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El pedaleo de Elizam Escobar

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altPero si uno no toma la verdad-en-el-arte seriamente,

¿de qué vale, entonces, ser artista?

EE

Diacronía. A toda velocidad, se aleja del presente con la soga al cuello, pedaleando como un ateo que ha visto la muerte de cerca, demasiado cerca: “Yo me río. Y no es que lo sepa, no, / yo voy poco a poco / por las sombras” (“Tal vez fueron los niños,” 1983).

Huye, por supuesto, del poder. Máquina de tiempo (1993), autorretrato del pintor-poeta-teórico en dos ruedas: “El arte debe surgir de la vida real” (Los ensayos del artificiero, 1999).

Bicicleteo descalzo, como quien dice, a pie, para que el contraste con la tecnología —una reliquia— saque chispas. Prisa.

¡Pedaleo o muerte! “La vanguardia ha muerto, pero nosotros no. Nosotros como la obra de arte, como la actitud de una ontología revolucionaria que se niega a venderse, porque el espectáculo del arte como mercancía le da un asco profundo” (Los ensayos de artificiero).

Máquina de tiempo (1993); propuesta que se chupa el espacio. Compresión; intensidad. Aura de liberación, sideral y biopolítica. Sinestesia; la libertad huele a velocidad. Magnetismo que se expresa en colores; azul pintado de violeta claro.

Nuevo centro de gravedad, desde un pedaleo viejo, que, sin embargo, escapa de la Nada, con urgencia de Vida y necesidad de Futuro. Triunfo temporal de Eros.

Máquina de ruedas asimétricas. Deseo. Fuga; pedaleo de uno que se está jugando el pellejo, por lo que todavía mira para atrás, donde Tánatos acecha, ahora como sinónimo de la colonialidad del ser. Analepsis crítica ante la modernidad brutal, centrada en el yo conquiro de 1492 (Enrique Dussel).

¡Fuga!

Década de los noventa (1993). Bicicleteo más que oportuno; máquina de burlar el poder postmoderno que pone la soga en el cuello. Contragolpe; micropolítica. Fugacidad. Urgencia y tecnología. Tiempo de un cuerpo que maquina su emancipación a pelo: “Para mí, el arte es el mejor argumento para hablar sobre la libertad y sobre la necesidad / deseo cuando no se separa el cuerpo del espíritu” (Los ensayos del artificiero).

Dialéctica de la liberación. Poesía materialista. Espiritualidad sobre ruedas. Tenacidad. Máquina de tiempo que produce acción; flujo hacia otro tiempo, alejado del colonialismo funerario. Bicicleta antigua, pedaleada antes por Francis Bacon (según María Giulianna Zambrano), que se mueve en su propia transición bicicletera: bici que transita de finales del siglo XIX a principios del siglo XX. Metapoesía; intrahistoria.

Bici con tracción delantera, en ruta hacia la libertad; temporalidad incierta pero vital. Pedaleo, necesariamente vulnerable ante el devenir y las trampas. Narratología; un artefacto con dos púas está por pinchar la goma trasera, lo que complicaría, aunque no por ello cancelándolo, el pedaleo decolonial y anticolonialista. Breve reconfiguración del espacio; máquina de púas, otra versión de la geopolítica de la soga.

Dialéctica feroz del Ahora, siempre en movimiento. Prolepsis. Momento en que la mirada del que huye políticamente se vuelve hacia delante y ve lo que tiene en frente, incluidas las púas. Vértigo: “El arte es, pues, paradójico” (Los ensayos del artificiero). Tiempo de las máquinas que facilitan u obstruyen la libertad; tráfico y transformación.

Pedaleo hacia el tiempo de otras bicicletas.

Filosofía. Pedaleo angulado, Sísifo (1993), cuesta arriba, desde un turquesa avasallador y monotemático, críptico, patológico; emblemático de una pureza apócrifa, siniestra, demasiado simétrica, que lo marca todo de un azul enfermo: contaminado, demasiado limpio. Tensión de una ficción en ascenso. Política.

Inclinación; cuesta filosófica que se sube sin roca. Pedaleo enmascarado, en el que se delinea un sentido más definido del espacio; surgen el pavimento y el horizonte, aunque se mantiene la bruma de La máquina del tiempo.

Sin roca y sin soga. Pedaleo en zapatillas. Otro infierno en dos ruedas, con bozal, sobre una bicicleta clave, en negro, libre de idiosincrasias decimonónicas, pedaleada por un enfermero que huye, blindado, porque no quiere oler la muerte, hacia su teleología política: cuesta de un pedaleo contra la peste y contra el Poder como peste.

Metaliterario; desde la complicidad irrisoria del turquesa, que lo pinta todo de limpio, pero también de represión, de entropía, Sísifo se transforma en poesía: azul pintado de turquesa. Mordaza. Horror. Sentido del filósofo-poeta. Metáfora; imagen de la violencia contenida en un tono, embellecida por la ferocidad de la mascarilla y las zapatillas.

