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Rompe Saragüey (2016): la novela de Lavoe

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altPues el que me quiera castigar o controlar,

debe saber que tengo los poderes para volar,

y con eso, como el Todopoderoso,

como el Cristo Negro de Portobelo,

o como Changó, nadie, pero nadie, me podrá parar.

Rompe Saragüey


Dolor de ser isla.

Vicente Huidobro


Estaba en casa escribiendo en la computadora cuando escuché que

en la radio de la sala sonaba el tema “El día de mi suerte,” Héctor Lavoe. He

escuchado esta salsa cientos de veces, pero en ese momento, por primera vez,

me hizo pensar en César Vallejo.

Marion Aquino Ramírez


I.

¿Una novela sobre Héctor Lavoe?

Finalmente. Después de la obra de teatro en 1999, ¿Quién mató a Héctor Lavoe?, y la película en 2007, El Cantante, urgía que Lavoe tuviera su universo narrativo: 2016. Según el autor: “Intento en Rompe Saragüey, mi primera novela, recrear la historia de la nación boricua, desde un personaje carismático y artístico, cuya injerencia en el desarrollo de nuestra identidad, ha sido como mínimo, subestimado.”

¡Ya era hora! Rompe Saragüey; primera novela sobre “Jéctor,” como le decía Willie Colón a finales de los años sesenta: “Calma, Jéctor, calma. Sabes, que aquí la gente que controla los clubs, no nos van a dar un break si agitamos mucho el turf. You know.”

2016; año lavoesiano en el que la literatura le vuelve a rendir tributo a El Cantante de los cantantes. Continúa el autor: “Pero para mí, lo más importante, es resaltar la figura de Lavoe, como lo que fue: un genio de la música y la cultura popular.”

Rompe Saragüey, novela que, entre otras propuestas, poetiza el horror (lo que le corresponde hacer a la poesía): el suicidio fallido de Lavoe en 1988, lanzándose desde lo alto de un edificio. Tragedia de un cantante adolorido existencialmente que, como un pájaro o como el poeta Altazor (1931) de Vicente Huidobro (“Porque todo es dolor”), quiere lanzarse al vacío: “Yo tengo que volar para que nadie me vuelva a tratar mal… Y voy a volar tan alto como pueda, y le voy a cantar a la vida que es bonita.”

Tributo melómano de la novela a El Cantante que, con su música —la salsa gruesa de Willie Colón, sobre todo de 1969 a 1973—, unió las dos mitades de la isla, tantas veces y durante tanto tiempo dividida. Valiosa aportación, argumenta Rompe Saragüey, al nacionalismo boricua: “En este trabajo he intentado apreciar por otra vía, lo que fue el valor de la música en la formación de una identidad nacional desde la diáspora de Nueva York.”

Lavoe: ¡tono de la experiencia nuyorican!

En términos del género literario (la novela), se trata también de un saldo de cuentas necesario; no solo por la imantación temprana del teatro (y después el cine) hacia El Cantante, sino además porque, desde 2013, se ha establecido una conexión feroz con la poesía. Nada más y nada menos que, según Marion Aquino Ramírez, un vínculo entre la música de Lavoe y la poesía de César Vallejo: “Pienso que los poemas de Vallejo y las canciones interpretadas por Héctor Lavoe son fenómenos socioculturales de impacto considerable que han moldeado y moldean sensibilidades e identidades desde distintas tecnologías de representación: en la escritura (Vallejo) y en la oralidad (Lavoe).”

Rompe Saragüey: la novela de Lavoe. Tono de la oralidad puertorriqueña desde la turbulencia nuyorican, cantada en español.

Queda por trazar un puente —¿a partir de la aguja, del sida, del dolor? — entre Lavoe y el poeta nuyorican, ¡El bandido!, Miguel Piñero, quizás a partir de estos versos de La Bodega Sold Dreams (1985) (traducidos): “Soñé que era poeta, escribiendo canciones para navegar en plata.”


II.

En seis capítulos acrónicos, Rompe Saragüey aborda la biografía de El Cantante desde una verosimilitud provocadora, para nada dócil, que, desde el principio, le saca chispas al juego que la novela le plantea al lector: un primer capítulo que no respeta la realidad de los hechos. Ficción dentro de la ficción, desde una novela corta con múltiples engranajes.

