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Historia de la pasión y pasión de la historia en Diálogos en el museo de José Santos

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altEncuentro y celebración, eso ha sido para mí la lectura del poemario “Diálogos en el museo y otros poemas” como uno anterior que comentaré brevemente que se titula “Muestra gélida de poesía inconsecuente” cuyo título no nos debe conducir a engaño alguno pues no es una entrega ni tan gélida y tampoco inconsecuente. Entiendo que el poeta al que se le puede adscribir a la generación del 80 sin ánimo de caer en las ya infaustas (de)generaciones consigue con ambos textos marcar en su poesía una nueva etapa donde sus contenidos adquieren en lo formal una nueva contención de los elementos líricos y una eventual depuración del aparato expresivo.

Estos dos poemarios en sus contenidos formales y en su fondo filosófico juegan con ciertos devaneos conceptistas que trenzan junto al dominio formal un decir que se perfila como uno de los más acendrados y elegantes de este espacio literario aquí en el campo de nuestra poesía nacional y en la patria mayor que es nuestra lengua.

Esta última entrega poética de José E. Santos, por su acertado afán sincrético es un digno ejemplo de las actuales tendencias que marcan la lírica del momento en que los afanes vanguardistas se han venido abajo y donde al parecer ya no hay que romper más nada y sí juntar los pedazos de las tradiciones y las rupturas y con todo ese material construir de forma sincrética la poesía de estos tiempos.

Sin embargo, este ejercicio comporta sus propios riesgos y precariedades en las que debemos recordar que en todo acto creativo, si no nos cuidamos de lo modal, de lo efímero, corre el riesgo de que la obra publicada sea un relámpago más en los fugaces imaginarios de la cultura de mercado de la posmodernidades al uso. Y donde todas las estéticas se han revelado haciéndonos sucumbir en múltiples ocasiones en la Babel de todos los decires. Entonces, el poeta debe huir de las caóticas y mal ensambladas polifonías para no perecer en las afónicas veleidades del pastiche.

Los poetas que emprendemos la aventura de la escritura en estos tiempos de entronización de tanta poética acartonada y sentimentaloide -así como de otras excesivamente oscuras que son las hieráticas palabras de los sacerdotes del templo que nadie entiende pero que todos celebran como al traje del rey- debemos reconocer que tenemos a nuestra disposición todo un arsenal cultural de proporciones insospechadas. Todas las tradiciones literarias y estéticas están a nuestra disposición. Sólo resta al poeta escoger sus tradiciones aquellas que se adecuen al decir lírico del autor, esas que sean afines al “estro” poético y al espíritu lírico de su más entrañable decir con el que quiere distinguir su expresión.

En esta dirección, sus tradiciones las ha sabido reconocer y recomponer muy bien nuestro poeta en su sincretismo lírico. En este ejercicio de emparejar tradiciones con afán renovador, Santos, junto a un sutil erotismo de carácter neorromántico trenzado a imágenes de un contenido esplendor clásico en la factura de sus versos, consigue dotar al poema de un decir depurado y brillante. Por otra parte, su caudal de conocimientos filosóficos les hacen un rizo al contenido lirismo de esta poesía consiguiendo deslumbrarnos con la sabiduría de esa belleza que piensa y que suele ser habitante de los hermosos y meditativos versos que a ratos nos transportan y nos deslumbran.

Si en Diálogos del museo, José E. Santos consigue decantar los tópicos y el lenguaje de la poesía coloquial es porque ya en sus obras anteriores había iniciado este ejercicio sobre todo en su penúltima publicación, Muestra Gélida... En la misma Santos nos convoca a un ejercicio de poesía coloquial en una de sus tendencias a mi parecer más interesante: su ludismo desacralizador y su disposición a la meditación filosófica en la que se enfrenta el poeta con el mundo de los objetos, y de los instrumentos, es decir, con la extensión física de nuestra más pedestre materialidad.

