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El Museo

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(El caribe en el exilio.  San Juan, Ediciones Coa, 1990)

A Barbara y André Shervington

“Cath, levántate, hoy vamos al museo”.  Eran apenas las seis de la mañana, y la voz de Víctor salía con toda la entonación y fortaleza de un mensaje, una misión divina, guardada por más de 40 años.

Cath, su compañera desde el 1946, entre sueños sin terminar y otros aún por comenzar, se movió hacia el lado de la cama donde estaba él.  Aún no había amanecido y el frío invierno en Manchester, al norte del país, penetraba y penetraba cada pulgada cuadrada de la vieja casa en el barrio obrero de Levenshulme.

Entre sueños y sueños, a los cuales ella no quería renunciar, sólo pudo  responderle con un “hum”, que no daba signos de aceptación o rechazo.

“Cath levántate, se nos hace tarde” exclamó una vez más Víctor, dejando salir en cada palabra el peso y fuerza de su corpulento cuerpo.  Más que nada, reflejaba toda esa autoridad que un negro caribeño, que un negro de Guyana aún tenía a pesar de haber llegado a este país a principios de los años 40.

“Pero, ¿qué pasa?” respondió Cath un poco soñolienta, bastante malhumorada con su compañero por la ocurrencia de levantarla tan temprano un sábado.  “Víctor descansa hoy, apenas éste es el primer sábado que pasas tranquilo en la casa” le decía tratando de recordarle mientras le acariciaba la espalda con mucha ternura otros pequeños detalles que se hacían nuevos ante las circunstancia.  Sus palabras reflejaban más que nada la necesidad de esta mujer de pasar un sábado tranquilo junto a su compañero, quien apenas unos días antes se había jubilado de su empleo.

“Mujer el autobús sale a las ocho y yo por lo pronto hoy quiero ir a Londres”.

Lograron alcanzar el autobús deseado.  Como todo un niño a sus 65 años, Víctor había dirigido a Cath a los primeros asientos de la cabina.  Llevaba una pequeña camarita que había recibido como parte de una promoción del Banco de su comunidad para los recién pensionados que abrieran una cuenta de ahorros.

Cath, cargaba con todo el botiquín de medicinas, necesarias para conservar la salud de Víctor, ésas que mantenían la presión sanguínea bajo control.  Además, llevaba en su cartera todos los comestibles que le sostendrían a lo largo del día.

Víctor pensaba y sonreía.  Se trataba de la culminación de un sueño.  Repasaba lentamente cada capítulo de sus 45 años en este país, que seguía pareciéndole ajeno.

Sólo recordaba cuando allá para el 1943, en su ciudad natal de Georgetown, con apenas 20 años, otros habían decidido sacarlo del país.  Era tal vez pensó en ese momento el precio de ser hijo de una pareja de maestros, de las pocas que habían para aquel entonces en dicho país.  Sonreía, quizás hubiera sido una vida diferente.  El movimiento obrero se empezaba a organizar y la lucha política le brindaba mejores y más interesantes horizontes, que la emigración a la “madre patria”’.

La decisión y autorización fue tomada por otros. Debía emigrar y alejarse de su querido país.  Más que nada, debía trabajar para la Corona como técnico de comunicaciones en ese delicado momento histórico de guerra entre los países europeos.

Recordaba Víctor con el ceño fruncido las ultimas palabras de su padre, “en el ejército obtendrás el pasaporte para hacerte ingeniero.  Más vale un negro con título, que sin él.  Sabes que en Londres siempre hay mejores oportunidades’’.  Con ese recordatorio cerraba un capítulo doloroso de su vida: la llegada.

En todo caso, su vida en Inglaterra también le había provisto grandes satisfacciones.  Su presencia a lo largo de casi medio siglo, le había permitido participar en todas las luchas sociales en defensa de los negros y caribeños.  Tal vez nunca tuvo la oportunidad de educarse formalmente, pero alcanzó el “saber y el conocimiento” que sólo una vida en el exilio podía proveerle.  Al mirar atrás podía ver en Cath y en los niños una de las mayores satisfacciones, en todo caso la mayor, de su vida en Europa.

El conductor del autobús señaló que había un servicio de refrigerios, alguien pasaría a ofrecer algo de beber y de comer.  Su vista se nubló y su única reacción fue sujetarle la mano a Cath.  Ella sonrió y lo único que logró decirle a regañadientes fue: “Víctor, ya tienes hambre de nuevo”.  Viró la cabeza hacia los campos que estaban cruzando en ese momento.

También Cath gozaba y sufría en sus pensamientos.  Este viaje culminaba un pedido que desde 1946 había hecho Víctor.  Por eso, había aceptado temporeramente renunciar a sus deseos.