“Parte I [1988]”; aparece Lavoe en el hotel de Condado, frente al mar, de donde piensa tirarse por el balcón de un piso alto. Habla por teléfono con su esposa, Puchi, que está en Nueva York : “Ay mami, ay mami que me voy. Que voy a volar. Esto se jodió.”

En la biografía de Marc Shapiro, Passion and Pain. The Life of Hector Lavoe (2007), la versión que da Puchi de lo que ocurrió en el hotel establece lo que todo el mundo sabe; a saber, que ella estaba con Lavoe cuando este se tiró desde el “noveno” piso del hotel Regency. Habla Puchi: “We had just finished dinner and were getting ready to go to the beach. Hector gave me his glasses. I put them on the table and walked toward the door. I turned around and saw him jump over the balcony.”

Contra la veracidad, la verosimilitud que le permite a Rompe Saragüey reclamar su espacio novelístico; representación literaria de Lavoe que reafirma su artificiosidad. Novela, no un parte periodístico. Ficción desde la biografía. Habla Lavoe: “Porque yo solo quiero volar para poder vivir por encima de mis críticas. Para poder vivir por encima de la falta de amor, de aprecio, y sobre todo de valoración. Voy a volar para poder ser feliz.”

Por eso, en vez de plantear que El Cantante se lanzó desde el noveno piso del hotel, como señaló la prensa, la novela nos guiña el ojo a la vez que nos pone sobre el filo cortante de la novela autorreflexiva. Sigue hablando El Cantante: “Pero esa ventana, pero ese abismo, pero ese cielo es bien grande y yo deseo poder volar, para que nadie me vuelva a tocar. Yo tengo que volar para que nadie me vuela a tratar mal. Pero si no vuelo, entonces tendré que ver esos 10 pisos que hay bajando.”

Verosimilitud (Lavoe se tiró de un noveno piso, no del piso 10); guiño que busca la complicidad literaria del salsómano. Lector que, además, sabe que de niño Lavoe estudiaba el saxofón, no como dice Rompe Saragüey: “No me podía quitar de la mente cuando Mr. González me dijo que yo no podía seguir en la escuela aprendiendo la trompeta, pues no seguía las reglas musicales.”

Atención y tensión; verosimilitud, no veracidad. Detalle; novela que apuesta a la intersubjetividad metaliteraria.


III.

Desde la complicidad salsómana, Rompe Saragüey se desplaza a lo largo de seis partes polifónicas, marcadas por fechas clave en la biografía de El Cantante: “Parte I: [1988]” (escena del suicidio en el hotel); “Parte II: [1974]” (ruptura con Willie Colón); “Parte III: [1963] [1978]” (entrada al mundo de La Fania; hospitalización); “Parte IV: [1988]” (escena del suicidio en el hotel); “Parte V: [1993]” (muerte y velorio en Nueva York).

El tiempo va y viene según los puntos de vista cambian de una parte a la otra. En la sexta y última parte, “Parte VI: [Unos meses después],” la novela salta de la tierra al cielo, adonde va a parar Lavoe después de haber muerto de sida, contraída por las agujas infectadas que se inyectaba con heroína; “Paraíso” donde El Cantante se encuentra con Maelo, El sonero mayor, Ismael Rivera: ¡su alma gemela!

Espiritualidad novelesca; por todo lo que ha tenido que vivir, Lavoe deviene personaje-pájaro: “Y yo lo que estoy haciendo ahora en este cuarto de un hotel en Condado, en Puerto Rico, la Isla que me vio nacer. Aquí voy a meditar qué hacer para sacarme de mi cuerpo ese dolor que me traba y me lleva a aguas profundas. Entonces, Puchi, yo espero que tú me entiendas, pero si intento volar es para sacarme de encima el dolor, la angustia, la ansiedad de la mala que me causa la soledad.”

IV.

Espiritualidad aérea y etérea, que combina lo cristiano y la santería (“con los santos no se juega”), desde la que la novela justifica el título: “Ahora es que vamos a ver si el Rompe Saragüey funciona o no. Si ese ungüento hecho de una raíz te protege de todos los problemas, inclusive de poder o no volar, al caer por el vacío.

El Cantante se incorpora: “Cuando logré abrir la ventana, que estaba toda podrida por el moho y el salitre, miré para el cielo, y pensé lo alto que yo podría volar hoy. Con todos los ungüentos de Rompe Saragüey que tenía, hasta en las nalgas, yo sé que podría volar. Era cuestión de concentrarme y saltar para volar lo más alto posible.”

