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Cicatriz de la memoria de José Cáez

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altCicatriz de fuego es la reciente obra poética del joven maestro José Cáez y que ha editado la prestigiosa editorial Isla Negra. En el 2010 Cáez publicó en la antología Eros aquí y en el 2012 aparece su primer libro, Maretazo. En el 2011 recibió el premio de poesía otorgado por el Latin Heritage Foundation de Nueva York por poemas que se incluyeron en la colección “Una isla en la isla”. Ha sido invitado, además, a diversos festivales de poesía, entre ellos la Feria del Libro en Lima, Perú de 2013; el Festival de Poesía en Quetzaltenango, Guatemala de 2015; el Encuentro de Poetas Pen Club PR 2013 y 2014; y el Festival de la Palabra de 2013 y de 2015.

¿Cómo llegamos a la poesía de José Cáez? Tal vez sea conveniente hacer un pequeño recorrido desde la poesía de las décadas anteriores a partir de los ochenta.

En un escrito publicado en la revista Cuadrivium del año 2000, señalé que la teoría, la diversidad y la cotidianidad eran signos esenciales de la poesía de lo que conocemos como la generación o promoción del ochenta. No entraremos en polémicas bizantinas sobre la adecuacidad de los términos mencionados. Nos interesa más resaltar el ámbito intelectual en que esta literatura crece. Las rupturas epistemólogicas que habían comenzado en la década del setenta creando lo que se ha llamado el giro copernicano en diversas disciplinas, junto al auge de la globalización y de la posmodernidad transformaron el panorama lírico de la Isla y el contenido de la poesía. En ese trabajo afirmé con sorpresa que la poesía sostenía cercanías con el ensayo, ya que en ella se cuajaban interrogantes que colindaban con los temas cultivados en este género.

En los años finales del siglo XX, acabada ya la guerra fría con el desplome de la Unión Soviética y la caída del muro de Berlín, surge una era marcada por la beligerancia. En 1991 se inicia la Guerra del Golfo Pérsico y años más tarde, en la primera década del siglo XX, comienza la guerra de Irak, estableciendo así una marcada diferencia entre occidente con los países orientales, acudiendo a una tecnología de la perversión, a la tortura de los cuerpos otros, al eufemismo de daños colaterales para designar la muerte de niños gracias a las bombas lanzadas a la comunidad civil por Estados Unidos y sus países aliados. Las imágenes de los infantes convertidos en fragmentos o cuerpos calcinados alzados en brazos por sus padres pueblan la red de Internet con un alarido de espanto. Por otra parte, una nueva ola de capitalismo salvaje se expande internacionalmente con la consecuencia del endeudamiento de los pueblos, la opresión de los sectores periféricos y el crecimiento de la pobreza.

¿Cómo reaccionan nuestros poetas ante esto? Mayra Santos Febres en su antología Mal(h)ab(l)ar traza los orígenes de los escritores que se inician en los años ochenta y señala que “lo que se percibe como rasgo distintivo de la poesía puertorriqueña es una amplitud de formas y estilos, multiplicidad de temas y lenguajes poéticos y una amplia gama de influencias literarias filtradas o asumidas ya en los textos”. (22)

Mas, la poesía se agazapa en todos los rincones del país y siguieron surgiendo nuevos poetas en los años noventa y en los 2000. De esta forma emergen novedosas voces que han sido recogidas por el escritor y economista Julio César Pol en El rostro de la Hidra. Antología de revistas y poetas puertorriqueños del siglo XXI publicada en el 2008. En este aúna poetas de la promoción del 1993 al 2005 y hace un recuento de cómo se forman los poetas de la generación posterior a la del ochenta y señala:

Integrados, sin elección alguna, a este momento histórico, volátil y erosivo, hemos optado por ser sincretistas, catastróficamente atados al reloj, prácticos, paranoicos, apáticos a las estructuras tradicionales o rígidas, creyentes en el poder horizontal o en la anarquía, individualistas, pero, a la vez, integradores, universales, sin que esto signifique ser renuente a nuestro escenario más inmediato: el nacional. (XXIV)

Reconoce también que son hijos de la posmodernidad, esta era del reino de lo virtual, de las multinacionales y de guerras escalofriantes, pero asimismo de logros en la equidad de los seres humanos y del crecimiento de la conciencia ambiental. Destaca por igual que sus estilos son diversos, pero que están divididos en dos corrientes principales: la de la poesía introspectiva y la vertiente performática que se desarrolla por el influjo de la poesía neorrican.