Sísifo; nombre de lo que no tiene cara. Cuesta de un pedaleo presto a la duración.

Poesía. Multiplicación de bicicletas en una mancha de colores; temporalidad de unas miradas que miran desde la unidad separada del azul y el rojo.

Interregno.

Pedaleo de máscaras; etimología sobre ruedas. Personajes; doblemente enmascarados. Dualidades; polaridades estudiadas por Joserramón Melendes en Dobles de Elizam Escobar (2002).

Regreso de la espacialidad; claridad del horizonte. Definición de la indefinición. Área de playa, con el mar de fondo. Líneas que separan el cielo amarillo del mar azul y al este de la orilla verde donde están Los bicicletistas (1993). Espacio plano, pero no por eso llano. Zona de fantasmas en colores; micropolítica.

Filosofía; el movimiento no se quiere mover. Los enmascarados se encuentran en el desencuentro de su modernidad tardía. Colores y texturas. Cruce de ruedas traseras, en dirección opuesta; ¿disparate colonial? Intersección y desequilibrio. Tensión que le dobla cubistamente el cuello a ella, en un movimiento que contradice el de la bicicleta; poesía.

Alargamiento de la mirada que subraya su fantasmagoría; identidades sobre bicicletas que parecen de cartulina. Ficción y fricción. Alejamiento de lo “político-directo” (Los ensayos del artificiero). ¿”Transfixión”? Caretas que no se esconden. Mito. Política. Carnalidad en movimiento.

Dualidad que se mira en la mirada del espectador, cuya identidad se transmuta en el cruce de las miradas. Reajuste intersubjetivo. Cambio de ecuación; la dualidad se realinea desde otro eje; uno que multiplica a la vez que aúna. Deseo de multiplicidad en la unidad.

Doblecletas. Diversidad de lo Uno; proliferación. Regreso al origen: poiesis. Bicicletistas. Especularidad; dos por uno. Pedaleo en una misma dirección, incierta, como todas las rutas que vale la pena pedalear. Repetición y cambio. Dialéctica; entre el pasado que mira para atrás, el presente que nos mira y el futuro que no podemos ver. Tres en uno. Visualidad. Ahora político. Intensidad del rojo que quema; relativa oscuridad del marrón. Lo mismo se repite en su diferencia. Movilidad; telos. Bicicletistas que, a pesar de la incertidumbre, reiteran su devenir, sobre todo en términos de género.

 

Arte. De la doblecleta a la bicicleta con dos cuerpos, que son, en verdad, uno. En Pon a la muerte (1993), el poeta le da un aventón a la Pelona, cuyo ectoplasma se desprende del ciclista, quien, otra vez, pedalea descalzo. Bicicleteo liminal; hilando fino por el borde superior de la reja carcelaria, detrás de la cual estuvo encerrado de 1980 a 1999: “Fue acusado [Escobar]… de pertenecer a las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional de Puerto Rico. Sus años de maduración en el ejercicio de un arte concebido como forma radical de asumir la existencia y lo real, es decir, de asumir la libertad,’ han transcurrido en prisión” (Los ensayos del artificiero).

Cuesta abajo; pedaleo fácil, pero arriesgado, con la muerte encima. Entropía: “Ningún artista puede escapar (aunque quiera, aunque se lo crea o imagine) a su tiempo” (“Apuntes contra el sentido común dominante en el mundo artístico/tecno-cultural,” 2011).

Precisión; línea recta. Pulso. Según se deja caer en el abismo de la libertad, siempre en fuga de dos ruedas, el viento la separa un poco de él, pero no la desconecta. Bicicleteo, como quien dice, bífido: él pedalea con las piernas de ella.

La precisión se impone sobre la prisa.

A una pregunta que le hace la muerte mientras huyen del colonialismo carcelario, “¿Qué es lo híbrido?,” el poeta responde: “Aquello que es efecto y nada más” (“Apuntes”).

Mirando para atrás, como si no creyera en la libertad que tiene enfrente, ella pregunta, “¿Qué es lo ecléctico?” Según contesta, “Aquello que piensa que es lo mejor de los distintos sistemas, estilos, etc., pero no posee el poder de ninguno de esos sistemas o estilos; lo ecléctico es otra forma de la falta del poder creativo, la originalidad o autenticidad bien entendida” (“Apuntes”), el poeta pedalea sin salirse de la línea, concentrado como está en llegar a su telos: “Tanto lo híbrido como lo ecléctico son signos de status que ayer eran peyorativos y hoy son moda” (“Apuntes”).

Con la muerte encima, el poeta pedalea hasta el final: “El arte surge de un cadáver que en el transcurso del proceso se va convirtiendo en el cadáver más próximo a la vida real. Las imágenes son muertos que nos recuerdan a los vivos; o cadáveres artísticos que nos recuerdan, nos hablan, nos autopsian, descifran, misterizan, a los muertos y a los vivos……aún” (“Apuntes”).

Pedaleo autocrítico: “Somos un mito mitificado por las narrativas del conocimiento elitista primermundista” (Ensayos del artificiero).