Esas extensiones que suelen auxiliar nuestras más íntimas necesidades como lo son los mobiliarios y las memorabilias escondidas en esa trama inerte de los objetos que en silencio nos dan toda su fidelidad y entrega, y que nunca nos abandonan y nos acompañan como esos cortesanos, sirvientes de los reyes de preteridas épocas que solían morir sin nunca traicionar a sus amos. Objetos del diario vivir: martillos, cadenas, grapadoras tijeras y otros. Mundo que colinda temáticamente con el de la poesía de Pablo Neruda, quien en sus Odas elementales marca con su fuerte impronta lírica y con singular maestría una de las nuevas tendencias de los años setenta esa que conlleva un giro coloquial no exento de un singular matiz existencialista para cantar el mayor número posible de objetos del inventario cultural. Tendencia plena de coloquialismo y de una nueva apertura al mundo que en su momento creara escuela junto a otros autores de similar talante y que muchos poetas acogerán con beneplácito como una de su expresiones de ruptura con la poesía de los sesenta. Esta nueva tendencia renovadora y de un acusado carácter lúdico, de fuerte expresividad léxica y de deslumbrante imaginación e ingenio comenzará a marcar su signo en la década del setenta y será recibida como punta de lanza de muchos jóvenes poetas de aquel entonces. Y que hoy en día como tendencia continúa evolucionando con una extraordinaria vitalidad en la poesía posmoderna. Es en la línea de esa cotidianidad que se encuadra este libro anterior de Santos a mi juicio un texto que marca un importante salto cualitativo, una radical evolución de su poesía.

Sus Diálogos en el museo tuvieron como taller iniciático la Muestra gélida donde los objetos como ya hemos aludido asumen una particular humanidad que tendrá sus ecos en el enfrentamiento del poeta con la memorabilia del Museo de antropología en su siguiente libro. En Muestra Gélida… nos encontramos con otro espacio que preludia su destino de museo como infinidad de objetos que en este presente constituyen otro museo de objetos que todavía no han perdido su utilidad pero que serán en su momento habitantes de algún museo futuro (Duchamp). En la muestra el poeta se enfrentó al museo viviente de los objetos de su diario vivir, entidades que mañana como destino manifiesto atesorarán los nuevos museos en sus colecciones. En los Diálogos en el Museo, Santos se encontrará con los objetos que aluden a otro destino menos coloquial y más mítico y genésico.

Cuando todos nuestros utensilios hayan muerto por el paso atroz de la tecnología y por la vorágine cultural que les obliga con acelerada insistencia a los aciagos destinos de los anticuarios, cuando hayan dejado atrás su vida útil para adscribirse a la precaria trascendencia de los museos serán en el futuro, asombro de todos aquellos nuevos visitantes de los mismos. Todos nuestros restos, todos nuestros remanentes serán en algún momento carne de museo. Estarán cargados del recuerdo de su propio destino, serán los nuevos signos que se incorporarán al registro de nuestras pasadas grandezas o caídas ya al parecer Infinitas. Pues parece ser que la marca de fábrica de nuestras creaciones es la de terminar agobiadas por el peso de su intrascendencia o privilegiadas por nuestros olvidos o nuestra gratitud en las salas de los museos. Esos espacios donde el fracaso tiene el privilegio de permanecer. En ellos se dialoga con el pretérito y se invita a nuestra humanidad a una profunda reflexión lo que José E. Santos trabajará en sus Diálogos en el museo.

De su museo vivencial en Muestra gélida de poesía inconsecuente pasa el poeta José Santos a sus diálogos con el museo institucional de las cosas muertas que viven en el espacio de la nostalgia y en este caso de la cultura azteca, espacio primordial donde se desarrolla el escenario también de la caída de una cultura. Ahora el espacio no es una casa o un lugar moderno con sus acostumbrados objetos sino un museo de historia en México.

Los Diálogos del museo rememoran con sutil delicadeza el recuerdo del viaje dantesco en la Divina comedia, la vuelta a Comala de Pedro Páramo de Rulfo, Los pasos perdidos de Alejo Carpentier, el retorno de Ulises a Ítaca, cierto sensualismo del mejor Espronceda, las luchas míticas de dioses nórdicos y africanos en el gran poema mulato Yelidá del poeta dominicano Tomás Hernández Franco, entre otras referencias que harían muy prolija esta presentación.