El libro de José Cáez Romero también es hijo de los tiempos azarosos de la posmodernidad en los que la furia y la ternura se entremezclan para crear resistencias ante el caos de la destrucción de los seres humanos y de su hábitat, el planeta Tierra. Es también hijo de tiempos aciagos en una isla concebida míticamente como el paraíso y que sufre, paradójicamente, un colonialismo depredador. Compuesto por 37 poemas, de los cuales unos llevan nombre y otros no, en Cicatriz de fuego el autor sostiene, al igual que en su segundo libro, Maretazos, fuertes lazos con la poesía de Ángela María Dávila. En el prólogo de ese texto, la escritora Yolanda Arroyo Pizarro plantea que el escritor es hijo de dos mujeres: tanto de Ángela como de Julia de Burgos. El autor, nos dice, es en estas páginas “una animalia oceánica colmada de ternura y ferocidad”. (22)

El diálogo intertextual con la poesía de Ángela María Dávila, ese ícono de las décadas del sesenta y del setenta, se produce desde el comienzo del libro por medio de preguntas retóricas, recurso común de la autora de Animal fiero y tierno. “¿Que se hace”, nos dice Cáez, “con el bamboleo de recuerdos/cuando el ojo mira lo extraño/de una piel que no estaba antes/y reconoce estar herido y en guerra?” 1-14/15 A ella le rinde homenaje en un hermoso poema llamado Será…

Será la rosa…

¿Será que sigue tramitando la sombra

Debajo de sus pétalos?

¿Será que lo feroz se ha destruido

ante las causas nobles de la carne y su espacio?

¿Será que la noche

se extingue con el deseo de los amantes

al aire libre para escabullirse

de los intermedios celestes?

**************************

¿Será la risa

la cicatriz de la esperanza.

el fuego de lo elemental?

¿Será que yo me creo

este montón de cosas

cuando se me pierde entre los verbos

la muerte?

¿Será Anjela, tanta cosa junta, todo esto?

¿Será…?

También es evidente su lectura de José María Lima y de Che Meléndez.

El gusto por la serie de metáforas es una de las características de este libro, como vemos en su primer poema:

Una herida es golpe de agua.

borrasca en manantial que se pudre

hasta la cáscara.

El aire bravo de todas las noches,

una grieta que se abre hasta la luz

para disfrazarla sombra.

Un espejo, un cristal, un vidrio,

un reflejo de arena

que nos asombra,

el espectro del vacío que nos traga

en bocanadas hasta el miedo. 1-14

La cicatriz es una marca, una huella corporal o mental que evoca a la memoria de forma semejante a la herida, palabra que conforma el mundo semántico de Cáez. Es obvio que de manera parecida a la praxis poética generalizada, en Cicatriz de fuego hay un uso diluido de ese movimiento, que como señala Octavio Paz, ha sido el más influyente ismo de vanguardia del siglo XX y lo sigue siendo en el XXI: el surrealismo. Así, el lenguaje empleado es a veces hermético, pero otras tantas se vuelve conversacional, imperando con una excepción el uso del verso libre. Un universo semántico poblado de palabras como herida, sangre, memoria, cicatriz, ojo, cuerpo conforma el texto que oscila, como mencionáramos, entre lo hermético y lo coloquial, pero que nunca es totalmente prosaico, pues su estética discursiva se nutre, como toda la poesía moderna de lengua española, de los movimientos vanguardistas de comienzos del siglo XX. Estos rearticulan el lenguaje de manera tal que expanden sus sentidos, trastocan la sintaxis y las acepciones en libertad poética con el fin de obtener nuevas formas de expresión.

