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Mambo Tequila

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Mambo Tequila era nuestro gordito maravilla.  Diego era porque ya no es.  Dejó de serlo.  No, él fue, sí pasado, no lo va a ser más.  Nos cansamos de él, sí, ya no lo queremos, se fue, se murió.  Que por qué te digo todo esto, déjame que te cuente.  Como ya verás estoy molesto, no me gustó para nada lo que nos hizo.  Resulta que todos crecimos en el mismo barrio.  Sí, allí entre la esquina y el vacilón; entre la cortadera de clases, la cervecita, el tabaquito, tú sabes como era, cosas de gente de barrio.  Pero él cambió y se olvidó de nosotros.

 

Mira, todos fuimos a la misma escuela, la que estaba allí en la calle 12 entre la avenida Martínez y la César Augusto.  Cuando lo conocimos éramos un grupo de tres: Carlos, Tato y yo, sí, Papo el Bravo.  Y entonces llegó el; que yo me acuerdo que cuando lo vimos por primera vez le empezamos a decir “gordito sabrosura”, y a él como no le gustaba, se enfadaba con nosotros, sí, se encojonaba, y nos maldecía.  Siempre nos decía “a mami”, o “eso lo serás tú”.  Sí, cuando lo conocimos él era un pobre infeliz.  De eso hará como 15 años.

Bueno, pero el mambo es, sí, como él siempre decía, “es la hora del mambo”, y cuando fue a Nueva York regresó diciendo que ya no era la hora del mambo, sino que era el “mambo time”.  Nosotros lo oíamos siempre con mucho detenimiento.  Me acuerdo que yo siempre decía que había que dejarlo porque él era nuestra creación.  O mejor dicho mi invento.  Sí, con toda humildad te lo digo.  Si vivíamos en la misma calle, él y yo éramos vecinos.  Lo que Mambito aprendió fue mi obra y gracia; como él mismo decía “todo lo que tengo se lo debo al Señor y,… a Papo el Bravo”.  Bueno pero el asunto es que fuimos a la misma escuela y allí nosotros lo pusimos como navaja de dos filos.

Y en la escuela, luego que la gente se enteró que él andaba con nosotros, ya nadie lo molestaba, al contrario él empezó a molestar a la gente.  Bueno, y él con sus cosas le puso un nombre a nuestro grupo, “The Mambo Gang”.  Nosotros lo dejábamos, no te digo que era nuestra creación.

Me acuerdo que nos metimos a los cadetes, como los “boys scouts”, en la escuela del gobierno.  Bueno la cosa es que ahí se hacían ejercicios militares, y cosas por el estilo.  Bien, resulta que un día, luego de un vacilón de meses, íbamos a tener una parada militar.  Sí, de esas en las que van los generales del ejército y to’ cuento.  Y nosotros teníamos que marchar, tú sabes, sin novedad, como yo siempre decía, aparte que allí iban a estar los viejos de uno, y tú sabes, como decía la canción “salsa y control”.  Bueno, pero resulta que en medio de la parada, antes de llegar al palco de honor, Mambo, que iba marchando junto a nosotros dice, bajito pa’ que el master no entendiera, “a lo Hitler”.  Nosotros lo miramos y nos reímos por dentro porque no entendíamos un coño de que significaba eso de “a lo Hitler”.  Y entonces nos volvió a decir “a lo Hitler”.  Volvimos a mirarlo, y dijo “síganme”.  Yo pensé, ¡Hum! problemas.  Sí, porque Mambito no era un tipo de tanta experiencia.  Tú sabes, yo era un tipo tres años mayor.  Bien, resulta que cuando llegamos donde estaban los generales, y ahí era que teníamos que hacer el saludo militar, tú sabes lo que él hizo, y nosotros de pendejos lo seguimos, dijo a toa’ voz “Heil Hitler”.  Maldita sea su voz.  Aquí nos chupó la bruja, como yo decía en los momentos difíciles.  Se acabó la carrera militar y la nuclear, como bolsa nos botaron de los cadetes.  Suspensión de la escuela.  Desde entonces empecé a molestarme con él.  Pero, qué se cree este gordito de mierda, si “Papo el Bravo” soy yo, es decir el líder de la película, el “John Wayne”, el “Clint” (cómo se llama el otro, el bien machote también,… ¡ah!) Eastwood.  Bueno, en todo caso ése era yo.

Entonces fue cuando empezaron a subírsele las ínfulas a la cabeza y yo empecé a cansarme.  A Carlos y a Tato comenzaban a gustarle las ideas de Mambo.  A mí esto empezaba a apestarme.