Se deja caer:

Cuando uno mira el abismo, sabe que lo que le queda a uno son los dioses que están ahí para protegerle. Se lanza uno al vacío y va recorriendo los pisos del edificio de otra manera, más rápido. Piso 10, piso 9. Y uno sabe que está volando, pero no como uno pensaba. Piso 8, piso 7. Y todavía quedan pisos por recorrer y oigo un grito a lo lejos que dice ‘mira, mira se tiró un tipo del edificio’. Piso 6, piso 5, y empiezo a sentir el cantazo que me voy a dar contra un carro estacionado justamente debajo del toldo [verosimilitud, no veracidad], al que le voy a pegar ya mismo, va a ser mortal. Piso 4, y si me muero mis enemigos y los pocos amigos que me quedan, se olvidarán de mí pronto. Si me muero no pude volar, y Rompe Saragüey no me protegió, como tampoco lo hizo Changó, Yemayá y Eleguá… Piso 3, puñeta que cantazo más duro. Piso 2, Dios mío no volé como yo esperaba, pero no estoy muerto tampoco… Gracias a Yemayá. Gracias a Changó. Gracias a Obatalá. Gracias a Olofi, que hoy me cuida. Gracias a mis ungüentos de Rome Saragüey. Pero, sobre todo, a Aguanilé, que me protegió. No estoy muerto. Pude volar. Pude volar.


V.

Como si fuera una continuidad de la novela —al estilo de Cortázar—, encuentro en Youtube, bajo “Rompe Saragüey,” no bajo “El Cantante,” una grabación de 1987 en el Club Yates y Pesca de Panamá; Lavoe canta con Willie Colón. Pienso en la novela. En un año, 1988, Lavoe se lanzará por la ventana del hotel Regency, justo donde empieza Rompe Saragüey. Entre el clip que veo y la novela que leí, la proximidad tiembla. La cercanía aprieta. ¡Contagio literario!

No-vela.

Lo que veo en Youtube parece un efecto de Rompe Saragüey. Miro. Con una nota que se le nota, El Cantante empieza a cantar “Rompe Saragüey” con un cigarrillo en la boca, que intenta encender mientras canta con la voz apocada por el cigarrillo: “Con los santos no se juega / con los santos no se juega / date un baño / tienes que hacerte una limpieza / con rompe saragüey / Tienes que hacerte una limpieza…” Cuando le toca repetir “con rompe saragüey,” enciende el cigarrillo, con fósforos que le dan del público, y deja de cantar, por lo que se queda la canción en silencio. La música sigue. El Cantante fuma.

Lavoe retoma la canción y sonea, improvisando sobre su temporada en el infierno afectivo y mental de 1986 a 1987 (años de calamidades y cataclismos): “decían que esto [su sanidad; su carrera] se había acabado.” Cuando llega el corte musical, Lavoe le habla al público: “Ahora es que estoy mejor que nunca. Gracias a mi gente y [a]todos los que han rezado por mí, en los momentos malos, difíciles. Porque he pasado muchas cosas malas.”

El clip de Youtube incide en la dimensión espiritual y crística que la novela elaboró. Poesía vallejiana. Drama de un Cantante adolorido, maltratado por la vida, que se resiste a sucumbir. Con el cigarrillo en la mano, Lavoe interpela a alguien del público que tiene muy cerca: “y a este, tú que estás relajando ahí, brother, te voy a decir una cosa, hacen cinco años nada más que se murió mi hijo, el único hijo.”

Reculo. ¿Se le olvidó a Lavoe que tenía otro hijo? El Cantante sigue la conversación: “Tenía diecisiete años, Héctor Lavoe Jr., pero me dejó un nieto que vale por treinta y ocho, y miren lo que tiene de frente es…” Hace un gesto con la mano; la cámara se mueve y no se ve el gesto que hace El Cantante. Silencio breve. La cámara vuelve a enfocarlo; continúa su cuento sobre el nieto: “Un bandidito. Y va a ser cantante, porque ya canta. Y los hijos son prestados, anyway. Dios te los da, Dios te los quita. Pero ahora tengo un nieto para volver a criar. Lo volví a parir.”

