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Las avispas de la mala leche o Caramelos de cianuro a la carta

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No acostumbro responder a dardos venenosos. (Usualmente me resbalan por la pendiente más enjabonada de la indiferencia.) No empece a conocer que si te es regalado un caballo y tú ni lo necesitas ni lo aceptas, el equino sigue siendo de su dueño, opto por enarbolar la espada de la palabra pues esta vez siento que los kilotones de toxina no sólo son enfilados hacia mi persona, sino hacia todos los que forman parte del proyecto Este juego de látigos sonrientes. Poesía puertorriqueña de fines de siglo XX y comienzos del XXI.

A lo largo de algo más de 4 décadas en el quehacer literario me he ocupado en la búsqueda de los instrumentos personales con los cuales armar mi voz para decir lo que tengo que decir. También me ocupé de construirme un caparazón a prueba de mandoblazos (y de los airados aguijones de la envidia y la malaleche del resentimiento). Paralelamente a ambas tareas, he procurado siempre mantener en buen funcionamiento el “detector de mierda” que aconsejaba Hemingway.

Por suerte, desde que tuve mi primera AR-15 (por más señas, Hermenegilda I), conservo archivos con mucha de la correspondencia que he cruzado. Desde comienzos de 2014 ausculté la posibilidad de que colegas dedicados a la enseñanza de literatura examinaran la antología con el fin de adoptarla en alguno de sus cursos. En esa misiva compartía con mis destinatarios el nombre del brillante prologuista junto al de los poetas incluidos en mi selección más las palabras preliminares que acompañarían a la susodicha antología.

En la ciudad letrada me precio de contar con un puñado suficiente de amigos a quienes considero más que colegas y amigos, hermanos. Éstos conforman lo mejor de la piñata de mis afectos. No puedo decir que Juan Antonio Nieves Martínez (aka Jan Martínez) pertenece a esa cerrada cofradía, pero sí lo considero una persona cuya obra goza de mi alto respeto. Es decir, que no somos hermanos pero tampoco extraños.

Nos conocemos hace más de 35 años. Tras él dictar una conferencia (en un anfiteatro de la facultad de Educación en la UPR) acerca del estado de la poesía puertorriqueña de aquel momento (lo que mejor recuerdo fue el orondo regusto con el cual le adjudicaba tan urticante etiqueta a la poesía trascendentalista de Félix Franco Oppenheimer: “pendejismo literario”), me le acerqué y prontamente hicimos migas. Desde entonces y hasta el día de hoy, cada vez que nos reencontramos, la celebración ha sido mutua. El paso de los años sólo ha acrecentado mi admiración por su estupenda obra poética.

Más rápido que un rayo, Jan Martínez respondió el mismo día en que envié la misiva, 8 de febrero de 2014. En su destemplada respuesta, me reclamaba: “La generación del setenta ha escrito muchos de sus mejores libros en ese periodo. ¿Qué pasa, nosotros no existimos? Eso mismo hicieron los charlatanes que publicaron los cincuenta años de poesía puertorriqueña en Venezuela [Poesía de Puerto Rico. Cinco décadas (1950-2000). Caracas: El Perro y la Rana, 2009]. No coincido con el proyecto”.

Conociendo que, además de buen poeta, Martínez no sólo es una persona solvente intelectualmente sino un polemista amante de las altas temperaturas, no pude hacer otra cosa distinta que concluir que su volátil reacción sólo podría ser resultado de no haber leído desapasionadamente las palabras preliminares que incluía mi envío (las mismas que preceden la antología ya edita). En mi respuesta le subrayaba que “mi antología no pretende recoger toda la valiosísima poesía puertorriqueña producida desde mediados de siglo XX en la que necesariamente figurarían muestras generosas de tu obra y la de otros notables colegas de la llamada generación del 70. Es obvio que mi interés no es armar tamaño proyecto. Evidentemente tampoco colocar entre mi selección a ninguno de los consabidos miembros de la tal generación. No deliras al afirmar que la generación del setenta ha escrito muchos de sus mejores libros en ese periodo. Ciertamente. Sí, Uds., los autollamados "Generación de la Crisis", sí existen. Nadie pone en duda, no sólo su existencia, sino su enriquecedora aportación que tanto ha nutrido a los que venimos detrás. De su magnífica poesía tenemos ya no pocas antologías y muestras poéticas”. Me reafirmo en mi oportuna respuesta.

No conforme con su reproche de antaño, en su actual rabieta Martínez pretende llevarme de regreso al pre-kínder de la poesía insinuando mi rotundo desconocimiento de los procesos históricos de la literatura al desenfundar su: “No se le ocurre a Nieves-Mieles la inminente posibilidad de que varias décadas o generaciones se puedan encontrar en el mismo momento histórico (y de esta manera trascender el afantasmado concepto generacional) compartiendo las contingencias culturales, unas desarrollando su decir y otras facturando obras de madurez quizás definitivas y definitorias de una particular voz de nuestra polifonía poética, hecho que confirma el fenómeno de la continuidad.” (Descubrió una charca con bilharzia en Villalba.)