Y tú sabes cuándo pasa eso, pues mano, ahí es cuando uno demuestra lo que lleva en el piso de arriba.  ¡Viste! Bien, pues yo me puse las botas, porque aquí el “Bravo”, sí, ese como ya sabrás soy yo.  Bien, entonces, vino la fiebre de las pantallas, y los tatuajes.  Pues vaya mi socio, yo me hice un dibujo.  Fui allí al negocio ése que dicen que es de los chinos (no son chinos na’…) y me hice un tatuaje de águila; sí, míralo, está bonito, se ve, es que está aquí en el antebrazo.  Bien entonces, como a los dos días apareció Mambito con su tatuaje escondido disque en la espalda, tu sabes como era la cosa.  Se quitó la camisa y lo que tenia el desgraciao’ era una mujer “esnúa”, de arriba abajo.  Chico, ahí se jodió la playa, porque ya no podíamos ir.  Bueno, él decía que para él se arregló la playa, disque porque él era tetón y ahora en lugar de mirarle las tetas a él, mirarían las tetas de la mujer de sus espaldas.  A mí me “desgració”, porque mi águila perdió importancia desde ese momento.  Ya nadie la miraba.

Bueno, qué me dices de las pantallas.  Chico, yo que tenía un arete, de esos que tienen un diamántito como los que usan los cantantes, que sé yo Beny Moré, Maelo, sí, Ismael Rivera, (bendito ojalá que el Señor lo tenga allá arriba acurrucaito, mano, en to’ caso montándole una rumba a los angelitos).  Vaya pero volviendo al punto que te contaba, ¡hum! dónde fue que me quedé…!Ah! ( perdona la distracción, pero todavía sigo de mal humor) bueno, pues él apareció un día con un crucifijo guindándole de la oreja.  ¡Me jodí yo! Oye chico, perdona que esté hablando con tanta mala palabra, tú sabes, yo sé que tú doña anda por ahí, pero me pongo ansioso cuando hablo de ese tipo.  Sí, ese tipo todo lo que yo tenía él se lo copiaba.  Bueno, pues maldita sea ese crucifijo.  Mano, el Mambo ése creó una moda nacional, to’ el mundo con un crucifijo guindao’, que si en la oreja, que si en el cuello, que si en el pecho.  Y de paso nos jo…, vaya nos chavamos Maelo, Beny y yo.

Chico, no es que me guste ser el centro de to’, pero lo que pasa es que yo era el “Bravo” hasta el día que él llegó; y te aclaro que yo no soy un tipo “guillú”.  Pero tú sabes, uno era un chamaco de 13 años, mano, un hombre ya hecho y formao’.  ¡Viste! Y tú sabes que uno era un tipo civilizao’, porque cualquiera otro le hubiera metió’ un cantazo bien dao’, tú sabes y al tipo se le bajaban las ínfulas.  Pero lo que pasa es que uno siempre ha sido cristiano (cuál era el nombre de los discípulos ésos, los de Jesús, que sé yo algo así…), vaya y le eseñan a uno cómo tratar al otro.  Mano, yo traté de enseñarle, pero el tipo nunca aprendió.

Cuando me la hizo de verdad fue con lo del baile.  Chico, mira, el bailarín era yo; el “bailarín de la fiesta” como diría la cantante venezolana.  Tú sabes, yo me ponía esos zapatos blancos de punta, mis pantalones negros, correa blanca y camisa blanca (no chico, que no me parecía a nadie de la funeraria), viejo y en el baile yo era “El Bravo”.  Mano y un “Bravo” con porte, tú sabes con caché.  Mi estilo era arreglarme el pantalón, sí, acomodármelo a la cintura, con las muñecas.  Viste man, tú sabes, ni los tipos de los anuncios comerciales en la televisión.  Viste cachendoso.  Y después me “esnifiaba” la nariz, es decir me limpiaba el sudor de la nariz con dedo gordo de la mano derecha.  Mira mano, dime si eso no era estilo.  Pues resulta que la morsa  esa decidió un día venir conmigo a  uno de los bailes, disque tenia un nuevo estilo, yo como siempre lo oía, y le decía “Mambito tranquilo, bajo control”.  Tú sabes, porque el de las instrucciones y experiencias era yo.  Bien, y entonces en el baile, un baile de marquecina, coño pero que era mi gallinero, viste mi “neigborhood” en ingles porque yo también le metía mano al difícil; pues allí pusieron una música electrónica de esas extrañas, mano y la burra esa se ha tirao’ al piso a bailar; él decía que eso era un nuevo baile que había visto en los niuyores, mano y la gente lo miró, lo cual yo hice mano porque todo el mundo pensaba y qué le pasa a este loco, chico, pero la gente le gustó y empezó a aplaudir y a decirle “Mambo Tequila, Mambo Tequila, Mambo Tequila”.  Cuando ya iban por la tercera vez, yo ahí me fui.  Sí, chico, porque el Mambo éste me tenía aficciao’, no había sitio donde no metiera la nariz.