La anécdota en que se desarrolla el poema es en torno a un día de museo en el fascinante Museo de Historia Nacional de Antropología de Ciudad de México, día de museo que también debió haber sido un día de romance en que se unieran las pasiones del amor, las de la historia y esa otra pasión metafísica, esa vuelta ritual y épica de encuentro con los orígenes de Centroamérica y también con los orígenes caribeño, arahuaco y español del poeta.

Quizás demasiadas emociones juntas pudieran haber sido peligrosas para nuestro poeta y el azar o la providencia impidieron que la "amada", no por razones del desamor, sino por las de las contingencias del azar no pudiera presentarse al museo y nuestro Dante caribeño sin su acompañante tuvo que remontar el viaje solo.

El texto se inicia con un prólogo donde el poeta señala la intensidad del encuentro con ese México primordial y enigmático de la conquista y con el México que ha sido continuación de la caída del mundo indígena. Experiencia que lo lleva a hablar de un exceso sentimental y expresivo. Exceso que en última instancia es el que da sentido al tapiz semántico y estructural del poema que hace de la pieza un poema completo a la manera del poema extenso del que hablara Octavio Paz; pero en el que al mismo tiempo cada fragmento funciona y se fusiona como un poema autónomo dentro de la ilación narrativa de los textos alusivos al tópico del viaje y que son los que le brindan la unidad mayor tanto en el aspecto temático como en el formal.

En cuanto al aspecto lírico el poema es un interesante juego entre los excesos, énfasis y convenciones que todo lenguaje poético entraña y los de la pasión amorosa. Encuentro de excesos no de excedentes que son los que acompañan la mala poesía. Tensión escritural que se trabaja en todos los poemas donde el poeta salta de la meditación con la sacralidad a un apasionado diálogo con la interlocutora que aunque no está presente físicamente como se señaló en esta visita al museo, sí comparece gracias a una especie de diálogos unos ya preteridos y otros que esperan por manifestares en un futuro y que se intercalan dentro del poema con una distinción tipográfica distinta a la del texto, en que se establece el dialogo digámoslo así, más histórico con el museo y sus piezas. Y donde la amada es el eje de tensión del texto. Estas dos instancias y quiero recalcarlo se presentan con cambios de tipografía que nos recuerdan las técnicas graficas del monólogo interior de la novela experimental que iniciara Joyce.

El poema que abre el libro Ante el portal es el enfrentamiento con las puertas del enigma, que en la tradición mítica lo puede ser toda entrada a un espacio primordial donde el tiempo es de carácter a-histórico, primordial y donde oficiará como lenguaje del rito y de la función mito-poética la lírica de Santos. El lenguaje poético en el texto se convierte en la misa, en el rito que rememora la sangre en su carácter moderno. Estarán siempre el sacrificio y el recuerdo de la sangre producto de los genocidios que cometió y sufrió el pueblo azteca. Más adelante en el mismo fragmento el poeta hace referencia a esta sangre sacrificial:

¿Hubo torrentes de sangre

¿Qué definieran mi presencia?

Ya en el portal junto al deseo, triste por las expectativas no cumplidas- por la no comparecencia de la amada- el poeta se enfrenta con la soledad de los arduos remanentes de pasadas glorias que aun gritan siglos de ignominia y de atropello. La visita, ese viaje al museo, que pareciera una más de un turista cualquiera a este marco institucional del recuerdo se convierte en un viaje que además de visita es agonía. Y es que desde el punto de vista simbólico el topos del viaje incluye el movimiento y la tensión que conlleva todo proceso en el que se puede sufrir tanto una evolución que podría incluir la muerte de un estado espiritual o el nacimiento de uno nuevo. De esta manera el verdadero viaje no es siempre una huida ni un sometimiento a los rigores de lo que se abandona, es evolución, movimiento hacia el ser que siempre es mudanza y no quietud de lo perfecto.

