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La monja impura

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altLa monja impura, novela de Evelyn Cruz, es una estupenda y preciosa novela de formación. Un bildungsroman cuenta la evolución el desarrollo físico, moral, psicológico y social de un personaje, desde su infancia hasta la madurez.

Comienza como El túnel, de Ernesto Sábato, con el desenlace. La niña Carlota Álvarez Jiménez, convertida en monja con el nombre de Sor Iluminada del Martirio, había desarrollado el don de sanación y murió apaciblemente en su celda a los sesenta y tres años.

La infancia de Carlota transcurrió en un pueblo arropado por el tedio tan bien descrito en las palabras de Luis Palés Matos: “¡Piedad, Señor, piedad para mi pobre pueblo / donde mi pobre gente se morirá de nada!

Nació pobre. Su padre era carpintero y su madre costurera. Como Penélope cosía y descosía y no decía nada.

Tenía una amiga llamada Libertad. Libertad se tornó liberadora y besó a Félix el muchacho de quien todas las niñas se enamoraban. Carlota cargó con la culpa pensando que beso de Félix no estaría nada mal.

Carlota leía bajo el árbol de mango de su casa. Doña Virtudes la inició en la lectura de la Biblia. Doña Virtudes se alimentaba con la soledad que la llevaba a decir los padrenuestros y avemarías al revés.

Evelyn Cruz describe con maestría e interés todos estos personajes. Bajo la soledad y el silencio había violencias ocultas tales como la violación de doña Virtudes por parte de su padre, hecho que la llevó a una vida de ratoncita de iglesia sirviendo a los curas del pueblo.

Carlota se graduó de cuarto año con miles de acontecimientos que agobiaban su espíritu. Su hermano Ismael fue asesinado en un juego de baraja en un barrio al sur del país. Su amiga Libertad se alejó de ella luego del favor que le hizo y el beso de Félix. En la escuela todos se preguntaban cómo Carlota manejaba su sexualidad. Ella era toda imaginación, pero su sexualidad era un volcán a punto de erupción. Aprendió de revistas que escondía debajo de su colchón la promesa del deleite de la sexualidad:

Sus dedos se deslizaban furtivamente hasta su húmeda vulva y frotaban su clítoris, hasta sentir un latido casi doloroso que la hacía gemir una y otra vez y el estremecimiento arropaba su piel erizando sus finos vellos, hasta quedar muerta de pasión y deleite.

Doña Virtudes le había hablado a Carlota de la virtud y de lo que era servir a Dios. Carlota decidió matricularse en el Seminario Evangélico para aprender religión. Iba a ser monja.

Luego de su graduación con especialidad en teología solicitó y entró a un convento de carmelitas en Colorado.

Disfrutamos de la vida en comunidad. Sor Iluminada tiene treinta años. Es hermosa como una vestal. Se le asignó trabajar en la cocina. Todas las hermanas comen con gusto las galletitas y panes que confecciona. Trabaja también en el huerto donde cultivan legumbres para la cena.

Sor Iluminada vivía en la santidad del Señor y en la intimidad con Cristo, pero no sabía qué hacía allí. Rezaba, se mortificaba. Una noche pensó en la vida de los discípulos, En cómo no tenían nada y todo lo dieron por seguir a Jesús.

Esa noche la visitó Pedro; Pedro oloroso a pescado fresco y mar tempestuoso.

Pedro no sabe qué hace allí. Iluminada le explica: “el Señor te ha enviado para que me enseñes, me inicies en ese profundo amor, donde las uniones de nuestros cuerpos crearán la verdadera comunión que es aquella entre iguales”.

Pedro le advierte que es casado, pero Iluminada le dice que su cuerpo necesita vida y quiere que lo haga vibrar:

Acercó su virginal escultura al cuerpo fuerte de Pedro y lo arrastró hasta su cama. Pedro no pudo resistirse. La besó apasionadamente en todo su cuerpo ahuyentando los quejidos de pasión con su boca y obligándola con palabras dulces a apartar sus tibios muslos, para penetrarla suavemente y arroparla con su enorme cuerpo, hasta hacerla gemir de pasión.

Unas noches después la visitó Andrés. Pedro es mi hermano mayor, le dijo. Pedro es casado, pero yo soy libre como los peces en el mar.

Se acercó locamente hasta Iluminada y le palpó sus senos tibios y estremecidos. Lentamente unió sus labios a los de ella y aquella blanda suavidad se convirtió en suspiro y en palabras ardientes que repetían constantemente mientras caía el camisón y la callada desnudez de Iluminada se entregaba en el más deleitoso placer.

