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EN BUSCA DEL PAPI PERDIDO

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Yo ando en busca del Papi Perdido. Es un detalle que tengo que reconocerlo: el padre se me perdió. Lo debo encontrar para satisfacer algo lo cual al día de hoy no sé qué es. Y como el resto de los hombres del país nos encontramos en una situación similar – estamos en la búsqueda.

No le había puesto atención a este asunto, hasta que comprendí que en un día cualquiera en Santurce, entre las 8am y las 9am., le había dicho a “papi” a una ristra de desconocidos, lo cual me causa preocupación. Mas aun, comprendí que solicito asuntos muy diversos al utilizar la palabra papi, como lo es la recogida de la basura, un billete de la lotería, el que un camionero mueva un vehiculo, en fin, cualquier cosa que corresponde a una clase distinta a la mía sirve para ir en busca del papi perdido. Es decir, a los hombres con gabán y corbata, rara vez les digo papi.

Papi se impone como un código comunicativo inter-clase e intra-género: entre sectores y clases populares y solo entre hombres. Se trata de un gesto de solidaridades urbanas que transcurrida la década de los 1970s (“Mano”) a la década de 1980 (“mi pana”), a la década de los 1990s (“hermanito”), llegamos a la década del 2000, primero con la versión de “papá” y más recientemente con la versión de “papi”.

Esto se ha tornado íntimo y más familiar, por no decir incestuoso, pero la proliferación de pápises en la calle me hace pensar que se nos perdió el padre, y que de verdad andamos tras su rastro. Es decir, aquí Lacan, el otro psicoanalista, tiene “buen taller” para sus cuadernos. Todos los hombres andamos en la desesperada misión de encontrar al padre, por eso lo nombramos a ver si lo hayamos. El padre no ha muerto, sino que su paradero es desconocido.

Me surge una pregunta intrigante: ¿y a la madre la buscamos? Me parece que no. Bajo las decisiones del Tribunal Supremo, la madre siempre se ha quedado en el hogar cuidando a los hijos e hijas. Su paradero es harto conocido.

Bajo los discursos feministas de la igualdad, respeto y los lanzamientos calvinistas de las “fronteras”, decirle mamá, mamita o mami, a una desconocida en la calle, puede conllevar como mínimo un insulto, y como máximo una radicación de una acción legal. Se trata, por tanto, de una solidaridad masculina que trasciende en apariencia consideraciones de orientación sexual y sexualidad, y que ve a todos los hombres de forma igual: como aliados potenciales.

Pienso que inventar al papi en este momento constituye un acto de solidaridad masculina, de re-invindicar la figura del padre, la cual después de 30 años de activismo feminista y gubernamental, ha sido reducida, en su percepción mediática a la de maltratante, no contribuyente de las mensualidades de ASUME, en fin, como decía el merengue, “un bárbaro”. Ante esto emerge la solidaridad en el campamento masculino el cual en el imaginario urbano y cotidiano, valora a todo hombre –de clase no dominante- como un potencial padre. En otras palabras como un padre bueno, educador, proveedor, es decir, el arquetipo del hombre nuevo del Ché.

En fin, las contradicciones afloran y nunca nada es tan perfecto. Por ende, nuestro máximo exponente de música urbana, Daddy Yankee, supo seleccionar bien su nombre – se trata del super padre. Y luego Miguel Bosé lo siguió con su “Papi Tour”. Aunque, Daddy es la globalización de papi – y eso lo entienden desde Bagdad hasta Beijing, vía Ciudad México.

¡Papis de la tierra, Uníos!