También nos encontramos en este viaje de Santos ya no solo al museo propiamente como espacio arquitectónico en el que duermen restos de un antiguo imperio, sino que la visita convierte a este lugar en pasaje de un umbral a otro. Escenificado este aserto en el primer poema cuyo título El portal ya nos conduce al pórtico del clásico viaje mítico. En esta dirección, el viaje nos recuerda la llegada de Dante a los infiernos que en la tradición mítica es precedida por la de Eneas al Hades así como el descenso de Orfeo buscando a su amada Eurídice. Este viaje a los infiernos del origen mesoamericano comporta también en mi lectura coincidiendo con Cirlot en su análisis sobre la simbología del viaje un descenso al inconsciente; y, en el caso de Santos, al inconsciente colectivo en el que se invoca la memoria ancestral y sacrificial de los pueblos representados en el museo.

Pasaje en el que se toma conciencia de todas las posibilidades del ser en la existencia, necesarias para poder llegar a una cima paradisiaca que podría ser dentro del texto un reencuentro y conciliación con la amada y con el pasado de esta en el que el poeta pareciera sentirse rechazado. Estableciéndose entonces una interesante, lúdica y a la vez lírica tensión entre el mundo presente de la amada y el México contemporáneo y el mundo terrible, genésico y sacrificial del México antiguo. Con ese pasado vencido pero (re)clamante de nuestras culturas indígenas.

Ese pasado que la gratitud humanística no solo ha recuperado a través de la pasión arqueológica, sino que también lo ha rescatado en tantos textos y en tantas iconografías modernas que le restituyen una voz a los derrotados. Derrota, crueldad y belleza es lo que encontramos en un museo de historia natural como el de México, ese maravilloso antro de ruinas vencidas donde reina la desolación de una antigua belleza. Ese espacio rescatado a la voracidad del antiguo imperio español y que también en su entraña simbólica puede ser a su vez tanto museo como camino de encuentro y viaje no solo al centro cósmico sino al aún más acuciante centro: el de nuestra propio ser, allí donde comulga la inmanencia con la trascendencia y donde la palabra es el puente que une los diversos mundos.

Ya Ante el portal el poeta enfrenta dos desolaciones que, al parecer ajenas van tomadas de la mano. El poeta comprende la soledad en dos de sus vertientes más preeminentes: la soledad del amor y la soledad que gime en las nostalgias del pasado. Nostalgia de la pasión y nostalgia de la trascendencia. En su viaje el poeta intentara la reconciliación de ambas.

En el epígrafe que inicia el poema Santos reproduce los versos del Chilan Balam del pórtico del Museo. Texto que concluye con la inmortal línea: “También toda sangre/ llega al lugar de su quietud”. Estamos ante la presencia de ese magno símbolo de la sangre fuente de energía tanto de la cósmica para los aztecas y como símbolo de la pasión amorosa del poeta, que también en su más crudo simbolismo es asunto de sangre.

Me exige el magno museo

Que me adentre como feligrés,

O como el cuerpo destinado

Al supremo ritual cuya marca

Ha quedado inscrita en las paredes.

Sin embargo el diálogo será consigo mismo, con el pasado y con la raíz primordial (la que no se debe olvidar que incluye a la amada en tanto y en cuanto descendiente directo de esta tradición que suma la derrota del elemento indígena de nuestro sustrato telúrico). Es un dialogo con antiquísimas tradiciones, desolaciones, recuerdos y deseos. ¿Pero en qué lugar se encuentran la desolación de la historia y la desolación de la no presencia de la compañera? Estas se encuentran en los diálogos que el poeta recuerda haber tenido con la amada. En esa tensión donde dos lenguajes pugnan por prevalecer pero también por conciliarse. En el mismo topamos con el pasado mesoamericano que le reprocha al poeta su condición de extranjero, de nuevo invasor, y el presente amoroso que pretende reconciliar el duelo de dos tradiciones. El poeta sabe que habla “con un presente que se ha labrado a sí mismo.”

El poeta inicia el recorrido inmerso en un recinto del que se sabe exento, no partícipe de esa antigua historia. No es su historia aunque en su sangre lleve también remanentes arahuacos de caídas análogas. Siente que acaso por mor del deseo y la pasión pueda integrarse a la misma siendo consumado por la pasión de la sangre que es el elemento que podría unir ambos mundos. El poeta se siente que no se encuentra cómodo. De alguna manera, se percibe excluido del mundo de la amada puesto que no participa de su historia, de su hiperbólico camino de sacrificios y sangre. Y, de alguna forma redentora necesita convertirse en sujeto de la historia de la amada, tanto como objeto del deseo y el amor de la misma. Y de esta manera inicia el recorrido, penetra el recinto, violenta una vez más, como tantos otros, el pasado primordial, pero este es un intruso sensible y problemático viene al encuentro con la América que nos pertenece a todos.

