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Nuestro Fuego

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A los que murieron en el fuego del

Hotel Dupont Plaza en San Juan de

Puerto Rico (1987)

A los obreros también.

“Marta avanza que nos deja el carro”, el viejo Pepín gritaba a su compañera de toda la vida en medio de los ajetreos del último momento. “Te dije que debimos haber empacado hacía dos días, y no haberlo dejado todo para el final”. Se trataba de la mejor contestación que ella podía dar como justificación a la tardanza de media hora.

“Excúsanos Adrían”, le decía Pepín a su estimado amigo, quien en esa noche dominguera había ofrecido llevarlos al aeropuerto JFK. “Pero tu sabes que la doña deja siempre todo para lo último, y pues, que el avión sale ya mismo, se va y nos deja”. Concluía así el viejo sus pensamientos ante un amigo que le hacía poco caso.

Era una peregrinación, algo interrumpida en los últimos años, a su isla querida en el Caribe. Pepín sonreía al poder salir de “El Barrio”, aunque fuera tan sólo por dos semanas.

Aquí las cosas se han puesto tan malas, que en navidades es mejor pasarlo con los de allá”, decía Pepín a sus acompañantes. Ella dormitaba y el otro estaba muy atento al volante: no podían prestarle menos atención. En el aeropuerto, la normalidad de la anormalidad transcurrió sin mayores inconvenientes. Se reportaban al famoso vuelo kikirikí de las 12 de la noche; éste no sólo simbolizaba la nostalgia de los expatriados en su retorno a su adorada isla, era el vuelo más económico para la pobreza del bolsillo de cada viajero.

“Pepín levántate”, decía Marta a su queridísimo compañero en esa mañana víspera de año nuevo. “Vamos a hacer las compras, pa’ la fiesta de esta noche”, señalaba ella con toda la gracia y fraternidad de la gente joven, aún llena de ilusiones.

Pepín no había dormido en toda la noche; apenas pudo dormitar. Su enérgico y juvenil cuerpo se encontraba cansado víctima de las maquinaciones de sus torturantes pensamientos. Todo giraba en torno a conflicto laboral contra la gerencia.

“Negra, a lo mejor no podemos hacer la fiesta hoy”. Sus palabras contenían una doble expresión de dolor; por un lado, ésta habría de ser la primera noche de víspera de año nuevo que pasarían juntos. Apenas se conocieron tres años atrás, él se había enlistado voluntariamente en el ejército norteamericano y lo habían enviado a Frankfurt, Alemania. Allá las navidades nunca eran como en la isla.

Por otro lado, sabía que su compromiso, su empleo, estaba allí, en el hotel, apoyando cualquier resolución que se aprobara en la asamblea que se habría de realizar en la tarde de ese día víspera de año nuevo.

“Mira negra, lo que pasa es que hoy vamos a decidir si nos vamos o no a la huelga, y yo creo que las cosas van a estar calientes de verdad”. Concluía Pepín su pensamiento inicial con esa actitud de quien no quiere la cosa.

Marta lo miró con cara de extrañeza; de preocupación, pero más que nada de decepción ante la posibilidad de no pasar este año nuevo según lo había planeado.

“Bueno, pero a lo mejor podemos hacerla como quiera, tú sabes cómo son las cosas, es año nuevo y tanto los obreros como la administración lo último que quieren es un paro”. Era la gracia de sus ojos y su energía a seguir amando, lo que movía a Marta a buscar la positividad donde tal parece no existía posibilidad alguna de hallarla.

Pepín, quien pretendía hacerse el dormido para liberarse de los cargos de culpabilidad que la realidad le imponía, sólo logró decir, entre murmullos, “ya tu va’ a ver, las cosas van a estar calientes”.

Los abrazos, las reflexiones sobre el estado de salud y físico de los llegados y la anfitrión, más los encargos cumplidos y no, eran las palabras iniciales de este re-encuentro familiar luego de casi 5 años de no verse.

En medio de un suculento desayuno-almuerzo, ya pasadas las 10 de la mañana, el viejo Pepín se reía y se relajaba en la pequeña salita de la casa de su hermana Felicia. “Ay Pepín” le decía su hermana, “pero es que tú te ves de lo más bien, yo que soy dos años mayor que tu podría pasar casi por tu niñera”.

Era ese re-encuentro que les causaba grandes alegrías el que le permitía continuar viviendo, ya en la etapa de la vejez. Era ese cariño más que nada, el que había motivado a Pepín a venir a pasar estas navidades en la Isla.

“Vamos Marta” le decía Felicia a eso de las 11 de la mañana. “Deja que el viejo descanse, y vamos a hacer la compra para la cena de la noche”, concluía así Felicia sus ideas, con la entonación de toda una mujer que se había mantenido sola en los últimos treinta años de su vida.