Otra noche, dentro de su celda, los vio entrar. Era Mateo. Aunque su hermano Santiago había querido venir, pensó que tres era mucha compañía para la frágil mente de una monja. Lo acompañaba Judas, quien salió del infierno a petición de una iluminada.

Sor Iluminada hundió su cabeza en su regazo. Sentía un fuerte olor a sudor mezclado con un deseo increíble de estar a diestra y siniestra con dos hombres fuertemente viriles y tal vez atormentados por la pasión. Ofreció su tibia desnudez al deseo febril que la atormentaba. Vivió espacios de pasión desmedida. Besos húmedos y salobres. Miembros erectos penetrando su virginidad. Manos rudas sometiendo su piel al más escalofriante placer… Quejidos lentos, suaves convertidos en palabras fuertes y desconocidas. Pasión morbosa que la exponía entre dos hombres terriblemente vívidos en su alocada imaginación.

Una noche de Navidad los vio. Estaban todos, sólo Juan, el discípulo amado, faltaba.

No intentó borrarlos de su febril imaginación. Los dejó fluir sobre su cuerpo inmóvil, a la espera de un gozo violento y delicado que la hacía enloquecer y desear más deleite. Uno a uno pasó por su suave desnudez. Las caricias de manos rudas invadieron su cuello, manosearon sus senos y palparon su vientre. Besos de bocas húmedas, de lenguas lujuriosas despertando deseos y suplicando un cuerpo delirante y fogoso. Olores a zonas mediterráneas, a mar de Galilea, a rutas bautizadas con desiertos y rocas. El paisaje surgía con cada brazo lúdico, con cada beso rítmico. Y luego penes grandes, morenos, penos cortos, ardientes yendo y llenando su delicada vulva, que sin conocer varón era dueña de muchos. Y uno a uno fue diluyéndose como sombras atravesando los fríos muros del monasterio.

Sor Iluminada pasa por estas experiencias con remordimiento, rezos y flagelos. Pide perdón a Dios. Sabe, no obstante, que todo es su imaginación y que, como decía Santa Teresa, la imaginación es “la loca de la casa”.

Un día se le aparece Jesús. Le habla, describe su vida y hechos. Trae un regalo como muestra de ese momento de perdón y misericordia. Le concede el don de la sanación.

Iluminada vio ascender a Jesús y con ella se quedó un suave olor a nardos.

Siguen descripciones del paso del tiempo y la vida en comunidad de las monjas. Sor Iluminada cura a Sor Juana de los Santos Remedios, la priora, de un cáncer, sin tratamiento alguno, luego de orar por ella. Enterados de este hecho sus superiores le piden a Sor Iluminada que viaje a Roma donde el papa sufre hace cinco días de un hipo que no le permite comer, beber ni dormir.

Y así fue. A Sor Iluminada le llegó el momento de unirse al amado. Un dolor de quijada, herencia de familia, puesto que también había aquejado a su hermano menor, Claudio, le hizo pedir a Jesús Sacramentado que se la llevara consigo.

En la triste mañana de otoño Sor Iluminada del Martirio no fue a la capilla, no fue al comedor, simplemente no fue a ningún lado del monasterio porque se fue hacia el Cielo, por un camino desconocido, donde caminan las santas y resbalan las putas.

Evelyn Cruz ha construido una hermosa metáfora para el amor de Dios. Pensando acaso, luego de disfrutar de la estatua de Santa Teresa de Jesús por Bernini, donde dardos de amor conducen su corazón a un éctasis amoroso, que es el gran deleite de la sexualidad humana lo que nos conduce sin tregua al amor Divino.

Esta novela está magistralmente narrada con un lenguaje rico en diversos registros. Durante la época de la infancia de Carlota reluce la furia y la fuerza de la lengua de los personajes humildes que pueblan su vida. Cede el lenguaje soez a un atractivo y elegante modo de decir según se va desarrollando su madurez. Hay sentido de humor en los pasajes que recuerdan el padecimiento de Pío XII. Alusiones diversas a obras de la literatura universal nos recuerdan que estamos ante una literatura culta. Menciona la novela Para comerte mejor de Gudiño Kieffer. Nos dice:

La sabiduría no estaba en la escuela. Estaba en el corazón. Cada latido del pecho (de Silvina, por siempre desatada en la horrible charca, de Dulcinea, la siempre musa de los molinos, de Úrsula, viviendo con orgullo el macondiano matriarcado)

Estamos ante una novela de iniciación de honda religiosidad donde la humanidad de Cristo se une a la tan humana realidad del deseo incandescente de nuestros cuerpos. Creados hemos sido a la imagen y semejanza de Dios.