De esta manera, inicia el recorrido ya resignado y con la pasión más atenuada por la no presencia de su amada-Virgilio. Reconoce entonces que la sangre también tiene su quietud, entonces se adentra en pasiva inquietud, en paradójico receso de la pulsión pasional al recinto de la historia, al mudo andamiaje donde se hace rizo de desolación la trama de la caída de un antiguo paradigma. En esta dirección el poeta nos señala:

Hablo conmigo mismo;

Con lo que nunca ha sido,

Con lo que nunca será,

Con la espera sin promesa,

Con todas las narraciones

Y las simientes que nunca se cultivaron.

En el poema siguiente titulado Vasijas, nos encontramos con la primera peripecia del viaje. Luego de la inicial meditación del poema Ante el portal, nuestro poeta se encuentra con los primeros rostros, personajes con los que entabla un diálogo. Y es que todo el poemario, Diálogos en el museo, es un encuentro polifónico de pretéritos históricos y de presentes de la pasión que buscan dentro de la agonía del conflicto reconciliarse. El poeta escucha voces escondidas en los rostros-vasijas. Voces de antiguos habitantes y de ídolos que le recriminan que nunca será de allí:

No te contestarán

No te hablarán

Saben que no perteneces aquí.

Es un pasado que le habla inicialmente con otra voz. En ese mentido gesto las voces se defienden de nuevas vejaciones y de potenciales injurias. La historia detenida en el museo le habla de la caída de los antiguos habitantes. El poeta se siente enfrentado ante un doble dolor. La derrota de los mexicas por una parte que es también dolor por sus orígenes y el de una pasión que entiende en entredicho y que siente no consumada. Las vasijas parecen hablarle de la amada pues ellas comprenden el “llorar de los hombres, el suspiro del maíz y la devoción de los hombres”. Le piden que se abandone, que se entregue. El poeta parece presentirse cuerpo para el sacrificio de sangre a los antiguos dioses y el de la otra sangre la de la pasión amorosa. Santos quiere hacerse parte de la historia del objeto del deseo; sin embargo, se siente objeto de comunión del cuerpo de la amada y de la eternidad genésica, mítica e histórica que quisiera consumar siendo el mismo cuerpo sacrificial.

Más adelante en otro excelente texto, el alusivo a los códices se da el enfrentamiento con la escritura, con los orígenes del oficio escritural. El poeta cuestiona la validez de los signos, su certeza. La derrota de los códices que como todo lenguaje es fantasma de una realidad en el fondo inexpresable. Su desaparición como escritura es también índice de una caída teogónica. Sin embargo, el poeta que es el nuevo invasor de este espacio es a su vez también invadido en su escritura por los extraordinarios signos del mundo de los códices. Esos códices de enigmática belleza que el poeta siente que lo señalan, que de alguna manera lo marcan con un destino ya al parecer ineludible:

Es entonces que esas marcas me señalan

Se apoderan del contexto

Se adentran de manera imposible

En mi pensamiento, en voces yucatecas

Que se esconden en todo ojo cimentado

En la occidental porfía.

El poeta se encuentra en los códices con el registro de voces ancestrales. En este momento, el poemario alcanza en su despliegue lírico una tersa belleza. Siente su amor presente cabalgando al margen de un mundo extraño de códices y grafías no cifradas. El códice también conspira contra el poeta y su afán conciliatorio. El poeta sigue siendo el extraño, el otro, el eterno ajeno. Nos encontramos con la contraposición y el rechazo de dos universos léxicos que se oponen en sus diversas teogonías, discursos, pasiones, guerras, sacrificios. El poeta rechaza la verdad del mundo de estas extrañas cifras quizás herido por sentirse excluido, tal vez por entender como poeta que en el fondo todo acto poético por más intenso que sea es a lo sumo el precario ejercicio de una imposibilidad, de un alarde lingüístico que jamás nos brindará en sus pretensiones y sus énfasis la medida exacta del universo:

Te rechazo

Tu verdad no es la mía

Números catástrofes

Imágenes horribles

Que alardean de ser escritura

Solo eso eres.