Ciertamente que el viejo Pepín tenía que descansar, ya que no sólo eran 72 años que llevaba a sus espaldas. Era también descansar de la nostalgia que le causaba volver a la isla. Su isla que había abandonado, en forma temporera inicialmente allá para el 1934, en medio de la huelga de la caña, de la crisis económica y de la PRERA*. Su gran conflicto siempre había sido definir si su partida había sido correcta o, si por el contrario pudo haber ayudado más, de haberse quedado, a su familia, sus amigos, e incluso a sus compañeros que cortaban caña allá en Humacao.

El viejo no paraba de caminar a lo largo de los pequeños compartimientos de la casa de su hermana en Bayamón. “Esta prefirió vivir en una jaula y con calor antes que venirse conmigo a los niuyores a pasar frío”, comentaba Pepín en alta voz ante un “collage” de fotografías familiares que tenía su hermana en la sala.

Su nostálgia continuaba, y pensaba que no le había ido tan mal. Tal vez se había liberado de las jaulas y del calor.

“Obreros unidos jamás serán vencidos. A un patrono explotador…”, en medio de la asamblea en el hotel, Pepín olvidaba el calor y combatividad de sus compañeros. Dirigía sus pensamientos a Marta. El sabía que su dolor sería grande en este año nuevo. Era la fiesta de navidad que ella más había anhelado, sobre todo pasarla junto a él.

“Porque compañeros la gerencia de este hotel ha demostrado su negatividad a negociar, y si de aquí a la medianoche no se renueva el contrato, aquí van a haber problemas”, así decía un obrero, de los que parecía llevar más tiempo trabajando en el hotel, en la forma más dramática y dolorosa que se podía imaginar. Su forma de hablar y de expresarse había atraído la atención de Pepín. De repente sus pensamientos sobre Marta se desvanecieron. Sólo miraba a sus cientos de compañeros reunidos en asamblea. Los trataba de entender, sus caras eran parecidas a la suya; eran seres que ante la ilusión de un nuevo año estaban dando el todo por el todo, incluso la fiesta familiar para la ocasión, por alcanzar un poco de mayor bienestar para ese año nuevo que ya se hacía inminente.

Pero era inevitable, en medio de la confusión, de un voto de huelga, del calor en el salón y del grito combativo del obrero “de que aquí van a haber problemas”, regresaba Pepín a su compañera Marta.

Cuántas falsas promesas o promesas sin cumplir había él acumulado ante ella. La idea de haberse ido al ejército fue para que él pudiera hacerse de una profesión, y regresara con mejores posibilidades en el mercado de trabajo. La profesión nunca se dio y si regresaron fue porque él también quiso. No aguantaba ni el frío ni el ejército, y había regresado a lo mismo. Un empleo cualquiera para ella y lo mejor que él había alcanzado era un empleo de mantenimiento en este hotel. iY para colmo se iba a la huelga! Sólo pensaba que su participación al lado de sus compañeros, era parte de la lucha por algo mejor, no sólo para ellos en el hotel, también para Marta.

En todo caso no era él, el responsable ante sus continuas insatisfacciones para con ella; la vida siempre era la culpable. Era siempre la vida.

Pepín estaba gozando junto a su hermana Felicia y Marta. Se reían y hacían los mil cuentos sobre lo que había pasado aquí y allá en los últimos 5 años sin verse. Ya habían cenado y sólo esperaban que dieran las 8 de la noche para ver en uno de los tantos canales de televisión, la ya tan esperada fiesta de fin de año que se habría de transmitir desde uno de los hoteles de San Juan.

Cuando Pepín encendió el televisor, surgió una voz que daba los últimos detalles del incendio en uno de los hoteles turísticos del área del Condado. Pepín detuvo su mirada en una toma panorámica del incendio, cuyas flamas ya devoraban gran parte del edificio. Sólo se oían voces. Pepín detuvo más su mirada, se acercó y se repitió que sólo se oían voces.

Ambas mujeres detuvieron el conversatorio y se acercaron también al televisor. El silencio de ellas también era total. Sólo Felicia logró decir entre medio de multiples agonías: “ay Virgen del Carmen, ojalá que no muera mucha gente”. Sólo se veían las llamas, se sentía el calor, y sólo se oían voces.

Pepín corría desesperadamente. Desde hacía cuatro horas sólo se movía de un lado a otro tratando de subir por cada espacio aún sin arder del hotel, para rescatar a alguna de las tantas personas, potenciales víctimas, que habían quedado atrapadas en alguno de los pisos.

Todos sus pensamientos se concentraban ahora en ayudar. Nunca se llegó a acuerdo alguno en los puntos sin solucionar aún en la asamblea. Esta fue interrumpida a las 4 p.m. cuando alguien gritó que el hotel se quemaba. Desde entonces, tanto Marta, el ejército, como el patrono explotador, se habían calcinado ante la candela.