Cath estaba confundida.  Por un lado, se trataba de su falta de interés de ver el Museo.  Era una experiencia, una historia, que no le pertenecía.  A fines de los 1940 y hasta mediados de 1950 no fueron, más que nada por el racismo existente, por la imposibilidad de aceptar públicamente un matrimonio interracial.

Sus pequeñas agonías eran el resultado de  las recriminaciones de su compañero.  “Si nunca fui a la universidad fue por el segundo hijo que permitiste venir.  Si sólo soy un camionero, es porque en este país, sin educación no se puede aspirar a nada más”.  Esos “gritos” daban vuelta por su cabeza. Sabía que este viaje representaba alcanzar una cultura, que tal vez ella, los niños y el discrimen habían interrumpido hacía mucho tiempo.

Sus recriminaciones eran íntimas, privadas.  La vida londinense al lado de aquel hombre del Caribe, a quien amó inicialmente a pesar de los reproches de su familia, había sido difícil.  La primera peregrinación fue a Liverpool.  Allí buscaba un remanso para ambos, una mujer blanca y un hombre negro.  Sobre todo donde sus niños no escucharan los insultos de vecinos, familiares e intrusos gritándole, ofendiéndole y ultrajándole verbalmente por el simple hecho de su relación con un hombre negro.  También deseaba librarse de las heridas de las turbas racistas cada fin de semana, cuando decidían invadir la comunidad caribeña de Portobello.

A principios de 1970, se mudaron de Liverpool a Manchester como resultado de la depresión económica de la ciudad portuaria.

El conductor anunció la llegada al norte de Londres: en media hora llegarían a la estación central de Victoria.  Ambos se dieron cuenta de que habían pasado más de cuatro horas y no habían pronunciado palabra.

Por fin llegaba al museo.  El sueño dorado se iba a materializar.

“Y bien, Víctor”, le dijo con la mayor amabilidad posible, “hoy se cumplen tus deseos”.

Víctor se conservaba callado.  Lentamente sacó su camarita instantánea: su primera reacción fue tomarle una fotografía a la carretera que cruzaba frente al museo.  Sólo quería conservar un recuerdo de cómo se veía de este lado la calle, que había transitado por casi 40 años como conductor de una empresa de transporte.

Su segundo gesto, también en silencio, fue incitar a Cath para que posara junto al león que custodiaba la entrada al museo.

“Señor, por favor”, se dirigía a un japonés que pasaba junto a ellos. “¡Tómenos una foto!”

“Víctor decía Cath, llena de ira pero apenas hemos visto dos galerías”. “¡Nos vamos!” una vez más le salía a Víctor toda su fuerza de caribeño.

“¿Por qué?” preguntó seriamente.  Aquello no era lo que quería ver.  “Estoy fatigado, Cath” respondió aturdido.

Esta vez, él apretó fuertemente sus manos.  Se dirigieron a uno de los bancos de la plazoleta frente al museo.  La experiencia había sido frustrante: Cath irradiaba sentimientos de desilusión, sorpresas y angustias… una vez más no lograba entender a Víctor quien se mantenía callado.

Nuevos recuerdos venían a su mente: se trataba de saquéos a las antiguas civilizaciones, los griegos, los egipcios; una cultura adoptada, pero no la suya.  Era ver en Londres los frisos del Partenón, los cofres y joyas de los faraones egipcios, en todo caso, objetos valiosos que le pertenecían por derecho moral a otros pueblos.

Posaba un  brazo izquierdo sobre su rodilla izquierda, y sujetaba su cara con su mano extendida hacia ella.

No podía aceptar la presencia de aquellas piezas en aquel museo: resto de una civilización víctima de su desaparición y una nueva cultura naciente de la sangre de los vencidos.  Una historia incompleta, ausente, de los pueblos del
Sudán, Mali, la costa oeste de África.  Su cultura carecía de una historia entre las galerías de aquel prestigioso museo: la historia de ellos los caribeños, negros, indios, amerindios, carecía de documentos, monumentos o demostraciones ostentosas de esculturas: una historia sin jeroglíficos, códices o documentos.  Su historia fue transmitida de generación en generación a través de palabras sagradas, una voz que retumbaba, siempre, en sus oídos.

Un Caribe que entonaba la “rule britania”, los versos de Shakespeare y la poesía de T.S. Eliot. Había otra historia que aguardaba, la historia hecha por un Toussaint Louverture, un Marcus Garvey, o un CLR James.

Unas pequeñas lágrimas empezaron a brotar de sus apagados ojos.  Víctor se preguntaba si aquella era la verdadera “cultura” que su padre deseaba que aprendiera y admirara en las galerías de un museo en la “madre patria”.

Las campanas marcaron las dos de la tarde.  Cath lo miró, y soltándole su mano derecha, echó su brazo por el hombro y se lo colocó en su pecho.  Las campanas habían dejado de sonar.