Alarde, eres, alarde.

Y es que todo acto escritural atado a las obsesiones de la belleza es un alarde, quizás un exceso. Un impedimento que ahora abisma aún más las diferencias. Sin embargo, el poeta pareciera encontrar la redención a su conflicto en el amor que con su encanto podrá sellar la boca de los códices, es decir de la historia de la tragedia, del horror de la caída, pues todos somos seres caídos.

En uno de los diálogos pasionales que intercala, en cada uno de sus poemas, señala el poeta por voz de la amada lo siguiente:

El beso cierra la boca a las palabras

Y abre la vida a la entrega

Más adelante, luego de la constatación del amor, se aplacan los signos contradictorios. La escritura poética aparece entonces, la caricia que se riega sobre el papel, ese otro códice donde se traza la pasión o el miedo a otra caída: la del amor. No ya solamente la caída de la pasión histórica, sino la de la historia de la pasión.

En esta dirección, la de la pasión por la historia, en el poema Vals de la serpiente emplumada nos encontramos con un intenso y dramático encuentro de culturas que me recuerda el poema Yelidá del dominicano Tomás Hernández Franco donde los dioses nórdicos se enfrentan con los dioses del panteón Yoruba por la posesión del alma de Yelidá. Aquí la voz poética increpa a los dioses aztecas:

Yo te reto hasta llegar al sol y desafiar a Apolo.

Extraño enfrentamiento de dos dioses que aunque diversos encarnan al mismo astro: al sol. El poeta opone sus dioses a los dioses mexicas. Se sabe inmerso en una guerra cósmica. Donde también se enfrentan y dialogan, se repelen y se reconcilian dos tradiciones, dos pasiones dos historias unidas al final por el amor de los amantes. Por esa savia infinita que suele reconciliar en todas las tradiciones los excesos de los dualismos, las contradicciones de la historia y las íntimas (contra)dicciones de la pasión.

En Diálogos en el museo, todos los poemas contraponen dos diálogos por un lado el diálogo ahistórico arquetípico con el pasado primordial. Tiempo de los dioses, tiempo del origen, de la sangre y el diálogo presente el de la amada que también por su carácter lirico tampoco participa del tiempo de la épica más objetivo e histórico. Sin embargo este diálogo es por otra parte el diálogo de la pasión que se intensifica en el instante de la búsqueda de la trascendencia por la unión de los contrarios y que por naturaleza es también una transgresión del tiempo histórico. En realidad, ninguno de los dos diálogos que aparecen en todos los poemas quiere o pretende escapar a la búsqueda de lo trascendente.

No obstante, los diálogos del poeta con la amada recurren a otra semántica. Su tapiz expresivo es más de carácter narrativo, recuerdan al José Santos narrador con un lenguaje que, aunque en muchas ocasiones no se muestra renuente a los planteamientos liricos propios de toda metafísica erótica y sentimental, consigue alcanzar en forma de diálogos, estructura no de uso muy usual en la lírica (aunque de mayor entronización en los tiempos que corren), la intensidad de una poesía que recuerda los temas propios del ars amandi de la lírica contemporánea. En estas dos tensiones léxicas se trenza la batalla entre los dos mundos. En los que el poeta quiere reconciliar el mundo mítico de los orígenes y el mundo presente de la pasión, del enamoramiento. Todo esto con sus guerras, sus treguas, sus desencantos, sus victorias.

Diálogos contrapuestos pero que buscan soluciones análogas y reconciliadoras. Los diálogos de la historia de la pasión y los de la pasión de la historia nos ofrecen lo mejor de la poesía de José E. Santos en este poemario intenso que recobra lo más depurado de varias tradiciones líricas brindándonos una lectura renovada dentro de las últimas muestras de poesía amatoria en este momento en Puerto Rico.