimensión: Verónica, de Coqui Santaliz. Para Gloria Paniagua y Jolanda Vélez Pérez, y a esas personas especiales que le acompañaron en sus respectivos caminos.

*
En paz, Amado Nervo


Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;

porque veo al final de mi rudo camino
que yo fui el arquitecto de mi propio destino;

que si extraje las mieles o la hiel de las cosas,
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:
cuando planté rosales, coseché siempre rosas.

...Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno:
¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!

Hallé sin duda largas las noches de mis penas;
mas no me prometiste tan sólo noches buenas;
y en cambio tuve algunas santamente serenas...

Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.

*

El muerto, José Hierro

Aquel que ha sentido una vez en sus manos temblar la alegría
no podrá morir nunca.

Yo lo veo muy claro en mi noche completa.
Me costó muchos siglos de muerte poder comprenderlo,
muchos siglos de olvido y de sombra constante,
muchos siglos de darle mi cuerpo extinguido
a la hierba que encima de mí balancea su fresca verdura.
Ahora el aire, allá arriba, más alto que el suelo que pisan los vivos,
será azul. Temblará estremecido, rompiéndose,
desgarrado su vidrio oloroso por claras campanas,
por el curvo volar de los gorriones,
por las flores doradas y blancas de esencias frutales.
(Yo una vez hice un ramo con ellas.
Puede ser que después arrojara las flores al agua,
puede ser que le diera las flores a un niño pequeño,
que llenara de flores alguna cabeza que ya no recuerdo,
que a mi madre llevara las flores:
yo quería poner primavera en sus manos.)

¡Será ya primavera allá arriba!
Pero yo que he sentido una vez en mis manos temblar la alegría
no podré morir nunca.
Pero yo que he tocado una vez las agudas agujas del pino
no podré morir nunca.
Morirán los que nunca jamás sorprendieron
aquel vago pasar de la loca alegría.
Pero yo que he tenido su tibia hermosura en mis manos
no podré morir nunca.

Aunque muera mi cuerpo, y no quede memoria de mí.

*

De todo lo que fue, Jesús Tomé

De todo lo que fue nada se pierde:
del seno de lo eterno que se oculta
viene a la viva luz de lo visible,

y regresa a lo eterno de su origen.

Lo que existió y ha de existir
por siempre jamás. Por un momento
se hizo tiempo en el tiempo declinable;
pero será por siempre lo que ha sido.

Y yo seré por siempre, reintegrado
con todo lo que escapa del recuerdo
con todo lo que amé, con lo invertido
en sueños esperanzas y deseos.

Todo me espera allí. Cuando regrese
seré lo que ahora soy, lo que ya he sido.

****

Verónica (Diario de un duelo: La muerte de una hija)

Coqui Santaliz

Editorial Nuevos Rumbos

185 páginas

Un gesto de amor y desprendimiento de la autora de Cuentos del sí y del no y Poema de mis exilios. En estas páginas Coqui Santaliz comparte, mediante la creación literaria, el profundo dolor de quien ha perdido a su hija. Y lo hace con el firme propósito de ayudar a quienes experimentan esa misma situación. A manera de diario, Coqui permite que le acompañemos en su proceso de duelo en el día a día cotidiano. Es ineludible no encontrarnos en estas páginas un desgarramiento que permanece a flor de piel, y su trascendencia. Aquí, paulatinamente, con sus alzas y bajas, el saneamiento, lo que es aprender a convivir con esa fisura en el alma, se instala y prevalece de muchas formas. La búsqueda espiritual de la autora es vía imprescindible, salvavidas en medio del naufragio emocional, que permitan salir a flote y no sucumbir en tales circunstancias. Mientras ocurren y transcurren los pequeños episodios, la escritura, como herramienta útil en medio de la tristeza, impone con suavidad su presencia. Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que Santaliz, en su amoroso y desprendido gesto, nos ha regalado un libro único y necesario.

Desde Gracia y coraje, de Treya Wilber y Ken Wilber, La rueda de la vida, de Elizabeth Kübler-Ross, y En la tristeza pervive el amor de Elisabeth Lukas, no había leído un libro que tocara los temas de la vida y la muerte de forma tan conmovedora.