Cuando Pepín miró su reloj, se dio cuenta de que sólo faltaba hora y media para el año nuevo. Marta entonces regresó a su mente. Oyó que alguien llamó. Era uno de los tantos bomberos que se batían valientemente ante la implacable vorágine. Lo llamaba para mover unas mangas; sin pensarlo dos veces Pepín corrió en dirección del llamado, y a la vez Marta volvía a desaparecer de sus pensamientos.

Su voluntad perseguía el llamado de aquel bombero que intentaba apagar las llamas.

Habían dado las 12 a.m. y en cuatro horas Pepín no había dicho palabra alguna. Sólo miraba con atención el televisor, esperando los informes noticiosos del incendio en el hotel.

Luego de cada corto noticioso se volvía al escándalo, sudoroso, caluroso, que tenía a media humanidad bailando merengue en la fiesta de víspera de año en otro de los hoteles de San Juan. Pero Pepín no bailaba ni sudaba, sobre todo, no escuchaba. Su mente andaba allá en su último año en la isla en 1934, cuando apenas contaba con 14 años. Sólo recordaba como ellos, y él, le habían pegado candela, fuego, al cañaveral. Era lo único que podían hacer para sacarle unas demandas al patrón. ¿Pero dónde estarán los líderes nacionalistas o independentistas? ¿Por qué no intervinieron? Trataba de razonar el presente, Pepín, a través del pasado ya vivido; cuando regresaba a aquel año de su vida, y veía, entre nublasones que recorrían su memoria, a la figura del Maestro, Pedro Albizu Campos, cuando intervino en defensa de ellos los obreros en contra del gran capital norteamericano. Pero más que nada el momento le traía a sus viejos temores, de tenerse que enfrentar a aquella vida, donde la historia, la crisis económica, y la caída de la caña, en medio de toda la candela, lo habían llevado a emigrar. Nunca se olvidaba que había sido sólo por unos días su partida. Tan sólo oía la voz de su padre cuando le decía “hasta que las cosas se calmen un poco”. Sólo pensaba, que unos días habían sido más de 40 años, y aún las cosas no se había calmado.

Amanecía en el día de Reyes. La víspera había sido muy tranquila ya que Pepín aun no dormía ni comía después del fuego.

Marta lo sintió moviéndose. También ella se despertó. Vio que lloraba y lloraba en silencio. Lo único que pudo hacer fue protegerle junto a su pecho.

“Pepín”, le decía ella con toda la ternura del amor más fraternal. “tienes que calmarte, ya todo pasó; acuérdate que si alguien murió no fue tu culpa, ni de ninguno de tus compañeros. Mira que tú por poco mueres ayudando a la gente”. Pero sus palabras lejos de consolarlo, le habían atormentado aún más. Eran los gritos, el calor, la muerte, las cosas que le daban vuelta por su cabeza.

La prensa, que él había tratado de evitar, sólo los acusaba a ellos, a la unión, de ser los causantes del incendio. La incomprensión era total para con ellos ante los hechos ocurridos. Sólo oía a aquel compañero de trabajo que acusaba al patrono de explotador. Su mente seguía corriendo cada espacio cuadrado del hotel. Oía los gritos del casino, donde por más que intentaron romper las puertas, nunca pudieron abrirlas. Oía la voz que acusaba a la gerencia de haber causado las muertes en el casino para proteger el dinero, al haber sellado las puertas de salida. Oía las voces de discusión en la asamblea buscando una solución ante el tranque con la administración. Oía a un gerente acusando a los de la unión de ser terroristas y asesinos. Oía a un “sargeant” de nombre Parkinson, gritándole en Alemania “you fucking Puerto Rican”. Oía y sólo oía.

“Pepín, ¿pero en qué piensas?”, le gritó Marta al verlo que su mirada se dirigía a un horizonte inexistente. “Pronto nos vamos pa’ Niuyol. Aquí se acabo el trabajo”, fue la única respuesta que él le pudo dar.

Pepín no había podido dormir en los últimos días, a consecuencia del fuego. Demasiadas ideas y problemas recorrían su mente. Era recordarle, que un fuego, esa candela, lo había sacado de su país hacia mucho tiempo. Era un fuego, que ellos prendieron por un aumento de salarios que nunca se dio. Eran los cañaverales en llama, la candela que recorría ahora su alma.

Felicia le había prometido un delicioso almuerzo para el día de Reyes, pero temprano en la mañana el lo había cancelado. Su silencio era total.

A media tarde dejó saber su veredicto ante toda la situación. Sólo se oyó anunciar entre recuerdos y pesadillas, “Marta se acabó el viaje, nos vamos pronto pa’ Niuyol”. El calor de ese día de Reyes llenaba cada pulgada cuadrada de la pequeña casa.

Caía la tarde en uno de esos días de principios de año; la brisa era tibia y las navidades ya casi habían esfumado. Sólo se oyó la voz de un hombre decir: “Marta avanza que nos deja el carro’’.