La poética de Cáez es tanto intimista como social. Dos mundos articulan su poemario: el del caos y el de la esperanza. En el mundo compuesto por la voz lírica, que enfatiza tanto el yo como la colectividad, vemos la disfunción social expresada en imágenes apocalípticas como se aprecia en los siguientes versos:

La ira se avalanza y nos destruye desde el cielo

Se vuelca la esperanza

y nos desconocemos en la oscuridad,

nos hacemos añicos,

Trazamos una ruta divisora

Que cada vez nos aleja más del animal

y de la fiera ternura.

Pero, en qué libro dice

la antropofagia que nos dicta?

¿En cuál cicatriz de la mano

el destino decretó su sentencia

de hambre y violencia? 3-18

En otros versos el coloquialismo aflora al presentarnos el estado de sufrimiento del hablante lírico:

A veces

nos sorprende el llanto

en una esquina,

en la nota más grave de una canción,

a solas en la cocina lavando los platos.

Quizá en lo más sublime de una escena

en blanco y negro de los 40,

en la región desconocida del ojo,

pero es ahí, en ese momento,

en ese instante que parece retroceder,

que nos asalta

y apunta con su filo en el pecho

su ataque de incertidumbres y miedos. 5- 20 Hay que dolerse ,

La alusión al conflicto bélico se encuentra presente como marcador de la época vivida:

“La guerra”, nos dice en Odisea, “ muy abierta,/muy extraña y avanzada/sobre las líneas de la historia/ marca mapas que trascienden hasta mis dedos”. 13- 33 Odisea La guerra, ese monstruo grande que pisa fuerte, como cantaba la argentina Mercedes Sosa, se cierne en todas partes, nos asecha con sus garras en las esquinas, nos carcome la vida cotidiana. Mas, el poeta tiene una gran fe en la memoria, la que entendemos como la historia. La memoria batalla con el olvido impidiéndonos perecer. En el poema “Existe un todos los días” el poeta nos incita a:

Profesar como credo la esperanza,

Vencer la muerte

Con tan solo una chispa de memoria. 33- Existe un todos los días 64

Aunque esta poesía está muy lejos de la estética del realismo social, hace mención de un espacio de manera sutil, la isla, como referente geográfico. En este sentido es una poesía de compromiso que no cae en frases trilladas ni en arte panfletario. Este poemario no puede menos que recordarme el libro de Marina Arzola El niño de cristal y los olvidados, en el que la autora de la década del sesenta, en un lenguaje surrealista, aborda lo caótico que cede ante el tiempo nuevo. Uno de sus logros es el equilibrio que sostiene entre las imágenes más cerradas en su lógica y las de mayor claridad tendientes a lo coloquial, amalgama que moldea el libro. Es novedoso el uso de palabras poco comunes provenientes de la ciencia como apoptosis (destrucción de células), fibroblasto (célula que une tejidos), macrófaga (célula que limpia los tejidos). Su poética no es una mera síntesis de poetas pasados, sino que emerge con fuerza propia en un proceso verbal simbiótico que le otorga carácter propio.

Su útlimo poema, “Cicatriz de fuego”, es un llamado en el que el poeta asume una voz colectiva:

El abrazo, la confianza

La lucha en pie de búsqueda

El aceptarnos con el remedio intencionado

De hacerlo sin manifestaciones

Ni chantajes escondidos

La explosión del cosmos,

La creencia, la querencia, la vivencia.

Las marcas ajenas, las propias

Que nos anuncia la victoria sobre la dejadez,

La hoguera como centro único

De nuestra existencia y nuestra permanencia. 72 Cicatriz de fuego

Es cierto. Los poetas pueden ser divulgadores de la buena nueva. Como ha dicho Octavio Paz en El arco y la lira “La poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono. Operación capaz de cambiar al mundo. La actividad poética es revolucionaria por naturaleza; ejercicio espiritual, es un método de liberación interior. La poesía revela este mundo; crea otro.” (13)

Así lo hace José Cáez al evocar la esperanza en su palabra poética.