A lo largo de 5,626 palabras, en la edición de El Post Antillano correspondiente al 27 de agosto de 2016, Martínez evade pasar juicio sobre lo que es medular, el plato principal (el cuerpo textual de la selección poética de 20 autores) y se detiene en cuestionar hasta la náusea mis palabras preliminares, mis “juicios desfasados” y obsoletos criterios de selección. Con su ya usual mala leche de repartir caramelos de cianuro se limita a despachar la antología aseverando generosamente “que la lectura de muchos de los poetas de esta muestra me fue de particular agrado y confirma la salud que mantiene la poesía en nuestras letras”. Sin jamás explicar sus porqués,asevera que algunos de los poetas por mí seleccionados “adolecen de las calidades a mi juicio necesarias” para justificar estéticamente su inclusión. (Topado hemos con la Iglesia, Sancho.)


Martínez cuestiona el peso de mis supuestas lealtades al momento de seleccionar a quiénes les otorgaba asiento en la embarcación: “El problema de las antologías y de las obsesiones de sus antólogos es que muchas veces entre los seleccionados se incluyen además de los gustos y preferencias, los íntimos del antojadizo, (detalle no exento de la precariedad de la naturaleza humana) creándose un grupo de simpatías que muchas veces no tiene nada que ver con los juicios de calidad a los que no se debe rendir la correspondiente seriedad ética y estética que produce la obra”.


No es necesario traer a colación aquí el hecho de que resulta, más que lamentable, inevitable que en las antologías queden fuera autores valiosos, pero esta vez tampoco hubo cama pa tanta gente. Puntualizo sí que no armé esta antojolía (sic) para adobar a un bonche de gente ni mucho menos (como bien sentenciara en alguna memorable entrevista el Gabo) “para que mis amigos me quieran más”. De hecho, dejé fuera a gentes con obra valiosa y a quienes amo como si fueran mi sangre (para botón de muestra: Daniel Torres Rodríguez, a quien me abraza una hermandad de cerca de 35 años). Es más, en mi selección incluí a Andrés González, colega que aún no tengo el placer de conocer, a Rosa Vanessa Otero, a quien antes desconocía, a varios con los que apenas me veo y con quienes cruzo emilios erizados de distante frialdad y, la cereza que corona la piña colada con Midori, a otro con quien nunca he tenido siquiera lo que podríamos llamar de modo políticamente correcto "una relación", pero el hijuela es dueño de una obra digna y memorable. Mientras iba confeccionando el inventario de tripulantes, traté de restringirme ante todo a ejercer el criterio del rigor. Así que, ni “arrebatadas” ni “antojadizas arbitrariedades”.

Al emprender la ingrata tarea, ya me lo recordaban no pocos (sobre todo, el también poeta y editor Carlos Roberto Gómez Beras): la brega con los egos de los Poetas (frágiles y delicados cual papel de cebolla) es, más que atravesada, temeraria. Después de dar a la luz pública el libro, he notado y sentido sutilmente el peso (las filosas dagas y los ceños fruncidos) de mis exclusiones. (No en vano también desde temprano me advertían que tendría que ponerle un full cover a mi santa madre, y hasta comprarme un chaleco a prueba de balas.) Por suerte, en las palabras preliminares dejo meridianamente claro que: "Lamento que no hubiera espacio y plato para tanto comensal cuya digna obra pudiera merecer participar del banquete para los sentidos. Antes de que se me señale con algún dedo flamígero, me apresuro a declarar que el abanico de nombres con los cuales perfumarnos la memoria varía según quien corta la baraja y no empece a que se podrían echar de menos algunos de éstos, no aspiro a la más astringente objetividad". Ni pedí ni pediré disculpas por ello. A fin de cuentas, nadie duda que en toda antología siempre figuran nombres de colegas muy cercanos a quien reparte el pastel. Ahora bien, el asunto insoslayablemente primordial estriba en que la selección de tales simpatías o cariños se justifique por los propios méritos de las obras y no por mero amiguismo. Descanso en la certeza de que mi selección satisface tal punto. De ñapa codística, añado una virtud de la misma: a diferencia de muchísimas otras anteriores antologías, en ésta, todas y cada una de las muestras de los poetas incluidos cuenta con el mismo espacio, 8 páginas por cabeza. Así que, muerto el pollo, fuera el moquillo: cero privilegio de unos sobre otros.

