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Sobre el drama “El caimán” de José Luis Vázquez Colón

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“Yo soy el dueño de mi destino; yo soy el capitán de mi alma.” Con el iluminado epígrafe de William Ernest Henley introduce José Luis Vázquez Colón su obra de teatro en dos actos, El caimán. El breve drama está contenido en su libro de relatos Los cuentos de José, publicado por Palabra Pórtico Editores.

En la página titular asoma la cabeza de un caimán, ese “reptil propio de los ríos de América, muy parecido al cocodrilo, pero más pequeño, con el hocico obtuso y las membranas de las patas muy poco extensas.” La imagen lo muestra con la boca abierta, en una especie de sonrisa malévola donde resaltan los colmillos filosos. Los ojos miran hacia arriba, pero no buscan, interrogan ni imploran. La bestia mira socarrona, sagaz, burlona, como si perteneciese al reino de los seres en quienes nunca el amor canta un trino.

El exiguo elenco se compone de un usuario y dos empleados de un punto de drogas (uno de ellos de nombre desconocido, al otro le llaman Julio), una transeúnte y un caimán.

En la primera escena del primer acto, los dos empleados del punto empujan al usuario al centro de la habitación. El autor no ofrece mayores detalles sobre el lugar, solo sabemos que hay una mesa sobre la que puede descansar la ropa del usuario, y una jaula en la que descansa un caimán. Esta intencionada ausencia descriptiva dirige al lector-espectador a concentrarse en las dos figuras que ocupan el espacio. El usuario queda en el centro del recinto como una célula enferma bajo la luz de un microscopio. El caimán permanece en su jaula. Ambos están cautivos, ambos esperan instrucciones, ambos se mueven entre la vida y la muerte, ambos conocen del pantanal y sus rezagos. El usuario ruega por su vida, pide que no lo metan en la jaula del caimán, microcosmos que representa la subcultura del crimen, el llamado bajo mundo, la estrechez moral y espiritual en la que impera la violencia y la muerte. -El jefe te bajó el de’o -le informa uno de los empleados del punto. Es una sentencia de muerte dictada por un líder delincuente que imparte su justicia.

El usuario debe responder por violar los códigos éticos de la comunidad del punto. Ha robado en la casa de su madre, también ha robado la cadenita de oro y la manita de azabache de su hija menor, una bebé de dieciocho meses. Dentro del análisis conceptual de la comunidad del punto, este usuario ha violentado lo sagrado: la madre y los hijos. El drama se reviste de ternura cuando pensamos en la arrebatada manita de azabache que debió proteger a la criatura, y en la madre sufriente víctima del hijo inescrupuloso.

Uno de los empleados del punto le concede al usuario un minuto para que se ponga en paz con el Creador –Después te vamos a meter en la jaula con el caimán y que sea lo que Dios quiera. – El usuario se arrodilla con la anuencia de sus captores, mira hacia arriba y con las manos unidas, palmas hacia adentro, pide a Dios serenidad y protección para su familia. Mientras ruega, se escucha la música de violines desafinados

 Maravillosa metáfora de la desarticulada vida de este hombre, de la falta de valores coherentes, y también, signo y señal de una oración falseada, hipócrita e interesada. La desafinada música de los violines pone en alerta al lector-espectador adiestrado. Este importante detalle se debe amarrar con el final del drama, pensamos de inmediato. Por otro lado, resulta ingeniosa la manera en que Vázquez Colón plantea las contradicciones humanas. Los miembros del punto delinquen, proveen la droga, se enriquecen, fracturan y malean a una porción valiosa de la comunidad, les quitan posibilidades, sentencian a muerte, pero creen que hay un Creador con el que hay que arreglar las verdaderas cuentas. Por eso alargan su paciencia o conmiseración, a fin de que el otro tenga una oportunidad en la otra vida. Yourcenar afirma en su novela Memorias de Adriano, que aun en los seres de mayor opacidad, existe cierta luz. No obstante, queda planteada la fe como dogma o tradición, no como una brújula o estilo de vida, mucho menos como una creencia alineada con la construcción de la vida en sociedad.

Se le ordena al usuario entrar a la jaula. Permanece ñangotado junto a la bestia impasible. Al día siguiente, el jefe ordena que lo saquen de la jaula. Entiende que, si Dios le perdonó la vida, ellos también deben hacerlo. El jefe ignora que el usuario se salvó gracias a su astucia. Finalmente, el usuario sale a la calle e intenta vender la cadenita de oro que le robó a su hijita.

Este drama, concebido en sucintos parlamentos que se ciñen a la jerga del mundo de los hablantes, desarrollado en diez enjundiosas páginas, tiene el poder de convocarnos a la discusión sobre los postulados que mueven la vida de muchos seres humanos. También provoca numerosas preguntas, disloques, desazones; el tema es tan pertinente como respirar. El vicio de la droga es un caimán que mata, que destroza los cuerpos, las sociedades, su núcleo central, la familia. El usuario está preso aun cuando camine por las calles, su juicio es uno alterado. El final pesimista del drama se inserta en la visión de Lampedusa en El gatopardo. Nada cambia, la historia es inamovible, asegura Lampedusa en la mejor novela europea del siglo 20. La historia es redonda, parece afirmar José Luis Vázquez Colón en este drama; por eso el usuario, salvado de una muerte terrible y dolorosa, regresa a las prácticas que lo llevaron a la jaula del caimán.

Esta excelente pieza es una muestra de la calidad literaria de Los cuentos de José. Cada relato representa un universo. Los personajes se configuran con ingenio y mueven la acción con destreza de titiriteros. La riqueza de símbolos y la intertextualidad en la literatura de Vázquez Colón nos obliga a una lectura mesurada y cautelosa. Es un libro que provoca el goce estético y la reflexión, una lectura no basta. Les invito.