Lavoe da dos chillidos como si fuera un animal en gozo. Hace silencio. Se ensimisma. Se mueve lentamente con la música.

Sigue el relato: “Ah, y no vayas lejos, que mi papá también se murió este año.” Gestualiza, como queriendo decir con las manos, qué se va a hacer; mueve los hombros al compás de la música, bailando del dolor sabroso. Termina el testimonio: “Trece días después… mi hijo, después mi sobrina [se mueren]. Ahora falto yo, pero yo no voy pa’ ningún lado, ¡contra! Cuando aquel quiera [apunta hacia el cielo] y aquel dijo Lavoe a ti te queda mucho tiempo allá abajo, porque tú eres el hombre del sabor.”

La música se mueve en su dimensión jazzística de 1975. El Cantante se seca la cara; se quita los espejuelos y se los entrega a alguien de su equipo. Parece que se tambalea. No baila. Al rato, anuncia el solo del trombonista: “El maestro Reinaldo Jorge, ¡Bayamóntate!” Al final, Lavoe termina la canción con una alegría asociada con Maelo: “Vi-va Pa-na-má.”


VI.

Rompe Saragüey; hoja de ruta. Del salsero al novelista salsómano, que regresa a la historia de la salsa clásica para recrear diálogos entre Willie Colón y Lavoe durante la época épica de su “bandón” (1969-73). Que comenta la dimensión empresarial de La Fania entre Johnny Pacheco y Jerry Masucci. Que mira críticamente el objeto de su deseo salsómano: El Cantante. Que subraya la espiritualidad. Que narra tanto desde la complicidad afectiva del salsero que va en camino hacia el velorio, como desde la sobriedad del que lee la semblanza final: “Me invitan a hablar hoy en memoria de Héctor Juan ‘Lavoe’ Pérez Martínez, mejor conocido como El Cantante.”

Del salsómano al salsólogo: inserción de la salsa en la construcción de la identidad cultural nacional, de la que surge un Lavoe que el puertorriqueño de la isla que lo escuchó en los años setenta —yo—, nunca imaginó: El Cantante como la voz de la experiencia nuyorican que todavía se expresa en el español de Borinquén.

Lavoe; “puente” que comunica las dos mitades de una unidad nacional: “esa que comienza en Ponce, en el Barrio Machuelo Abajo y termina en el Bronx.”

Rompe Saragüey: la novela de Lavoe.

Poetización de una espiritualidad transmoderna (que atraviesa el ateísmo emblemático de la modernidad): “—Caramba, esto está bien loco. Yo aquí en el cielo. Contra, con tantos líos, problemas y desdichas que yo tuve, ¿de verdad que entré al cielo? Que bien, pues me colé, estoy aquí.”

Novela que se mueve entre la “sociología tropical” de Salsa, sabor y control (1989), de Ángel Quintero Rivera, y los “tránsitos del sabor” de La máquina de la salsa (2007), de Juan Carlos Quintero Herencia.

De la veracidad a la verosimilitud: “Y me froto con Rompe Saragüey, porque voy a volar. Y esa yerba me va a dar el poder para volar. Yo lo sé. Saldré volando cuando me tire por esa ventana y cuando llegue al paraíso, le cantaré a Changó, y me reuniré con todos los que se me han ido, en particular con Héctor, Jr.”

Del infierno que padece en vida —Obatalá, Changó y Yemayá, ¡líbrenme de esta pena! Acérquenme a ese mar que veo tan lejos y tan cerca, y al cual deseo llegar ahora. Changó, Changó, Changó, dame fuerza para llegar a ese mar. Dame un minuto más pa’ poder descansar en esta morada”— al “Paraíso,” donde Lavoe se encuentra con Maelo: “De repente pasaba un hombre negro, que venía hablando solo y le puso atención, pues hablaba un idioma que podía comprender. Lo miró bien, y decidió interpelarlo.”

Del salsero al salsómano y de este al salsólogo: novela melómana, demasiado melómana, de Daniel Nina: “Héctor Lavoe es un personaje que desde 1974 me causó interés. Sobre todo, cuando escuché por primera vez la interpretación de la canción ‘Mi gente’, luego de los conciertos en el Yankee Stadium de Nueva York y en el Coliseo Roberto Clemente de Puerto Rico.”

Rompe Saragüey: “con los santos no se juega.”