Tal es la molestia que a Martínez le provocan mis “impertinencias”, que no emite siquiera un tacaño juicio valorativo de tan sólo una de las muestras de las 20 que figuran en el libro. (En un artículo anterior que abrió los ojos en esta misma publicación, me topé con una crítica al más reciente poemario Áurea María Sotomayor, “Sobre Cuerpo Nuestro de Aurea María Sotomayor”, 19 de marzo de 2016, http://www.elpostantillano.net/pagina-0/critica-literaria/16997-2016-03-19-14-15-00.html, en la cual carga la mano de manera olímpica y visceral.) por no perder la costumbre, no desperdicia ocasión para apuñalar o apedrear a los colegas Alberto Martínez-Márquez y Mario R. Cancel (compiladores de la valiosa antología El límite volcado. Antología de la generación de poetas de los ochenta. San Juan / Santo Domingo: Isla Negra, 2000). En menosprecio de que todo lo que se mueve --y piensa--, cambia (Tales de Mileto dixit), de paso también resulta apedreado Luis Rafael Sánchez. Todo por éste cambiar de postura respecto al concepto generación. Hasta el dilecto amigo autor de la imagen que viste la desnudez de la portada, coge su venenosa agüita, pues ésta “le recuerda su rostro como inserto dentro de una especie de pizza cibernética”. No voy a comentar el, más que menosprecio, desconocimiento de Martínez acerca de la pintura puertorriqueña moderna. Junto a nuestro caro y mutuo amigo Rafael Trelles, Cecilio Colón Guzmán es en estos momentos uno de nuestros más destacados exponentes de las artes plásticas.


El ardid del respetuoso distanciamiento de nombrarme “señor Nieves-Mieles” (en otro momento me llama simpática y ocurrentemente “viejito VIP”) y la elegante estocada final con la cual pretende suavizar el efecto de su sarpullido y me pone en sobre aviso de cualquier eventualidad (“para decir adiós es preciso señalar que siempre en este campo de la literatura se debe tener el cuero duro para las puñaladas, las pedradas y los látigos”) son portadores de algo que conozco como la palma de mi mano izquierda: el humor y la ironía mezclados con el vinagre del sarcasmo son la forma mejor que tiene la inteligencia de lamerse las heridas.
Dos años y medio después de aquel amistoso cruce de misivas, aún la obnubilada sensatez de Martínez no sólo le impide entender mis criterios, sino que continúa produciéndole idéntica comezón testicular. Si el disco rayado de su molestia con mi selección pretende subrayar la importancia de lo aportado por sus colegas epocales del 70 (los llamados Poetas de la Crisis) y nuestra deuda para con ellos, sépase que no tengo reparo alguno en aceptar ambas cosas (implícitas de por sí en los discursos particulares de los 20 poetas antologados), pero insisto: el norte de mi proyecto no fue complacer los gustos y exigencias críticas del Sr. J(u)an (Antonio Nieves) Martínez. Esto, amén de que tengo muy presente que la obra de todo creador no se da en el vacío y, más aún, si algo agradezco en mi trayectoria es contar con la sombra del maravilloso árbol genealógico que constituyen los que nos anteceden, comparten y cohabitan en la estrecha piscina de la ciudad letrada (como ya se ve, a menudo infestada de pirañitas y escualos de agua dulce).

Entre mis más preciados haberes tengo la certeza de que la transparencia y el tesón con los cuales defiendo mi pensamiento y que mis palabras, mis ejecutorias y mi quehacer, son avalados por una fructífera carrera literaria de más de 40 años, no por la titularidad de dirigir nada ni representar a organismo alguno. Nunca he sido proclive a invisibilizar o eclipsar el quehacer de mis colegas, aún cuando no cuente con sus afectos. (En mi cabeza retumba la sentencia de mi chozno filósofo peripatético andaluz, quien no se cansaba de repetir su sonsonetoso mantra: “donde un Sol resplandece, los cucubanos no alumbran”.) Mucho menos de subir peldaños pisoteando a otros. Las golosinas de semejantes prebendas nunca han tentado mi exquisito paladar.

Así que, aprovecho para repetir leal excelso vatede enjundioso numen que responde al llamado de Jan Martínez mis palabras finales del cruce demisivas de aquel 8 de febrero de 2014: “El paso del tiempo disipa toda duda y es autor de las más prístinas e inmortales antojolías. De veras, nada de esto debería quitarte el sueño. Se trata de una selección poética más. Y a un Poeta de tu calibre y los méritos de tu obra no debería preocuparle --en lo más mínimo-- una antología más. A fin de cuentas, el sitial de tu voz en la historia literaria del país está seguro”.

Donde las tomo, las dejo. Mido 6 pies de estatura, peso 217 lbs y nunca me ha gustado jugar al escondite (es decir, soy fácil de encontrar), y quien le tema a los fantasmas, que se compre un perro.

Eso era todo. 10-4. Cambio y fuera.


Crédito de foto: Jim Bauer, www.flickr.com, bajo licencia de Creative Commons (https://creativecommons.org/licenses/by-sa/2.0/)