Y en ese momento hablé con Tato y Carlos y dije que ese gordo tenía los aires subidos a la cabeza, que el mundo nunca se había hecho para un gordo que apestara.  Bueno en fin, dije que ya no debíamos ser su amigo; sí chico, eso pasó como hace cinco años.  Mano y el tiempo me dio la razón.  Un día se apareció y dijo que iba a ser deportista, mano frente a los muchachos, y me reí, “qué estará pensando este zángano”, me dije pa’ dentro.  Pues sí, así como oyes.  Deportista y ocho cuartos viejo…  Un día llegó diciendo que le habían dado una beca en una universidad de las del norte, que sé yo, de ésas que son privadas.  Tú te imaginas, que ni son del gobierno.  Disque pa’ tirar la pelota, como él decía, la  pesa.  La cosa fue que se largó del barrio y del país.  Tú sabes que eso a mí me alegró.  Sí, chico, porque hubo paz y tranquilidad de nuevo.

Como si se lo hubiera tragado la tierra.  Hasta que un día Tato me dijo disque el gordo no era gordo na’, disque estaba en los periódicos, y que haciendo marcas nacionales, mano y que iba a viajar a unos juegos internacionales de atletismo en representación del país.  Sólo dije bueno, pero mano, me jodía de nuevo, porque el gordo ése que ahora no era gordo na’ parecía un tipo de esos de revista, de los bien fuerte, bien físico, tu sabes fisiculturista, pues, mano, iba a ser famoso, mano, iban a conocerlo fuera del país.  Chico, y yo clavao’ en este barrio, mano, trabajando en una farmacia.  Chico, es que me pongo de mal humor.

Pero esto no se acaba ahí.  Un día vi una entrevista en la televisión.  La maravilla universitaria, sí, yo sé qué maravilla, “el gordito maravilla”.  Estudiante de contabilidad y atleta, el “ejemplo” para la juventud.  Mano, en to’ caso el ejemplo era yo “el Bravo”, viste que siendo bravo nunca me metía en problemas, mano, y me compré mi carrito, me enamoré y tenía mi doñita, tú sabes.  Mano, de dependiente me subieron a gerente de la farmacia, ya tenía título, cierto que eran cuarenta pesos más, pero bueno, yo era el gerente de la farmacia del pueblo.  Tú sabes, y mi carrito y mi doñita.  Pero mano la gente no aprecia eso.  La cosa es que en el barrio to’ el mundo hablaba de Mambo, bueno ya la gente no se acordaba de ese apodo, ahora decían “viste cómo le va a Manolo, que bien, ese muchacho se fue del barrio, oye y cómo progresó, hasta atleta se hizo, mira un orgullo para la comunidad”.  No chico si no te digo, yo a ése ya no lo puedo ver más.  Pero la grande me la hizo cuando volvió al barrio.

Mano hasta el alcalde iba hacerle un recibimiento.  Chico, y yo no tengo muchos problemas con él, tú sabes, porque a fin de cuentas uno viene del mismo sitio, mano y uno le tiene aprecio a la gente que se ha criado con uno independientemente de to’.   Bueno, pues el cuento es que él llego al barrio y yo estaba allí con mi carrito, mi doñita, tú sabes, viste, como todo un gerente de la farmacia del pueblo.

Vaya, Tato y Carlos andaban también por ahí, mano, y entre cervecita y ginebrita, sí chico, porque pa’ ese evento íbamos preparados con todo y neverita, pues resulta que el Mambo venía por ahí.  Oye y de verdad que parecía un toro, grande y fuerte, mano, y sobre todo serio.  Chico, pues, cuando llegó frente a nosotros, y te digo nosotros porque entre palo y palo y entre cassette y cassette en la radio del carro, teníamos la rumba encendida; allí había 30 personas.  Pues, él llegó, y tú sabes, yo como sigo siendo el “bravo” del barrio, pues soy el que tiene que hablar primero.  Y le digo, “Mambo Tequila”, perdón su “Majestad Mambo Tequila”.  Y tú sabes qué me respondió el desgraciao’ ese, “no, mambo tequila no, Valz Cointreau para ustedes”.  Chico, y yo de pendejo me enteré ayer qué quería decir él con eso.