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Errata de fe de Carlos Roberto Gómez Beras

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Carlos Roberto Gómez Beras (1959-) es el Embajador Cultural de la hermana República Dominica en su segundo país, el territorio ultramarino dominicano de Puerto Rico. Formalmente, ocupa el cargo desde el 16 de enero de 1991, con la destreza de un poeta que ha sido el principal científico político de su generación, formado en la Universidad de Puerto Rico. A Carlos Roberto, Puerto Rico le debe tener y mantener activas relaciones internacionales con la República Dominicana, entre otros países caribeños o no, aun cuando su proyecto político-cultural nació en el preámbulo del fin de la historia de Puerto Rico como país caribeño. Sí, Puerto Rico se lo debe a un poeta, o a otro poeta, si no se nos olvida que Luis Muñoz Marín también lo fue. En los pasados 25 años, Gómez Beras ha gobernado las letras puertorriqueñas y caribeñas sin vergüenza, dentro de un contexto político-cultural nada favorecedor a su empedernido quehacer de editor de Isla Negra.

En ese afán, de quien se sabe que no tiene competencia interna, Gómez Beras ha llevado a su otro país, Puerto Rico, a donde si los suyos han ido una vez, no han sido invitados por segunda vez. Pero resulta que Gómez Beras era poeta, según le confesó él a un tipo llamado Josemilio González, quien en calidad de funcionario de Estado le dijo: “Esto es una mierda, esto no sirve”. Lo que Carlos Roberto no le dijo a su maestro González fue que tenía entre sus planes de vida la encomienda de gestionar el principal proyecto político-cultural de más larga duración en el Caribe hispano, y que se proponía a hacerlo realidad sin permiso de Estado alguno en y desde Puerto Rico. Tampoco le dijo que, en homenaje a él, ese proyecto tendría una colección especial, dedicada a los nuevos poetas, entre los cuales cabe destacar: José Muratti (2013), Eugenio García Cuevas (2000), Ana María Fuster Lavín (2006), Federico Irizarry Natal (2006), Julio César Pol (2006), Alberto Martínez-Márquez (2001), Alejandro Torres (1999), Marioantonio Rosa Pagán (1998) e Iván Figueroa Luciano (2007). Dicho lo dicho, Carlos Roberto se ha dedicado a construir caminos para la literatura puertorriqueña y caribeña que el Estado anquilosado de los Josemilio de la vida nostra nos ha pretendido negar en los pasados 25 años.

Desde entonces, Gómez Beras hace lo que sabe hacer bien su comunidad de origen: “Yo construyo libros”. Lo hace y ha hecho aún con las leyes de cabotaje americanas de las que tanto se quejan los ingenuos consumidores de literatura americana en Puerto Rico; es sin duda un buen ejemplo a seguir si es que se quiere trabajar/ producir y si, como él, se quieren y aprecian las letras puertorriqueñas y caribeñas. Carlos Roberto renació en Puerto Rico en 1964, donde se formó y se ha venido forjando su propio camino al andar. En 1989, obtuvo el premio nacional de poesía del PEN CLUB de Puerto Rico con su poemario Viaje a la noche, repitiendo dicho galardón en el 2012 con Mapa al corazón del hombre. En 1996 publicó La paloma de la plusvalía y otros poemas para empedernidos, el cual incluye tres poemarios en uno: La paloma de la plusvalía, Poesía sin palabras y Animal de sombras. En el 2007, en Aún recompiló los cuatro poemarios antedichos, escritos entre el 1989 y el 1992. Observad las fechas, el gobernador de las letras puertorriqueñas y caribeñas se reservó su palabra poética hasta por lo menos el 2012. Durante ese período, parte de su obra fue traducida al francés, inglés, italiano, húngaro, estonio, alemán y serbio. También formó parte de una antología en Hungría (Utánad, 2008), y de otra en Cuba (Sobre la piel del agua, 2011).

En el 2015, Carlos Roberto ha vuelto a la vida con Errata de fe. Lo ha hecho “para ti que sabes cómo tejer el vuelo con mis mejores caídas”. En Errata de fe compila sus últimos cuatro poemarios desde el 2012. Estos son: Heridas como labios, Ocho estudios incompletos, Las cosas que perdimos en el fuego y Fe de erratas. En Heridas como labios se concentran la mayoría de los poemas que sobre la mesa de un café dominicano en ultramar me puso hace unos días. Se trata del mismo tipo, viejo y seductor, que lleva 25 años de Embajador Cultural pero que sigue insistiendo en que es poeta. Precisamente, Heridas como labios, en su primer poema contiene el poema que da título a Errata de fe. Se trata de un poema seductor, en el que el poeta jodedor que es nos invita a acercarnos a su oficio por los pasados 25 años en las letras puertorriqueñas y caribeñas.

En Ocho estudios incompletos, Carlos Roberto abre “las puertas y ventanas del alma para que el destino hurte” su pertenencia en lo que el amor les construye otro paréntesis. Lo hace con el ánimo que “te lo devuelva latiendo, sangrando y tibio” aun cuando “la caricia de tu mano” regresa “llena de vacío”. El poeta, acostumbrado “a la caricia de tu mano”, lo que ama, si algo ama, es “tu rosa encarnada”, sí, la que muestra “una luna llena y húmeda”. Carlos Roberto, se muestra consiente que sin ti la soledad es nada, “pero el amor es vacilante, incómodo e imperfecto”. Nada, que, en tus cenizas, el poeta busca las respuestas a las preguntas que se dibujan “entre el humo, que es tu epílogo.”

En Las cosas que perdimos en el fuego, Carlos Roberto completa en cierta medida los antedichos Ocho estudios incompletos. Para ello escribe y describe, tanto a “Marcela”, su hija, como “La caída” de un poeta que tiene “un cuerpo tejido por rituales y olvidos”. En “Otredad”, Carlos Roberto admite por qué nació, amó y murió. Para el poeta la clave de la vida marina está en tener un cuerpo con cicatrices, como él de seguro las tiene. Isla Negra, debemos tener presente, es un mar de estelas y peces. Finalmente, en Fe de erratas el poeta reconoce en “Biografía” que: “Murió (sin conocer la muerte).” Creo, sí, que Carlos Roberto no estaba loco con sus papeles… siempre tuvo alguito de razón, era y es poeta. Pero Embajador Gómez Beras, gracias por tu palabra hecha poesía al andar, y también por esa Isla Negra que te permitió morir “sin conocer la muerte”, y por la humildad de permitir que Josemilio no pasara a mejor vida. Gracias, Don Carlos, por romper el perímetro de las letras puertorriqueñas y caribeñas.